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Opiniones libres de algoritmos

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No subirás fotos de gin-tonics

Ha sido tanto el achicamiento de espacios para la intimidad que la misma noción de lo íntimo ya sólo nos remite al gremio de la lencería.

Ha sido tanto el achicamiento de espacios para la intimidad que la misma noción de lo íntimo ya sólo nos remite al gremio de la lencería. Sabemos mucho más de lo que queremos saber de ese tuitero que sube terabytes de gin-tonics coronados con el equivalente a un tratado de botánica. El sentido del ridículo –viejo sillar de la civilización- cotiza a la baja, como puede verse en tantos estados o perfiles con la carga confesional del Journal de Amiel.

Ahí estamos pagando décadas de autoexpresión y psicología de baratillo, pero hay un punto de inocencia en torno a la naturaleza humana si pensamos que cada cupcake que publicitamos no va a generarnos mil rencores. En última instancia, poder vivir libre de los demás no era una de las acepciones más generosas de la libertad, pero era una de las más gozosas. Pensemos que sólo hay algo peor que recibir un whatsapp a deshora, y es que lo reciba otro: la tecnología, que todo lo puede, no puede cambiar esos rasgos eternos de la comédie humaine. Nuestra capacidad de indulgencia se agota con las fotos de nuestras propias vacaciones.

Del selfie al attention whoring, la revelación pública de la privacidad exige ya una nomenclatura completa, del mismo modo que otros tiempos acuñaron el significado moderno de “melancolía” o “sentimentalidad” como plasmación de las moradas interiores del individuo. La –digamos- ventilación de la intimidad no deja de implicar una disminución de lo real. Véase que en las redes parecen caber todos los sentimientos humanos menos aquellos que –del fracaso a la culpa- nutren la parte en sombra de la experiencia humana. O que en el siglo de la conexión tendremos todos los géneros literarios menos la correspondencia. Al final, la depauperación de la intimidad amenaza con reducir el mundo interior a una sentimentalidad low-cost, con almas estandarizadas como muebles de Ikea, un imaginario de café instantáneo a la altura de la reconversión cibernética del hombre masa. Gracias a Facebook, Roberto Carlos se arrepiente ya de su millón de amigos. Benjamin lo llamó la atrofia de la experiencia.

Hay algo en la vida de hoy de vasta conspiración contra nuestra soledad. No en vano, también se sabe de nosotros mucho más de lo que queremos que se sepa: la brujería algorítimica de Google nos vende el libro que nos han recomendado por email; Amazon peina nuestros intereses para mandarnos correos con la autoridad de un Harold Bloom. Cada vez nos cuesta más mantener el jardín cerrado. Hay una tristeza contemporánea al pensar que, tras la muerte, nuestro buzón será un arrumbadero para las alertas de Buyvip.

John Lukacs considera los interiores burgueses y subraya la invención de la intimidad –paredaña con la independencia y la libertad- como un triunfo de la inteligencia. Por algo los viejos totalitarismos querían ocupar ese espacio sacral que es la conciencia: hay cosas tan nuestras que no se pueden exponer sin ceder un poder sobre nuestro señorío. Rilke ya sabía que "todas las cosas a las que me entrego / se hacen ricas y a mí me dejan pobre". Reivindicar la vida como asunto privado no es sino revindicar esa autonomía sagrada de la conciencia, última defensa de nuestra libertad como riqueza interior. En cualquier momento, tomarse una copa sin radiarlo va a convertirse en un gozo disidente. Lo será, al menos, para quienes saben que exponer el misterio no es sino acabar con el misterio.

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