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Guadalupe Sánchez

El meteorito ya está sobre nosotros

«Mientras usted, querido lector, rebusca en su monedero para pagar la luz, nuestros dirigentes le instan a participar en una huelga de juguetes»

Opinión

El meteorito ya está sobre nosotros
Fotograma de ‘No mires arriba’.|Netflix

Mucho se habla estos días de la nueva película de Netflix: No mires arriba. Más allá de las interpretaciones, el guion o la dirección –análisis que dejo para los críticos cinematográficos–, creo que su éxito radica en conseguir que el espectador extrapole muchos de los elementos de la trama del largometraje a la realidad que vivimos: gobernantes inútiles y alejados de los problemas acuciantes de sus ciudadanos que se comportan como verdaderos psicópatas; medios de comunicación entregados al amarillismo y a la desinformación y una sociedad aborregada, manipulable y servil que antepone la ideología a lo que sucede antes sus narices.

El meteorito de la película de marras no es una referencia metafórica a la covid-19 como muchos han querido interpretar, sino la verdad desnuda que se muestra ante nuestros ojos aun cuando muchos rechacen mirarla, la evidencia descarnada que se acaba imponiendo aunque la mayoría pretenda huir de ella. La realidad que arrasa con todo y con todos al margen de su poder político, social o mediático.

Durante estos dos años de pandemia en los que nos hemos sentido protagonistas involuntarios de una serie distópica de terror en la que a las muertes causadas por el coronavirus se han unido los problemas de salud mental provocados por las restricciones y la miseria que han generado, la reacción política, mediática y social reúne tantas analogías con la que se nos muestra en la película de la popular plataforma que a muchos les cuesta asimilarlo.

Según el INE, el porcentaje de población en riesgo de pobreza o exclusión social aumentó en 2020 al 26,4%, desde el 25,3% de 2019. El 7,0% de la población se encontraba en situación de carencia material severa, frente al 4,7% del año anterior. El suicidio se ha convertido en la principal causa de muerte entre los menores de treinta años por primera vez en la historia, por delante de los accidentes de tráfico. Y entre los menores de cincuenta ocupa también un lugar destacado. La subida desbocada del precio de la luz ha provocado que la llamada «pobreza energética» afecte ya a uno de cada diez españoles.  De los veintitrés países que conforman la a Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), entre los que se encuentran Turquía, Colombia o Chile, España es el país que peor lo ha hecho con diferencia ya que nuestro PIB ha caído en torno a un seis por ciento.

El panorama es desolador en múltiples niveles, pero a nuestras élites políticas no les interesa la realidad, no sea que se vean forzadas a gestionar y a trabajar: mejor la soslayan e ignoran. Mientras usted, querido lector, rebusca en su monedero hasta el último céntimo para pagar la hipoteca, el alquiler y la factura de la luz o hace colas de horas para conseguir un test de antígenos, nuestros dirigentes le instan a participar en una huelga de juguetes contra el sexismo de los regalos de navidad o financian una campaña para saber reconocer el verdadero roscón de nata. Cantidades ingentes de dinero que van a parar a los bolsillos de ministros sin oficio ni beneficio cuyo destino es crear chiringuitos donde colocar y ser colocados mientras usted apaga el radiador y enciende unas velas.

El contrato social que consistía en contribuir a lo común para lograr mayores cotas de bienestar ha sido modificado unilateralmente por quienes detentan el poder estatal: al buen ciudadano ya no sólo le basta con pagar impuestos y cumplir con la ley, sino que ha de encajar en los cánones ecologistas, feministas, veganos e inclusivos diseñados desde los ministerios. No tienen bastante con moldear nuestras carteras, sino que también quieren hacerlo con nuestra personalidad.

Los ciudadanos nos hemos convertido en el chivo expiatorio de todos los males del mundo, así que ha llegado el momento de que nos reprogramen para que asumamos que hemos de entregarles libertad a cambio de seguridad. El paro, la depresión y la miseria la solucionan con veganismo, comida ecológica y mascarillas al aire libre. Ni un solo céntimo invierten para solucionar los males que realmente nos acucian. Y los principales medios de comunicación participan de esta insidia a gran escala sin cuestionarse su responsabilidad en esta infamia. Le intentan convencer de que sus problemas son distintos a los que realmente sufre. Pero el meteorito está ahí arriba, como alegoría de la verdad inexorable que, antes que después, arrasará con esta absurda pantomima.

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