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Carlos García-Arista

El museo en las mazmorras

«La renovada colección permanente del Reina Sofía ofrece a 15-M y descolonizadores una plataforma subvencionada»

Opinión
El museo en las mazmorras

El director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Manuel Borja-Villel.|Europa Press

El gran historiador de arte británico del siglo XX Keneth Clark dividía los museos de su época en dos. Por un lado, los que surgieron de las mejores galerías privadas de los siglos XVI y XVII, como es el caso de Dresde, Múnich, Viena o El Prado, estéticamente coherentes y que fueron en origen patios de juego de coleccionistas principescos. Por otro, los museos modernos de espíritu más didáctico, formados y dirigidos por académicos, sin la certidumbre y la coherencia en el gusto de los otros, pero todavía estupendos para dar clases de arte y de historia una vez terminado el recreo.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, está en alza un tercer tipo de museo que Clark no se hubiera podido ni imaginar, el pensado para despertar conciencias. Como sus promotores son de la escuela que atribuye a la concienciación un cierto grado de sufrimiento, sienten la necesidad de preparar para los visitantes el cuarto de los ratones, o en el mejor de los casos el rincón de pensar, pero no de pensar cualquier cosa, sino lo que deben.

El Reina Sofía, el principal museo de arte contemporáneo en España, es un gran ejemplo del modelo número dos. Sin embargo, sus gestores no pierden la ocasión de demostrar su afecto por el tres, y a eso debe referirse el actual director, Manuel Borja-Villel, cuando dice que quiere dar la vuelta al museo «como a un calcetín» antes de que termine su mandato. A pesar de su aspecto de aula severa instalada en un antiguo hospital, el centro ha servido bastante bien durante mucho tiempo como patio de recreo, pero resulta significativo que para la última reforma se hayan recuperado las antiguas rejas de mazmorra del siglo XVIII.    

El recién reordenado Reina Sofía pretende ser «una reflexión sobre el arte desde finales del siglo XIX hasta los últimos compases del trumpismo y la pandemia, casi en tiempo real». Entre los temas que ganan peso en el bloque dedicado al mundo contemporáneo figuran el arte de la descolonización a partir del 92 y, en la parte más actual, «las movilizaciones del 15-M, las cuestiones de género y la transexualidad».

La nueva hornada de gestores culturales en centros de arte de todo el país va por el mismo camino. Repasando sus entrevistas recientes, la conversación gira siempre en torno al género, la raza, y el resto de mantras de lo que en inglés llaman ideología woke y que aquí esperemos no llegue a necesitar un nombre. Se trata de una ideología oscura, confusa, social y culturalmente extrema, expresada en un vocabulario marciano y profundamente alienante para el grueso de la población. Ni siquiera entre los grupos que pretende representar es mayoritaria. A mi modo de ver, si el arte tiene que contribuir a algo, debería ser a que el género, la raza y la orientación sexual pierdan relevancia, en lugar de ganarla, con respecto al pasado. Pero, con independencia de los puntos de vista, cualquiera debería sentirse frustrado de no oír a los miembros del gremio una palabra de arte.

Madrid está entre la media docena de ciudades que juegan su propia liga en cuestión de museos, y la tendencia no está ausente en ninguna. Entre lo que vi en mi primera visita al MoMA hace un par de décadas y las novedades que trajeron a la Fundación Louis Vuitton de París en 2018 hay un mundo. El que va de una vibrante colección que abraza sin recato los extremos del siglo pasado al gusto postmoderno por el despliegue público de los pecados ajenos y de la virtud propia.

¿Cómo se ha llegado a desterrar todas las demás tradiciones de pensamiento para quedarse en exclusiva con una doctrina restringida al nicho de algunos departamentos de humanidades y que, como le decían al personaje de Amanece que no es poco de su sombrero, «no le gusta a nadie»?    

La burbuja ideológica de las universidades de élite americanas tiene mucho que ver en el asunto. Desde allí se extienden los preceptos de una minoría muy exigua que, sin embargo, una vez fuera de las aulas, tiene una enorme influencia desde los medios y las instituciones. Esa minoría venera las identidades por encima de todo y concibe el pluralismo, la objetividad y hasta la ciencia como instrumentos de opresión. A veces, observando los estrechos dogmas con los que quieren embridar el arte, uno se acuerda de las guerras teológicas de la reforma y la contrarreforma en Europa sobre lo que se podía representar y lo que no, y cómo había que representarlo, tan estrictas que podían costar la bolsa y hasta la vida. Pero aún hay una diferencia importante. Entonces se produjeron grandes obras, en un bando y otro, porque el arte seguía a cargo de los artistas. Hoy los ideólogos y los comisarios han tomado el mando y estamos al borde de la iconoclastia. Peor aún, del aburrimiento.

