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Aloma Rodríguez

Olvidaditas

«A veces confundimos cuando le prestamos atención a un escritor con un descubrimiento para el mundo»

Opinión
Olvidaditas

Luna Miguel.|EP

La semana pasada, hace como un millón de años, antes de que Marina Castaño publicara su carta a Cela en el aniversario de la muerte del escritor, hubo otro asunto que nos tuvo entretenidos en las redes sociales. Tiene que ver con un prólogo a Saturnal, de Rosa Chacel, que la Fundación Telefónica edita –y puede descargarse en pdf– dentro de una colección de Pensadores del Futuro. El libro viene con dos introducciones: un prefacio de Alejandro Gándara y un prólogo de Luna Miguel. La escritora convierte el prólogo en un ejercicio de imitación –y homenaje– a Rosa Chacel: como Chacel habla de deseo, Miguel mezcla las reflexiones sobre el texto de Chacel con anotaciones sobre su propio deseo –incluyendo menciones directas al sexo de sus amantes–. Todo es un juego literario, y hay un cierto riesgo. No en el atrevimiento a escribir polla o coño, sino el riesgo que siempre está ahí cuando uno escribe de sí mismo o a partir de su experiencia: si la cosa no alcanza una cierta universalidad o no comunica algo más grande que uno mismo, el texto se interpreta como un alarde narcisista.

Stanislaw Lem –de cuyo nacimiento se cumplieron 100 años en septiembre– escribió Magnitud imaginaria, un libro que reúne cinco prólogos de libros que no existen, junto a Vacío perfecto, que reúne reseñas de libros que tampoco existen, y que así conforma la Biblioteca del siglo XXI de Lem, que abarca otros títulos, como Provocación o Golem XIV –todos frescos en Impedimenta–. En caso de que tengas la mala suerte de que te encarguen un prólogo para un libro que sí existe, el escritor Iban Zaldúa daba unos consejos en su divertidísimo Panfletario (Pepitas de Calabaza, 2021). Decía, por ejemplo, que el prólogo tiene que ser bueno, incluso muy bueno, tanto más si el libro es malo: «Como al libro le resultará imposible, que el prólogo sea al menos memorable». Recomienda no hacer spoilers y el punto cinco de la ‘Guía para prologar adecuadamente’, que es el primer capítulo del libro, dice: «El tema del texto que va a escribir es el libro que lo sigue, no usted mismo, posible autor del posible prólogo: intente no hablar de usted mismo, o no mucho, al menos». Más allá de dar tu visión del libro, Zaldúa recomienda la invisibilidad.

Juegos literarios más o menos afortunados aparte, en el texto de Luna Miguel se dice que Rosa Chacel ha quedado «olvidadita», y es una idea que se repite con respecto a otras escritoras que no solo no están olvidadas sino que forman parte del canon y han marcado y siguen marcando a lectores y escritores: de Carmen Laforet a Carmen Martín Gaite, Elena Fortún, Emilia Pardo Bazán o la propia Rosa Chacel, que, entre otras cosas, era una de las protagonistas de Varados en Río, el libro de Javier Montes sobre otros escritores que, como él, pasaron una temporada en Brasil. A veces nos pasa que creemos que cuando probamos por primera vez el sushi lo estamos haciendo para el mundo, y por eso a veces confundimos cuando le prestamos atención a un escritor con un descubrimiento para el mundo. Por fortuna o por desgracia, la suerte de los libros y los escritores es así: hay muchos y las corrientes y modas que nos llevan a dedicarle tiempo a unos y no a otros tiene algo de azaroso; los aniversarios sirven para eso también, para parar un momento la noria en la que están, sacarlos y entender todo lo que siguen diciendo. A veces, ese ‘rescate’ se produce solo en el periodismo: los lectores nunca dejaron de tenerlo presente. Es lo que sucede con Nada, por ejemplo, un verdadero long-seller desde que se publicó, y que en 2021, centenario de Carmen Laforet, aparecía en el número 72 y en el 55, respectivamente, en las listas de más vendidos de Todostuslibros y Amazon.

Me queda por explicar por qué no me gusta la abuelización de esas escritoras, pero eso lo dejo para otro día.

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