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Daniel Capó

Trabajar y no llegar a fin de mes

«¿Cuánta gente vive hoy, en nuestra Europa rica y desarrollada, sin llegar a fin de mes, trabaje lo que trabaje?»

Opinión

Trabajar y no llegar a fin de mes
Óscar Cañas Europa Press

Las anécdotas iluminan a menudo la realidad. Hoy he recordado una de mi infancia. Tendría yo diez u once años, cuando a casa llegó un lejano familiar argentino del que nunca había oído hablar. Mi abuelo solía visitar la Argentina una vez cada cuatro o cinco años y supongo que, en uno de aquellos viajes, le habría invitado a conocer España. Pero nuestro pariente no vino a hacer turismo, sino a buscar trabajo. Hablo de los años ochenta, algo antes de nuestro ingreso en el Mercado Común. Los malos datos económicos concretaban en forma de desempleo, inflación y déficit los duros ajustes necesarios para nuestro ingreso en Europa. Felipe González había llegado al gobierno con la promesa de crear ochocientos mil puestos de trabajo y, en aquella legislatura, se destruyeron precisamente ochocientos mil: el reverso de su programa electoral. La anécdota, sin embargo, no es esta –aunque podría serlo–, sino el motivo de la visita que alegaba nuestro invitado: por la mañana trabajaba en una sucursal bancaria de Buenos Aires, por la tarde ejercía de preparador físico en un club de fútbol y por la noche llevaba alguna que otra contabilidad en b. Tres trabajos que no le permitían mantener a su familia. Recuerdo que me impresionó mucho lo de los tres empleos. En casa, entraba un solo ingreso y nos daba para vivir con relativa holgura, sin deudas ni excesivos aprietos; y yo me preguntaba cómo era posible que, con tres sueldos, aquel hombre no pudiera llegar a fin de mes. Eran, claro está, pensamientos infantiles pero que sembraron en mí un cierto temor a la pobreza y un instintivo rechazo a los efectos de la inflación que carcome los ahorros y cualquier salario.

Han pasado cerca de cuarenta años desde entonces y no sé qué fue de aquel pariente nuestro. Debería preguntárselo a mis padres, aunque tampoco creo que lo sepan. En el contexto de este artículo importa poco, porque lo que quería era que la anécdota nos hablase de nuestra época. ¿Cuánta gente vive hoy, en nuestra Europa rica y desarrollada, sin llegar a fin de mes, trabaje lo que trabaje? Si no está en paro, como les sucede a tantísimos trabajadores en nuestro país, por supuesto. ¿A cuántos conocemos que no encuentran trabajo o que, si lo encuentran, consiste en ir enlazando contratos parciales o temporales? ¿Cuántos se han reconvertido en freelances, autónomos forzados, que enganchan un trabajo tras otro para sumar no mucho más que un salario de otro tiempo? La pregunta, en realidad, es otra: ¿qué ha sucedido en el mercado laboral durante estas últimas tres décadas?  Nada bueno, desde luego. Al agotamiento de las grandes fuentes históricas de productividad se ha sumado la excesiva regulación, la deslocalización industrial y la entrada a un mercado global que no es sólo de mercancías y productos, sino también –y de forma significativa– de empleo.

La decadencia se mide a veces en grados. Creo que fue en un libro de Paul Kennedy –otra lectura, esta de finales de los ochenta– donde descubrí que la pérdida de peso internacional del Reino Unido se medía en medio punto anual de crecimiento en el PIB a lo largo de un siglo. Puntualmente no es nada; pero, a largo plazo, un mundo. Algo de esto hemos vivido nosotros –los europeos, los españoles– durante estas últimas décadas: una decadencia anestesiante que termina siendo angustiosa para mucha gente. Y que ha cercenado el poder adquisitivo de las clases medias, al menos para una generación.

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