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Julia Escobar

Hablemos de Michel Houellebecq

«La expectación que despierta el escritor entre sus seguidores no es menor a la que suscita entre sus detractores»

Opinión
Hablemos de Michel Houellebecq

Michel Houellebecq.|Jack Abuin (Zuma Press)

Cada novela de Michel Houellebecq, autor que sabe dosificar sus silencios, es en sí misma una bomba de relojería. La expectación que despierta entre sus seguidores no es menor a la que suscita entre sus detractores. Una objeción que se le suele hacer es que escribe muy mal, que su francés chirría. Y no es mentira, pero es que Michel Houellebecq carece de «voluntad de estilo» y en eso reside el suyo propio. ¡Hay tantos escritores con un francés exquisito que no cuentan nada! Sin embargo, él siempre acierta y pone el dedo en la llaga. Si hubiera que titular su obra completa (tipo «La comedia humana», «Los misterios de París», etc.), yo me inclinaría por algo tan provocador como sus novelas: «Crónicas de la demolición inmediata». No hay un solo aspecto de la decadencia contemporánea que Michel Houellebecq no señale en las diferentes etapas y avatares de este proceso que él, y muchos otros, consideran imparable.

Algunos le calificarían gustosamente de escritor maldito si no fuera porque, evidentemente, no tiene voluntad de fracaso. Muy al contrario, él sabe perfectamente cuáles son los ingredientes que no deben faltar a sus guisos literarios y es fiel a su recetario. Ni una novela sin sexo: una sexualidad burda, tosca y poco excitante (¡pero es un peaje que hay que pagar para comprender la impotencia sentimental de sus personajes!), ni una novela sin serios conflictos familiares, como es habitual en la vida misma, ni una novela sin protagonistas turbios, desencantados y hartos que, a pesar de sus fracasos sentimentales, tienen profesiones poco comunes, en las que destacan de manera notable incidiendo, a su pesar, en la (i)realidad inmediata.

Era imposible que ese desbarajuste, ese precipitarse por el sumidero de la historia, que ya anunciaba mayo del 68, y corroboró varias décadas después el 11-S, no se reflejara de alguna manera en lo que se escribió posteriormente, novela o ensayo (la poesía hay que echarla de comer aparte por esa incapacidad, ya señalada por Steiner, de la poesía contemporánea para «cantar» asuntos como la llegada del hombre a la luna, el terrorismo o los inventos tecnológicos, cosa que no les pasaba a los futuristas que hacían odas al tren, al avión, etc.. Ni los escritores más exquisitos escapan a esas influencias. Otra cosa es que sepan o no compaginarla con la capacidad de detenerse y de perderse en detalles que podrían considerarse superfluos pero que, muchas veces, contienen, ellos solos, toda la tragedia del momento; no entiendo que haya que volverse ramplón o callarse porque estén pasando cosas terribles a nuestro alrededor, o mirar a otro lado y tocar simplemente el violín.

De novela en novela, Houellebecq ha sabido conciliar su principal obsesión, esto es el amor, considerado como una imposibilidad incompatible con la biología, lo que producirá la aniquilación total de la especie. Esto llevará, de generación en generación, según el personaje principal, al desinterés por el sexo, cuando no a su rechazo, producto de la sobrevaloración del deseo, por lo cual «parece concebible una extinción de la especie humana a medio plazo. Se mantendrán otros horrores, como las cucarachas y los osos, pero no se puede solucionar todo al mismo tiempo». 

Para no hablar, desde el punto de vista moral, de la decadencia de las principales religiones a favor de ciertas sectas destructivas ―que por otra parte hunden sus raíces en el pasado― pero que están conociendo un renacimiento aterrador, a través de los medios de comunicación, en particular de internet. Los luditas que en el siglo XIX lucharon en Inglaterra contra la maquinaria industrial, tenían ahora una serie de seguidores que, como explica un agente del servicio de contraespionaje ciber terrorista que dirige el protagonista, pretenden «devaluar el pasado y el presente, en provecho del porvenir, devaluar lo real en provecho de una virtualidad situada en un futuro incierto» y que son «unos síntomas del nihilismo europeo mucho más decisivos que todos los que pudo avanzar Nietzsche. Ahora habría que hablar del nihilismo occidental, incluso de nihilismo moderno, y no estoy demasiado convencido de que los países asiáticos se escapen de él a medio plazo».

Esta novela que acabo de leer de un tirón en francés (la traducción española aún no ha aparecido), de forma que todavía estoy bajo su primer impacto, está situada hipotéticamente en 2027 ―número primo, como no deja de señalar el prota― pues se van a producir elecciones generales en Francia, ya que han pasado cinco años desde la novela anterior que se desarrollaba en el 2022 en la que también había elecciones. Realismo puro.  La sociedad no ha cambiado demasiado desde entonces, en todo caso ha empeorado. El equilibrio político sigue siendo precario: el identitarismo avanza, la izquierda y la derecha se diluyen o se confunden, los pactos entre partidos son más innobles que nunca. La lucha contra el terrorismo, que utiliza ahora medios más ubicuos y escurridizos, sigue siendo prioritaria y las «ventajas sociales» señalan un avance incontenible del instinto suicida y homicida de una sociedad que no sabe cómo enfrentarse al envejecimiento de la población y a la enfermedad. Estos son los temas más novedosos de esta novela y son indisociables al planteamiento político de la misma.

El protagonista de Anéantir es nuevamente un cuarentón, edad que Michel Houellebecq ha superado ampliamente, pero que para el autor señala la decadencia del macho de la especie, y no digamos ya de la hembra. Aunque en este caso hay una variante respecto a las novelas anteriores: esta es una novela coral en la que junto al que podemos considerar el protagonista principal, aparece una entidad colectiva de gran importancia como es la familia. Dicho personaje, profesional cualificado, como todos los suyos (en esta novela, jefe de gabinete de un ministro del gobierno, en Serotonina un, ingeniero agrónomo y funcionario del Ministerio de Agricultura, en Ampliación del campo de batalla, ingeniero informático, biólogo en Las partículas elementales, profesor de Literatura y especialista en Huysmans en Sumisión, fotógrafo de arte en El mapa y el territorio), aunque muy exitoso en su profesión, se considera un fracasado desde el punto de vista que realmente acaba de descubrir que le importa y que es la clave de toda su búsqueda y de toda su añoranza: el amor y la familia. ¡Ay! demasiado tarde.

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