Enrique García-Máiquez

Noción de censura

«La moción de censura queda en el aire, como una espada de Damocles, inestable y criticable; pero la noción de censura ya se ha clavado en España»

Opinión

Noción de censura
Foto: Emilio Naranjo| EFE
Enrique García-Máiquez

Enrique García-Máiquez

Profesor, poeta, columnista, crítico, traductor, provinciano, aforista, diarista. Todo junto y demasiado revuelto.

El anuncio de Santiago Abascal de que en septiembre presentará una moción de censura exige una glosa. ¿Ayuda a Sánchez y cohesiona las alianzas del Gobierno?, como han acusado a bote pronto los críticos de Vox. Quizá pecan de notorio optimismo, porque a Sánchez a estas alturas no hay quien le ayude; pero, si así fuera, necesitando España un Gobierno como el comer, si lo ayuda algo, vaya, pues bien, ¿no? También lo quiere ayudar Ciudadanos con sus ofertas de diálogo y el PP con sus consejos; cada cual a su modo.

Pero, ¿no hubiese sido lo suyo que la moción se hubiese presentado inmediatamente, dando al pueblo soberano el gusto —al menos— de ver cómo los diputados tenían que robar unos días a sus privilegiadas vacaciones? En estricta práctica procesal y administrativa, quizá; pero no en la lógica política. Porque Vox presentará en septiembre su moción, pero ayer presentó una noción de censura.

La paronomasia es la cuestión. Si presentase la moción ahora, la perdería en pocos días por la aritmética parlamentaria. Los socios (PNV, ERC, etc.) del Gobierno se precipitarían, aliviados, al rescate. Al dejar que corra el tiempo, pasan más cosas y más interesantes.

La primera es que esos socios (pensemos en el PNV) no pueden apurar de un trago las heces del cáliz de apoyar a uno de los gobiernos más ineficaces del mundo (como muestran los datos de la pandemia y mostrarán los de la economía). La presión contra su apoyo desde sus filas crecerá por días.

Tampoco el PP lo tendrá fácil. Abascal ha ofrecido el liderazgo de la moción de censura a Casado. Pero éste ha dicho ya que no. El problema serán sus votantes. ¿Entenderán que no haga una oposición por tierra, mar y aire al Gobierno de Sánchez y de Iglesias? ¿En el otoño caliente? ¿Tendrá que desdecirse? ¿No hubiese sido más prudente decir que lo estudiaría minuciosamente o condicionar su apoyo a ciertos gestos de Sánchez?

La noción de censura se dejará sentir en la calle. Porque una vez que Santiago Abascal ha puesto en marcha la cuenta atrás de la convocatoria, la sociedad civil (esto es, usted y yo) estaremos, por un lógico automatismo, apuntando motivos y argumentos para la moción. Cada error del Gobierno (experto en acumularlos) hará sonar una campanilla en la opinión pública. Lo importante no es Vox, sino el eco. Que ensordecerá los aplausos acríticos que el Gobierno lleva impulsando de una forma u otra desde el comienzo de la crisis.

El riesgo que arrostra Abascal es marcarse un Hernández Mancha, esto es, una moción inútil, que no desgaste al presidente del Gobierno, tal y como la que hizo aquel efímero presidente de Alianza Popular. Esta moción modelo «Largo me lo fíais» desactiva en parte ese peligro porque el discurso de Abascal no lo va hacer Abascal. Con muy postmoderna estrategia, su ausencia o, en todo caso, su dilación delega la construcción del discurso al subconsciente colectivo. Mientras llega o no llega septiembre, las frases de ese futurizo discurso de moción de censura retumbarán en la imaginación de los ciudadanos españoles, en los corrillos veraniegos, en los comentarios de los periodistas y en las columnas de los periódicos.

La moción de censura queda en el aire, como una espada de Damocles, inestable y criticable; pero la noción de censura ya se ha clavado en España. Estas vacaciones no serán un lenitivo o una ocasión de olvidar los errores de la gestión de la crisis. Los análisis que no tengan en cuenta esta diferencia entre moción y noción de censura serán muy sesudos, pero poco sensatos.

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