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Manuel Aguilera

Aprieta el botón, mi reina

La primera vez que la vi, fue en la redacción de El Mundo, en la calle Pradillo. Aquella aciaga tarde de abril de 2003, la antigua sede del periódico estaba llena de periodistas y unidades móviles porque acababa de fallecer en Irak, el reportero Julio Anguita Parrado, que se encontraba trabajando empotrado con el ejército de Estado Unidos.

Opinión
Aprieta el botón, mi reina

La primera vez que la vi, fue en la redacción de El Mundo, en la calle Pradillo. Aquella aciaga tarde de abril de 2003, la antigua sede del periódico estaba llena de periodistas y unidades móviles porque acababa de fallecer en Irak, el reportero Julio Anguita Parrado, que se encontraba trabajando empotrado con el ejército de Estado Unidos.

Si a la reina de España se le diera la oportunidad de apretar un botón y regresar al momento en que era Letizia Ortiz, la periodista del Telediario, ¿tomaría la decisión de regresar al pasado? Estoy seguro que en ésta, la semana de la media melena, lo habría hecho sin pensarlo.

Nada se sabe realmente –valga la redundancia- de cuál es la influencia real –valga de nuevo- de Letizia sobre su esposo, sus decisiones y su forma de abordar su papel como jefe del estado. Sabemos que por ley es cero pero a los periodistas –cortesanos o no- nos gusta fantasear e indagar en palabras y silencios para analizar el efecto Letizia.

Lo que sí parece constatado es que la reina es más delgada que cuando era soltera, esposa por lo civil, divorciada o “arrejuntada”.  Pasó por todos estos estados y en aquellos tiempos se presume que se alimentaba mejor. La primera vez que la vi, fue en la redacción de El Mundo, en la calle Pradillo. Aquella aciaga tarde de abril de 2003, la antigua sede del periódico estaba llena de periodistas y unidades móviles porque acababa de fallecer en Irak, el reportero Julio Anguita Parrado, que se encontraba trabajando empotrado con el ejército de Estado Unidos.

Aquel día, la Letizia civil sufrió un desvanecimiento, quizás fruto del estrés o vete tú a saber.  Aquella periodista, atea y de izquierdas, quizás soñó que algún día cambiaría la forma de gobierno de su país accediendo a casarse como manda la tradición con el que sería y ya es Felipe VI. Pero si es así, se equivocó. El balance actual se resume a su media melena, su extrema delgadez, sus cirugías y sus discursos artificiales escritos en algún rancio despacho del Palacio de la Zarzuela.

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