El movimiento del 15-M no merece más atención que otros con tanto o con mucho más respaldo popular, y además para esos menesteres de representatividad ya está el parlamento, que es lo que quieren sustituir por vía sumaria. Nadie, fuera de la burbuja ideológica, se interesa por un concepto de «descolonización» que acomete la imposible tarea, por fortuna, de volver a segregar un mundo mestizo. Sin embargo, la renovada colección permanente del Reina Sofía ofrece a ambos, 15-M y descolonizadores, una plataforma subvencionada.   

El problema de las élites responde al mismo motivo que sus ventajas: se admiten pocos socios. Cuando tienen el capricho de darle a sus ideas una apariencia democrática sin riesgo de que la mayoría les lleve la contraria, necesitan una solución distinta de las urnas. El atajo de los museos actuales consiste en tratar directamente con las comunidades, asociaciones o colectivos que les gustan y confiar en la metonimia. Sin embargo, las alianzas con las identidades comprometen todo el pensamiento progresista porque lo hacen iliberal. Una vez que se renuncia al universalismo ilustrado por el relativismo cultural, preceptos tan sencillos como la igualdad ante la ley dejan de funcionar, y con ellos, el atractivo del mensaje. Queda la superioridad moral sin los principios. Lo que en términos comunes se llamaba antes hipocresía.         

No se entiende que los centros de arte hayan elegido la severidad en una época de avances sin precedentes. Que renuncien a la ironía para ser literales hasta la náusea. Que huyan del humor, el juego, el vagabundeo de la imaginación y de todo lo que exige el ser creativo. De estética ni hablo por temor a las posibles responsabilidades penales.

La primera cualificación que exigen es tener las ideas correctas y la credencial que más aprecian, el origen, como en el Antiguo Régimen. La identidad es el mensaje. No será en una sala de exposiciones donde nos enteremos de que la pobreza extrema se ha reducido casi un cuarenta por ciento en un cuarto de siglo, de que la esperanza de vida ha aumentado el doble en cien años que en los anteriores cien mil, o donde veamos lo que han crecido los matrimonios interraciales, sea en Estados Unidos o en España. Ni es allí donde nos encontraremos buenas explicaciones de la realidad, sino donde se nos introduce en el método para descubrir una capa tras otra de opresión, sin ninguna capacidad de cambio. Si la objetividad es un truco de birlibirloque, tan imposible como fraudulento, la única salida posible de los oprimidos es la lucha sin rumbo y la ampliación indefinida del campo de batalla.  

Que todos los gobiernos y poderes de cualquier signo dejen a una ideología única, radical y marginal enseñorearse de las instituciones de arte contemporáneo muestra lo escasamente que les importa. Sobre todo, lo poco que cuenta. Su influencia es nula y nadie teme a la Bauhaus feroz de nuestros días. Pero han sido sus propios guardianes los que la han privado de su fuerza, incluso la subversiva, al impedirle, a base de ideología, apelar directamente a la humanidad del público.

Un gran comediante de nuestra época en el papel de izquierdista radical advierte a sus imaginarios seguidores de que, en un espectáculo cómico, si un chiste te hace reír, es que no debe ser lo bastante progresista. Con el arte pasa hoy algo parecido. Si nos dice algo, aparte de lo que pone en el catálogo, es que no debe ser lo bastante progresista.

El gozo es un bien escaso en la creación visual contemporánea. Hay disciplinas, artistas e ideas que no encuentran suficiente sitio en los museos. Que la libertad de expresión esté mal vista en ciertos sectores de la izquierda, dentro incluso de la propia universidad, lo dice todo. Quienes aspiraron en sus mejores momentos a que el público compartiese lo que disfrutaban las élites, ahora se conforman con que no lo disfrute nadie. Como dice el título de Berlanga, nos quieren mandar a todos a la cárcel, a sensibilizarnos.

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