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Manuel Arias Maldonado

Mitologías de prestado

«Aunque hay quienes quieren ver en el populismo un horizonte mítico renovado, tal vez solo el ecologismo político ofrezca un imaginario social con la originalidad suficiente»

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Mitologías de prestado

zipi | EFE

Se ha hablado mucho de los peculiares términos en que se plantea la contienda electoral madrileña: mientras la candidatura de Isabel Ayuso recurre al imaginario de la Guerra Fría para plantear una dicotomía entre «comunismo o libertad», Pablo Iglesias ha considerado su deber —¿patriótico, ideológico, partidista?— abandonar la vicepresidencia del Gobierno para combatir al fascismo a pie de calle. Se diría que estamos en 1920, 1943 o 1956: fechas en las que esos lemas podrían todavía tener sentido. Que se recurra con tanto ardor a mitologías obsoletas muestra a las claras que la imaginación política se encuentra en un estado de parálisis que nos condena a la eterna repetición de lo mismo.

No es el único signo de estancamiento. El acontecimiento político por excelencia del último lustro en España, el procés separatista[contexto id=»381726″], es una auténtica ucronía: un empeño decimonónico transplantado con fórceps a nuestra época. ¡De los camisas rojas al lazo amarillo! El propio feminismo, al menos el oficial, recurre con frecuencia a las prohibiciones y logros del pasado cuando se dirige a la mujer de ahora mismo. En otro orden de cosas, los escritos periodísticos de Albert Camus para Combat en plena II Guerra Mundial atraen la atención de suplementos culturales y lectores avisados, mientras la nueva novela de Javier Marías se adentra en un mundo de servicios secretos y organizaciones terroristas típico del siglo pasado; en su favorable reseña para El Cultural, Nadal Suau se preguntaba en el último párrafo por el lugar de la nueva realidad social en la novela contemporánea. También el uso electoralista del franquismo muestra la estéril vitalidad del pasado.

Un periodista uruguayo me contaba hace poco que la Semana Santa se llama ahora en su país Semana del Turismo: a estas alturas de la desigual secularización occidental, quizá sea la denominación más realista. Este pragmatismo, sin embargo, resulta poco inspirador y sirve como cifra para el problema que sufren las sociedades occidentales: han usado y gastado los mitos políticos del siglo XX sin encontrarles sustituto. Antonio García Maldonado ha recurrido al concepto de «aventura» para identificar esa pérdida; cuando todo está hecho y se ha probado ya todo, ¿quién puede ilusionarse otra vez? Aunque hay quienes quieren ver en el populismo un horizonte mítico renovado, tal vez solo el ecologismo político ofrezca un imaginario social con la originalidad suficiente. La urgencia por reabsorber el discurso medioambiental en las viejas categorías de izquierda y derecha, a menudo para acomodarlo en la contienda electoral, sugiere no obstante que somos yonquis de la fase épica de la ideología.

En todo caso, lo que late por debajo de este bloqueo estructural es la pérdida del porvenir como lugar para la realización colectiva y la salvación personal. Si las ideologías modernas traen al mundo terrenal la promesa de salvación de las religiones monoteístas, convirtiéndose así en religiones políticas que ofrecen utopías de abundancia en lugar de un valle de lágrimas, el terrible desengaño del siglo pasado acaba con la credibilidad de los sacerdotes ideológicos: creer en el progreso después de los hornos crematorios y el Gulag se antoja complicado. Para colmo, los desarreglos planetarios sugieren que el futuro debe ser temido más que amado. Está por ver si las nuevas generaciones serán capaces de generar su propio vocabulario y si este puede revestir algún interés. De momento, ya saben: comunismo o fascismo. ¡La lucha continúa!

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