José M. de Areilza Carvajal

Merkel después de Merkel

«En las elecciones de 2013, una sola palabra, Mutti, el diminutivo de madre, resumía quién era para muchos votantes, una figura protectora, por encima de ideologías y luchas partidarias»

Merkel después de Merkel
Foto: INA FASSBENDER| AFP
José M. de Areilza Carvajal

José M. de Areilza Carvajal

Europeísta de guardia y harvardiano. La creatividad está en las intersecciones y el terreno común suele aparecer al borrar las cámaras de eco. 

En 1989 una joven científica de Alemania Oriental decidió cambiar de profesión y sumarse a un pequeño partido cristiano que nacía mientras el comunismo se desmoronaba. Después de treinta y cinco años sin expresar una sola opinión política en público, se convirtió en la portavoz adjunta del primer gobierno surgido de las urnas. En la ola de la unificación alemana fue apadrinada -nada menos- por el canciller Helmut Kohl y empezó un ascenso imparable en el gobierno federal y en la CDU. No sólo llegó a lo más alto, sino que se mantuvo durante dieciséis años al frente de cuatro gobiernos de coalición. Hizo frente a crisis europeas gigantes: el rescate del euro, la explosión del populismo y el desgarro del Brexit, la avalancha de refugiados y, finalmente, la pandemia. Durante cuatro años se convirtió en la líder del mundo libre, en parte por incomparecencia de Estados Unidos. Tras las elecciones del domingo pasado, Angela Merkel deja la primera línea de la política. Es un buen momento para calibrar su figura histórica y hacer un esbozo de su legado. Hay que remontarse a los tiempos de Konrad Adenauer para encontrar un fenómeno político comparable.

Una de las cosas que más llama la atención de la canciller es la combinación de la fidelidad a su original estilo de poder con una gran capacidad de adaptación a las circunstancias. Pragmática e incluso camaleónica, pero en las antípodas del modus operandi de los llamados hombres fuertes, representativos del liderazgo averiado de nuestros días. En los pasillos del poder, Merkel ha seguido siendo una científica predecible y metódica. Una procesadora de problemas, acostumbrada a hablar de tú a tú con los expertos, capaz de escuchar con paciencia para recoger datos y valorarlos en interminables sesiones de trabajo. Rodeada solo de un círculo íntimo, sus acciones han estado muchas veces encaminadas a gestionar el problema durante las siguientes veinticuatro horas, con desprecio de los grandes planteamientos estratégicos o de las rigideces ideológicas. Sus detractores le acusan de excesivo realismo y de carecer de grandes horizontes y pasan por alto su anclaje permanente en valores humanos. Ante la incertidumbre creciente que ha tenido que afrontar, dentro y fuera de Alemania, muchas de sus mejores decisiones han consistido en no decidir. De este modo, sus conciudadanos han acuñado el verbo «Merkeln» para describir retrasos o bloqueos intencionados. Desde sus primeros pasos en la arena política ha demostrado fiereza para eliminar a los rivales. La canciller ha desplegado determinación y energía en cantidades abrumadoras. En su vida privada, ninguna estridencia: largos paseos, senderismo en la isla de la Gomera, preferencia por el vino blanco, amante de la música clásica y un desarrollado sentido del humor. Nunca ha dejado de jugar a ser infravalorada, a volar bajo el radar enemigo. Ha sabido no llamar la atención sobre su persona y presentarse como una «outsider», la mejor táctica para seguir en el poder cuando el orden establecido cambia a toda velocidad.

Merkel después de Merkel 1

Imagen: Odd ANDERSEN | AFP

En su familia lo aprendió todo, como le ocurrió a otra primera ministra que rompió todas las barreras y dejó una profunda huella, la inglesa Margaret Thatcher. Merkel fue hija de un misionero protestante singular, que eligió mudarse desde la próspera Hamburgo a la Alemania comunista y se instaló en el diminuto pueblo de Templin, en la comarca de Brandenburgo. Ahí el “ministro rojo”, como era conocido, formaba a seminaristas, en una residencia en la que la familia convivía también con jóvenes con discapacidad intelectual. La futura canciller se convirtió en una estudiante sobresaliente, a la que sus padres le exigían máximo esfuerzo y austeridad, pero también autocontrol y cautela por la presencia constante de los siniestros miembros de la Stasi en sus vidas.

Cuando sucedió a Helmut Kohl en la presidencia de la CDU, dejando que su mentor cargase con la financiación ilegal del partido, no fue considerada más que una figura de transición. Solo partir de 2005 al conseguir tejer y encabezar un gobierno de coalición tras otro, sentimos que había llegado al poder para quedarse. Le correspondió ser la única líder en el puente de mando durante la crisis del euro, que casi se lleva por delante el proceso de integración. Su aparente dureza hacia los Estados deudores -Alemania se gastó el equivalente a un presupuesto anual en ayuda financiera y el BCE mutó para garantizar la estabilidad de la eurozona- le hizo muy popular entre los suyos. En las elecciones de 2013, una sola palabra, Mutti, el diminutivo de madre, resumía quién era para muchos votantes, una figura protectora, por encima de ideologías y luchas partidarias.

«En las elecciones de 2013, una sola palabra, Mutti, el diminutivo de madre, resumía quién era para muchos votantes, una figura protectora, por encima de ideologías y luchas partidarias»

Ante la crisis de refugiados de 2015 Merkel quiso inspirar y no solo llegar a acuerdos pragmáticos. Ensayó un discurso moral: “si Alemania no es generosa, no es mi país”. Visitó centros de refugiados objeto de ataques xenófobos y llegó a dejar sin aplicación las normas internacionales sobre asilo para poder acoger a más personas. La canciller recibió grandes críticas y muchos pensaron que había llegado su final en la política. Ganó por la mínima las elecciones de 2017, con una ultraderecha al alza y un panorama político fragmentado, cada vez más complejo. Anunció que no sería candidata en 2021 y empezó a preparar su sucesión, el paso más difícil, en el que casi todos los líderes se estrellan. Cuando Merkel parecía amortizada, llegó la pandemia, la ocasión de su gran acto final. La canciller renació de sus cenizas, gestionó con una buena combinación de razón y sentimiento la nueva crisis y encauzó la impresionante respuesta económica y financiera de la UE.

Hace unos días que Angela Merkel ha salido de escena, pero su legado permanece. Dos rivales moderados han competido en las recientes elecciones por ver quién se parecía más a la canciller y encarnaba mejor su mensaje de continuidad y estabilidad. El resultado ajustado tiene algo de homenaje a la líder que ha llevado el timón de Alemania y de Europa tanto tiempo. El vicecanciller social-demócrata Scholz ha llegado incluso a imitar en mítines y debates el gesto favorito de Merkel, juntando las manos para dibujar la forma de un rombo. Es previsible que como próximo canciller haga perdurar su manera de gobernar. Un estilo de poder científico, cauteloso, práctico y humano, que sirve de contrapunto al infantilismo digital en busca de emociones fuertes, omnipresente en la política. Merkel después de Merkel.

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