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Juan Claudio de Ramón

El mar y la montaña

«Como hemos pasado del miedo y la repugnancia por el mar y la montaña a considerarlos destinos privilegiados de ocio y recreo es quizá la revolución en materia de gustos más olvidada de la historia»

Opinión

El mar y la montaña
Sean Oulashin Unsplash

Mar y montaña son el sensual objeto de nuestro deseo al llegar el verano. A unos les cautiva más la parte líquida del mundo, que diría Melville, otros rebuscan la armonía en la altitud. Por lo demás, la industria turística no obliga a escoger, y podemos alternar las laderas de la tierra con el alabeo de la costa. Y sin embargo, como lugares de reposo, mar y montaña son invenciones más recientes de lo que pensamos. Tomar baños y pasear por el monte son modas de los modernos que los antiguos hubieran tenido por una insensata rareza. Como hemos pasado del miedo y la repugnancia por el mar y la montaña a considerarlos destinos privilegiados de ocio y recreo es quizá la revolución en materia de gustos más olvidada de la historia. Una larga conspiración de agentes y factores diversos roturó los nuevos caminos del placer y la emoción. 

La aversión llega hasta pasado el Renacimiento. Tomemos, por ejemplo, la Telluris Theoria Sacra, escrita por Thomas Burnet en 1681. Según este teólogo con aficiones de geógrafo, en el Paraíso y el mundo antediluviano –el primer boceto divino del mundo– no había ni mares ni montañas: «Su superficie era dulce, regular y uniforme, con la belleza la juventud y de la naturaleza en flor, fresca y fecunda, sin una arruga, cicatriz o roto en su cuerpo. Ni cerros ni montañas, brechas cavernosas o muescas abiertas, y con el aire calmo y sereno». El Génesis le da la razón: allí leemos que Dios creó cielo y tierra. Nada se dice del océano, que resta parte de lo increado, de lo caótico, del mal. Ni siquiera Atenas, con su imperio marítimo, o Roma, que hizo del Mediterráneo un lago, pudieron sustraerse de la idea del mar como el lugar de la tormenta y el naufragio. Es cierto que Cicerón, Plinio o Tiberio podían tener sus villas cerca de la costa, pero para bañarse preferían con mucho las termas. Por su parte, la montaña era el lejano asiento de la divinidad, teatro de lo sobrenatural, donde los negocios corrientes de la humanidad no se trataban.    

El mar, capaz de tragarse barcos y ciudades –recordemos la Atlántida–, era así el reservorio de las pesadillas del mundo antiguo, desde el Maelstrom de las Eddas hasta Escila y Caribdis de la mitología griega, pasando por el Leviatán del salmista y Job. La costa no escapaba del desprestigio: piratas y aires mefíticos aconsejaban distancia, como prueban tantas ciudades y pueblos de espaldas al litoral. Hizo falta una conjura de poetas, pintores, médicos y geólogos para que entre 1750 y 1840 Occidente entero se colmara de eso que Alain Corbin ha llamado «anhelo de costa» (traducción que no traslada lo imperioso del original: désir du rivage). El gran historiador de la cultura ha balizado los hitos de este proceso que condujeron a la turistificación desde la repulsa. La conquista del mar por los neerlandeses, que dio al mundo las primeras estampas de villas marítimas pintorescas, con La Haya a la cabeza. La creciente insistencia de los galenos en las virtudes terapéuticas del agua y la brisa marinas, con la invención en Brighton de la primera ciudad balneario, luego imitada de Estoril a Kiel. El ferrocarril, que las acercó. Y, por supuesto, ese pimentón de todos los platos: los románticos, tatarabuelos del playista, que fueron al mar al encuentro de lo sublime. Había nacido la playa moderna. 

También a poetas románticos y médicos debemos la recuperación de la montaña. Aunque ya Petrarca había rescatado para el humanismo el goce proporcionado por los sentidos, subiendo al Monte Ventoso «llevado por el solo deseo de ver», las montañas siguieron siendo durante tiempo, como el mar, intimidantes vestigios del diluvio. Los mismos artistas –piénsese en Caspar David Fiedrich– y los mismos médicos que habían redimido la costa de su ostracismo dieron a la montaña su actual buena publicidad, al tiempo que el estigma de las miasmas y la enfermedad pasaba a la ciudad industrial. El deseo de una fusión panteísta con la naturaleza que anunciaba la muerte de Dios ayudó a colocar la montaña en el corazón del sujeto contemporáneo. 

Es cierto que el mar y montaña se siguen cobrando muertes cada año. Son sucesos no exentos de cierta premeditación, porque se dan en lugares que la humanidad siempre ha sabido que son peligrosos. La montaña, más que el océano, conserva parte de su aura aterradora, y no es insignificante que el hombre circunnavegara el globo antes de poder hollar su cima más alta. Aunque han corrido vidas paralelas, el monte y la costa se distinguen en lo que prometen. La primera ofrece esfuerzo, resistencia, su punto justo de supervivencia. La segunda, el erotismo de la desnudez autorizada. No nos damos cuenta, pero todas las playas son nudistas. 

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