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Juan Marqués

Crítica de la crítica

«Lo decía Tomás Segovia: cuánta cobardía hay en el atrevimiento»

Opinión

Crítica de la crítica
Asís G. Ayerbe CC BY-SA 3.0

El comentarista «literario» preferido de la gente a la que le da igual la literatura publicó el otro día un artículo en el que arremetía contra el periodismo cultural español y lamentaba la inexistencia o, al menos, la escasez de una crítica seria, valiente, insobornable… Al margen de la paradoja de que lo hiciera en un texto que era todo un ejemplo del periodismo peor, el más vociferante y anhelante de escándalo, el que con más evidente desesperación aúlla un «por favor, hacedme caso, demostradme que existo, prestadme atención, admiradme un poco, que soy muy listo y estoy aquí, ¿o es que no me veis?»…, se veía en esas líneas algo que hemos visto muchas veces en la vida: igual que, en el terreno laboral, la gente mediocre se convierte automáticamente en autoritaria y déspota en cuanto se ve con una mínima cuota de poder de decisión, en estas cosas nuestras hay gentes a las que hemos visto pedir autógrafos a editores prestigiosos y que sin embargo se disfrazan de chicos malos en cuanto ven que algo afilado o aparentemente insolente tiene una pizquita más de repercusión. Entonces, desbocados, hondamente confundidos, empiezan a dar lecciones y gritos que, en efecto (y esto es lo más preocupante), hacen un poco de ruido social y reafirman al bocazas en lo que, sea como sea, es un profundo error. Lo decía Tomás Segovia al salir de una obra de teatro: «Cuánta cobardía hay en el atrevimiento»…

Yo mismo tengo fama de crítico duro, cuando de las quinientas reseñas que he escrito no más de siete u ocho son abiertamente negativas: no me parece ninguna buena noticia que sean esas las que más recorrido y lecturas han tenido y, cuando me han reclamado que escriba siempre «como aquella que sacaste sobre…», se han encontrado con una negativa. Si se me encarga una reseña sobre algún libro espantoso, no tengo ningún problema en decirlo, siempre razonadamente, pero, si puedo elegir, y publicándose tantos libros buenos, siempre preferiré dedicar mi tiempo a leer y comentar cualquiera de estos últimos. No tendré tantos «retuits» por parte de gente poco reflexiva y poco meritoria, pero es que lo que yo quiero hacer solo se puede hacer desde un lugar sereno, un poco mejor ventilado de lo que indisimuladamente buscan determinados medios de comunicación.

Escribo los párrafos anteriores no para disgustar a ese señor ni a sus simpatizantes, sino para lo contrario, para ponerles muy contentos demostrándoles que sí, que no todo es tragar lo que te echen, por bochornoso o embustero que sea, y que claro que se puede escribir independientemente y con criterio de lo que se publica y lo que se comenta por ahí. Lo que sí me importa es intentar contribuir a dejar claro qué es la crítica y calibrar su importancia, pues es cierto que todo está desdibujado, las fronteras no parecen claras y la gente anda confusa, reclamando a cada «formato» lo que no le corresponde. Yo mismo, cuando mis hijos me preguntan a qué me dedico, no sé muy bien qué decirles, pero les expongo un panorama muy sencillo.

Hay discursos culturales que, por definición, han de consagrarse a cierta objetividad. El superior de todos es, por supuesto, el de la universidad, o el de la educación en general. Sería muy raro que en una conferencia académica o en un libro de texto se afirmase nada parecido a algo, por otra parte tan obvio, como que Federico García Lorca fue mejor poeta que Gerardo Diego. La universidad no está para establecer listas ni para poner a competir a los autores, por muy evidentes que sean las diferencias y aunque sea inevitable dejar claros los hitos, que naturalmente, sin necesidad de que nadie lo fuerce, recibirán más atención. Leo estos días La poesía española de la II República a la Transición, un libro monumental y muy bien escrito de Ángel L. Prieto de Paula publicado por la Universidad de Alicante: es un banquete de buena documentación y análisis erudito, un libro importante, y además se nota en él claramente el amor por la poesía, pero a la vez no deja de ser frustrante que, por su carácter profesoral, carezca de una mayor subjetividad y se acerque a eso que se llama «manual». Prieto comenta en él a todos los poetas españoles que han tenido relevancia en esas décadas, atendiendo también a los desatendidos, pero yo agradecería, por meter una opinión mía como ejemplo, no solo que se escriba en él sobre Luis Feria o el ya citado Tomás Segovia, sino que se les reivindique como lo que fueron, poetas mucho mejores que muchos que han tenido y tienen mucha más fama. Prieto no puede decirlo, pero a la vez sentimos que no puede dejar de decirse que, por ejemplo, la obra de María Victoria Atencia es aplastantemente mejor que la de José María Álvarez, etcétera. Un libro como Las armas y las letras, de Andrés Trapiello, no podría proceder de la universidad: por un lado es perfectamente comprensible, pero por otro no deja de ser una lástima.

Lo que la Universidad hace con el análisis profundo el periodismo cultural lo hace con la información de actualidad. Sería inadecuado que un periodista acudiera a una rueda de prensa o a una presentación promocional o a una entrega de premios y publicase un «por lo que hemos escuchado y ojeado este libro nos parece una patraña»: no, no es ése su cometido. Lo que han de hacer es lo que, unos muy bien y otros, en efecto, de una forma vergonzosa, muy parecida a la publicidad, hacen: dar cuenta de que eso existe, que ha aparecido, que va a circular o a estrenarse. En España hay varios y varias periodistas magníficos, que entrevistan de una forma no servil ni babosa sino aguda y penetrante, que se leen los libros sobre los que trabajan, que tienen buena formación cultural, que hablan del puro presente con perspectiva de lo que se ha hecho hasta ahora, que pueden establecer genealogías estilísticas o detectar fenómenos universales o parciales de los cuales sacar conclusiones pertinentes… Pero no es suficiente. Falta algo. Ese algo es la crítica.

La crítica, por supuesto, también se puede hacer muy bien o muy mal. Hay verdaderos intrusos a los que habría que inhabilitar oficialmente para hablar de libros (pero de éstos también hay a montones en los departamentos de las facultades, y en las redacciones de los periódicos, y en las editoriales, y sobre todo en las instituciones…), pero es que también los lectores han de ser críticos con los críticos, han de saber discernir, han de intuir dónde está la formación y el criterio y el talento y las cosas que decir y dónde hay sólo humo, afán de notoriedad barata, oportunismo, mentira. Al final las cosas son muy sencillas, aunque no tengan por qué ser fáciles: cada uno ha de hacer lo que pueda lo mejor que pueda, y confiar en que allá, al otro lado, habrá un público, más o menos amplio, más o menos exigente, mejor o peor informado. Aquella famosa sentencia de Virgilio, «alaba las fincas grandes; cultiva la pequeña», conviene ser reformulada en su primer imperativo, «alaba las fincas valiosas», pero no en el segundo, y no hay más remedio que confiar en la inteligencia y la sensibilidad de los demás, aunque los tiempos, realmente, no parezcan propicios al discurso sosegado. Pero lo dijo Carlos Pujol, hablando de literatura: «A la larga, Dios reconocerá a los suyos».

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