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Álvaro del Castaño

La banalidad del mal

«Es un hecho contrastado que la minoría más perseguida del planeta es la de los cristianos»

Opinión

La banalidad del mal
Alessandra Tarantino AP

En 1961, la brillante y polémica filósofa y teórica política judeoalemana Hannah Arendt acuñó la polémica expresión que encabeza este artículo («la banalidad del mal») durante el juicio al criminal de guerra alemán Adolf Eichmann (Eichmann en Jerusalem, 1963, Viking Press). Hannah intentaba definir con este término, de manera breve, la forma fría y metódica con la que algunos jerarcas nazis aplicaron las leyes para acabar con millones de judíos mientras los alemanes miraban para otro lado.

Salto adelante a octubre de 2020. Una mujer de color brasileña, madre de tres hijos, inmigrante y católica es salvajemente atacada en la catedral de Niza. Simone (que así se llamaba la víctima), yace en un charco de sangre, casi medio decapitada por el desgarro realizado con el filo de un cuchillo a manos de un joven tunecino. Sus últimas palabras antes de morir son para sus hijos (verbatim): «Díganle… que los amo».

El salvaje asesinato aparece reflejado al día siguiente en los medios de comunicación internacionales en los siguientes términos:

«Un hombre armado con un cuchillo mata a 3 personas en Niza, Francia. Un sospechoso fue detenido»;

«Francia vuelve a vivir un nuevo “ataque terrorista”, aseguró el alcalde de Niza, Christian Estrosi»;

«Un hombre con cuchillo atacó y mató a 3 personas. Una de las víctimas fue decapitada. Estrosi aseguró que un sospechoso recibió un disparo de la policía y fue puesto bajo custodia» (Fuente: CNN)

«Francia activa la alerta máxima terrorista tras un brutal ataque con tres muertos en Niza»;

«El Gobierno promete una respuesta “implacable” tras detener al autor del atentado. “Es Francia la que está siendo atacada”, advierte Macron» (Fuente: El País).

Si uno analiza con mirada crítica la forma y el contenido de estas noticias reales elegidas al azar, se puede llegar a la conclusión de que los medios mutilan la información cuando se habla de persecución a los cristianos. Como se habrá dado cuenta el avezado lector, en estas noticias no hay ninguna mención a la pertenencia del asesino al radicalismo religioso. Tampoco hay ninguna referencia a una potencial persecución religiosa sistemática, ni ninguna alusión solidaria a la comunidad a la que pertenece la víctima.

Por otro lado, asusta observar la frialdad con la que el mundo occidental procesa, una vez más, este tipo de actos de recurrente persecución religiosa a los cristianos en Occidente. ¿Dónde estuvo el rechazo público masivo? ¿Por qué no estuvieron las calles del mundo desarrollado tomadas por protestas pacíficas, repletas de carteles de «Je suis Catholique» o «ChristianLivesMatter» en las semanas posteriores al ataque? ¿Y las campañas de famosos y los hashtags en las redes?

A lo mejor, querido lector, piensas que estoy exagerando. ¿Cómo se puede hablar de persecución a los cristianos en pleno 2021? Si, a mí también me sorprendieron los datos. Es un hecho contrastado que la minoría más perseguida del planeta es la de los cristianos. Más de 260 millones de cristianos fueron perseguidos en el mundo en el 2019 según la Lista de Persecución Mundial del 2020. Los cristianos fueron acosados a diario en más de 73 países (uno de cada tres cristianos sufre acoso grave en Asia, por ejemplo; en Africa es uno de cada seis). Es decir, ¡en casi un 40% de los países soberanos del planeta se persiguió a los cristianos! Un total de 2.983 fueron asesinados el año pasado, 9.488 iglesias atacadas, y 8.537 cristianos fueron violados o agredidos sexualmente por el hecho de tener una fe diferente. 630 mujeres cristianas fueron obligadas a renunciar a su fe y casarse con un no cristiano. Además es importante resaltar que estos datos recogen solamente la punta de iceberg de lo que realmente acaeció en el 2019.

El circo romano sigue plantando el cartel de «no hay billetes» en el Coliseo del 2021. Mientras esto ocurre en el mundo, nuestra civilización occidental mira para otro lado, echando balones fuera y culpando genéricamente al «terrorismo» instalada en una variante de la «banalidad del mal» que nos descubrió Hannah Arendt. Hacemos oídos sordos, como lo hicieron muchos alemanes en su momento. En eso radica precisamente el dolo. Parece una evidencia que por alguna oscura razón, las élites que dominan la batalla cultural y mediática no quieren que se conozca el hecho incontestable de que la minoría más perseguida del planeta es la de los cristianos.

¿Cómo es posible que la sociedad no esté al tanto y que no se destaque en los medios de comunicación? ¿Tenemos que preguntarnos qué culpa tenemos todos nosotros, gente corriente, que tácitamente aparta la mirada ante el acoso que sufren los cristianos en el mundo? ¿Es miedo al enemigo o temor a ser políticamente incorrectos? ¿No va con nosotros? ¿Algo habrán hecho?Recordemos que, parafraseando a Blas de Lezo, una civilización no se pierde porque unos la ataquen, sino porque quienes la aman no la defienden. ¿Amamos nuestra libertad?

La premisa de la que debe partir cualquier sociedad con algo de valentía y coherencia es que hay que proteger al débil y estar del lado de absolutamente todas las minorías cuando son atacadas. Por eso, es esencial transmitir a la sociedad que no hay minorías más «valiosas» que otras. Las causas abanderadas, por ejemplo, por las ideologías regresivas de la izquierda no son más puras ni más válidas o más urgentes que las otras. Ni la persecución que sufren los cristianos, ni la discriminación de las mujeres en ciertos países sometidos al radicalismo islámico, ni la mutilación genital en algunos países en vías de desarrollo, ni la de los homosexuales perseguidos en esos mismos países, ni el antisemitismo rampante son causas menos merecedoras de la denuncia de la sociedad que las causas abrazadas por los progres.

Insisto. ¿Por qué nunca oímos nada de la brutal opresión que sufren los homosexuales en países donde el radicalismo religioso impera (si lo leen bien, Brunei aprobó en el 2019 nuevas leyes islámicas que castigan la homosexualidad con la muerte a pedradas)? ¿Dónde están las movilizaciones feministas cuando hay que defender a las mujeres oprimidas por el islamismo wahabista? ¿Dónde están los podemitas indignados cuando decapitan a una mujer perteneciente a una minoría racial y católica en Paris?

Me vienen a la mente los versos de Jose María Blanco White (La persecución religiosa):

«Mas en vano os exhorto:

Del Fanatismo y la ambición aborto,

Los que tenéis raíces en el cielo

Nunca podéis dejar en paz el suelo».

Es necesario concienciar a la sociedad, presionar a los medios y a los movimientos cívicos y políticos para que abandonen su aparente sectarismo y reaccionen de la misma manera y con la misma virulencia ante cualquier persecución contra una minoría, independientemente de su agenda política.

Si, importan todas las vidas y eso es lo que nos hace humanos. «Yo soy de la opinión de los que son perseguidos», sostenía Alphonse de Lamartine. Aunque quizá la sociedad actual debiera añadir en letra pequeña: a menos que estos sean cristianos.

Simone descansa en paz.

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