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Eduardo Laporte

La extraña hermandad de los maldurmientes

«Los maldurmientes necesitan que se conozca su padecer, porque así, probablemente, se sentirán menos solos»

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La extraña hermandad de los maldurmientes

Un profesor de música de Chicago llamado Michael Corke se murió de sueño. Fue a primeros de los años noventa. Empezó con los clásicos problemas con la almohada, las primeras horas en blanco, el primero comer techo (o teching) y acabó sumido en el peor desenlace posible: el insomnio familiar fatal. Llegó a ese punto tras días en que no dormía ni una hora, ni un minuto. Cero. Como el tipo de La naranja mecánica. Se volvió medio tarumba y, casi por suerte para él, acabó falleciendo. Nadie ha sobrevivido con ese trastorno más de diez meses. 

Lo cuenta David Jiménez Torres (Madrid, 1986) en su reciente El mal dormir (Libros del Asteroide) para sugestionarse de que lo suyo, con todo, no es tan malo. Lo reconoce a lo largo de estas pertinentes páginas. Sus problemas con el sueño no constituyen un trastorno severo, pero sí un «mal menor» que requiere de su difusión, que pide, incluso, una cierta empatía social. Están ahí, la extraña y casi secreta hermandad de maldurmientes, sin que reparemos en ellos. Y son legión. (Más o menos la mitad del mundo duerme mal, muy grosso modo). 

Es cierto que en algún acto en que he coincidido con el autor he podido apreciar (aunque quizá lo descubro ahora que he leído el libro) unas ojeras de más. Ahora lo saludaré de otra manera. ¿Más comprensiva? Es todo un gesto de generosidad abrirnos a esa parcela tan íntima como es la del sueño. Porque hay intimidades mayores que las del hotel dulce hotel. Las financieras. Esta del mal dormir, que no mal querer, que quizá por eso conserve la losa del tabú. Se le cuentan las horas sin pegar ojo a la pareja, al amigo, pero no al mundo

Me llamo Pepe y no duermo

Los maldurmientes necesitan que se conozca su padecer, porque así, probablemente, se sentirán menos solos, que es otra de las consecuencias de este mal sobar, como se apunta también con tino en ese jugoso ensayo. Porque incluso dormir en pareja (como hace el felizmente casado autor) no exime de esa soledad. El insomne está solo, perdiendo el tiempo y sin poder hacer nada productivo, porque las facultades en general están mermadas para otra cosa que no sea tratar de conquistar el sueño y apagar los pensamientos. Y qué siniestro sería si, al preguntar a la pareja aneja si está también está despierta a esa mala hora del demonio respondiera: «Sí».

Porque en el amor está el que duerme bien y el que duerme mal. Como el quiere más y el que quiere menos.

El mal dormir maridaría muy bien (creemos la gastronomía libresca) con otro ensayito luminoso (los buenos ensayos trascienden el tema del que hablan para hablar del ser humano todo) como es El don de la siesta, que Miguel Ángel Hernández sacó en Anagrama en 2020. Ahí se celebra el acto somnífero como una conquista del ahora. Porque, y esto lo deja caer también Jiménez Torres, el fracaso del sueño tiene algo de claudicación a la ansiedad moderna. A vivir más allá que aquí. Y de perder la partida ante la mente, esa que hay que domeñar cuando no apagar cuanto antes, como reza cualquier apologista de la meditación. «Deja la mente fuera», advertía un letrero a la entrada del templo de Osho/Bhagwan. 

He leído con placer el ensayo, pero también con cierta precaución. Mi abuelo, herido de guerra que perdió la pierna en el frente de Tolosa, siempre decía que dormía «a pierna suelta». Y lo hacía en sentido literal y figurado. Franco le ofreció un estanco como tullido nacional y lo rechazó. Quizá por eso durmió siempre tan bien. Yo duermo como un tronco quizá por una abundancia de melatonina que me ha sido dada, regalada, a través de mi generoso linaje. Gracias. 

Claro que cuando empecé la lectura de El mal dormir se despertaron unos fantasmas que a veces me visitan. ¿Y si esta noche no lograra conciliar el sueño? ¿Y si se me acabara esta dormidina natural? 

La cobra gay

«Picadura de la cobra gay, si te pica te convertes en gay», repetía un meme de los albores de YouTube. Después del visionado del documental Oírse, de David Arratibel, desarrollé un súbito tinnitus o acúfeno. Me desperté a las cuatro de la mañana con un insidioso pitido que me atormentó unos cuantos meses, casi un año. Sufrí una cierta desesperación en los primeros compases. ¿No volvería a apreciar el silencio? Qué feliz era con mi silencio. Por suerte, como se vino, se fue. Me temo que fue una criatura creada por exceso, precisamente, de empatía con los afectados por ese mal que no deseo ni a mi peor enemigo. 

Como el mal dormir. Qué afortunados los que pasamos, de momento, por la vida, con esas facultades intactas. El placer del sueño. Porque su correcta administración es clave para todas las demás actividades de la vida. Ahí está ese Cioran insomne condenado a un malestar cotidiano del que quizá se habría librado con dos horas más de sueño al día. 

¿Hay cura para el mal dormir? Ni idea. Pero me gusta pensar que tiene ver con esa conquista de la que habló un cantante italiano. La del centro de gravedad permanente. Y que ciertos trastornos en nuestras actitudes más básicas que una simple lombriz domina (p. 25) no son sino puntas del iceberg de algo que no acaba de ir bien. Atreverse a contarlo es un gran paso. Buenas noches y buena suerte. 

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