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Anna Grau

¿Vas a Colón, triste de ti?

«No hay ni habrá república catalana independiente hacia afuera…, pero ya lo creo que la hay, y tremendamente bananera, hacia adentro»

Opinión

¿Vas a Colón, triste de ti?
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 ¿Se acuerdan ustedes de qué artículos del reformado Estatut de Cataluña tumbó el Tribunal Constitucional y de por qué razones? Ellos tampoco. Fue en 2009 cuando la prensa catalana amaneció marcando el paso de un editorial único, algo que no se veía en España desde 1977, y que en democracia sólo se había dado en temas de mayúsculo consenso como la condena del terrorismo. Esta vez se aplicó el mismo recurso extremo a una cuestión mucho más vidriosa y, les cuenten lo que les cuenten, infinitamente menos consensuada: negar de plano la facultad del TC para emitir sentencia sobre el Estatut. Estaba en juego, afirmaban, «la dignidad de Cataluña» como un todo monolítico. Es decir, quedaba excluido por «indigno», y se invisibilizaba política e informativamente, cualquier enfoque alternativo dentro de la misma sociedad catalana.

Parece que volvemos a estar en las mismas con el tema de los indultos. Dan igual las razones para estar a favor (¡todas buenas!) o en contra (¡todas malas!). Vuelve a ser un todo o nada, un trágala gigantesco, un tsunami de intimidación política y civil (¡ERES FACHA!) donde el fondo de la cuestión es lo de menos. Lo que cuenta es preservar intacta ese suprema y unívoca «dignidad de Cataluña».

Me pregunto de qué dignidad y de qué Cataluña hablan. Yo tengo un porrón de apellidos catalanes y me opongo a los indultos a los presos del procés. No porque sí. Ni necesariamente para siempre. De otra forma, y sobre todo con otro fondo, podría llegar a estar de acuerdo. Es más: ojalá mañana por la mañana me despertara, mirara a mi alrededor, y viera una Cataluña de verdad restaurada y digna, donde de verdad se dieran las condiciones para que todos los políticos presos  pudieran salir libres de toda culpa y de todo mal. Ellos…y los que llevamos años sufriéndoles a ellos. Y a sus delirios de grandeza y de independencia.

Alguien tiene que decirlo alto y claro alguna vez: la Cataluña del procés es una inmensa cárcel civil para millones de almas nobles y generosas que viven y dejan vivir, que conviven y quieren convivir con todo el mundo, que no han hecho daño a nadie. No hay ni habrá república catalana independiente hacia afuera…, pero ya lo creo que la hay, y tremendamente bananera, hacia adentro. O dices sí bwana a todo lo que a los señoritos se les ocurre, o eres un catalán de segunda, un antisocial, un irredento. Un exiliado interior.

Yo sé que en Madrid eso preocupa poco o nada a cierta gente. Desde luego no le quita ni un segundo de sueño a Pedro Sánchez. Para mí en cambio fue razón suficiente, hace sólo unos meses, para liar el petate de vuelta a mi tierra, de vuelta a Cataluña, tras veinte años de lejanía. Que no de ausencia ni de olvido, porque muchos catalanes no nos vamos nunca a ninguna parte, ni queriendo. Si es que no nos dejan. Allá donde pisamos, pisa con nosotros la congoja, arde la pesadumbre, nos ahoga la sensación de injusticia, la pena negra social, política y democrática. Hasta que un buen día te estalla el corazón y regresas a tumba abierta, reventando caballos, y que sea lo que tenga que ser. De ti y de la mejor Cataluña, tan abandonada por todos. Tan dejada de la mano de Dios y de los gobiernos de España.

Comprenderán ustedes que después de pasar por estos trances no me dé ninguna vergüenza, ni el más mínimo complejo, ir, más incluso que a manifestarme, a aparecerme como la virgen de Fátima, este viernes a las 19 horas a las puertas de la delegación del gobierno en Barcelona, o este domingo a las 12 en la plaza de Colón, en Madrid. No será la primera vez que voy. Estuve ya la otra vez (no entonces como política, ni siquiera como periodista: fui con una pandi de amigas, todas hasta las narices de las mentiras de Pedro Sánchez, por aquel entonces sobre si iba a convocar o no las prometidas elecciones tras su moción de censura a Rajoy…). No tuve la sensación de estar ni en la boca del lobo ni en el epicentro de ningún facherío. Ni siquiera estábamos allí todos por lo mismo. Que la democracia es eso, gente.

Otro tanto va a pasar esta semana. Igual que hay quien defiende los indultos porque sinceramente se cree que con eso se va a poder pasar página en Cataluña, igual que hay quien con esos indultos pretende dar estabilidad al gobierno Sánchez y ya está, y hasta habrá quién piense que pidiéndolos irá al cielo o, por lo menos, a alguna tribuna de La Vanguardia El País, hay una multitud de razones, malas, regulares y hasta buenas, para estar en contra de los indultos. De estos indultos en concreto, por lo menos. Somos muchos los que de buena fe decimos: así, no.

Y cuando les vuelvan a hablar de la «dignidad» y de la «inmensa mayoría» de Cataluña, acuérdense de mí. Acuérdense de muchos como yo. Somos más, bastantes más, de lo que ahora mismo parece. Y aunque fuéramos mucho menos, que no lo somos, aunque fuese yo sola, que no lo soy, ¿no se nos debería escuchar también? ¿La democracia no era eso? ¿No era poder ir a decir lo que piensas y crees donde te dé la gana, Colón incluido?

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