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Teodoro León Gross

Reforma chulísima, política chusquísima

«La ‘derogación de la reforma laboral’, uno de los grandes compromisos de la mayoría de Gobierno, es un gran éxito salvo porque no deroga la reforma laboral»

Opinión
Reforma chulísima, política chusquísima

La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz.|Europa Press

La reforma de Yolanda Díaz es la reforma de Nadia Calviño; la reforma laboral de España es la reforma laboral de Europa; la reforma laboral de la izquierda sumará por la derecha; lo firmado por los sindicatos se aleja sobre todo de los sindicatos; la patronal apoya la reforma porque apenas reforma… Esto es, en fin, un milagro de la impostura. No es raro, eso sí, que esté encallada. En definitiva, la «derogación de la reforma laboral», uno de los grandes compromisos de la mayoría de Gobierno, es un gran éxito salvo porque no deroga la reforma laboral. O sea, consiste en cumplir su promesa incumpliendo lo prometido.

Y no se puede salir de ahí sin añadir contradicciones. Tras las virtudes de la reforma laboral están los vicios de la política. El consenso se debe a que cada parte aportó no su fortaleza, sino su debilidad. Yolanda Díaz, mientras promovía su Frente Amplio, no podía permitirse un fracaso, y ha preferido el éxito del titular al éxito de reformar; los sindicatos, con piel de lobo, acudieron como corderos a sabiendas de su rol cada vez más irrelevante; y la patronal, que se temía un reformazo, se encontró con la reformilla. El problema, claro, era llevar esa carambola a tres bandas al tapete poliédrico del Congreso.

En este punto, Esquerra, el socio preferente, ha dinamitado la impostura del diálogo denunciando que la reforma va como el Rey de Hans Christian Andersen. Bildu también ha dicho que no salvo que entren los presos en la ecuación, una carga demasiado explosiva en los bajos de Moncloa. El PNV, llamado socio fiable como eufemismo de socio pragmático que siempre sabe dar con el precio adecuado, pone como condición para entrar la condición de Ciudadanos para salir. O sea, la mayoría del Gobierno no apoya al Gobierno; y la patronal también ha advertido que se salen «si se toca una coma». Como en la escena final de Reservoir Dogs inspirada por John Woo, todos se han encañonado entre sí.

La oposición tuvo su oportunidad de romper esta inercia. Casado, para ello, hubiera debido tener la lucidez de proclamar que apoyaría la reforma laboral porque en definitiva consolidaba la reforma laboral del PP más allá de algún retoque cosmético. Eso hubiera sido inteligente. Pero, claro, ¿por qué iba a ser esta vez una excepción?

Eso sí, una vez que no supo actuar con inteligencia, el PP al menos ha actuado con lógica. Difícilmente se puede apoyar una reforma cuando ni siquiera te han llamado una sola vez en meses para hacer siquiera el paripé. Es más, el Gobierno no sólo ha ninguneado al principal partido de la oposición, sino que Bolaños públicamente animó a ERC y Bildu diciendo que «votar contra esta reforma es votar a favor de la reforma del PP». «Exacto», tuiteó Casado, muy cerca del ¡Eureka! Bolaños se lo puso muy fácil al PP regalándoles la coartada. 

Rufián, en fin, ha machacado finalmente la negociación por su lado natural poniendo negro sobre blanco lo obvio: esta reforma se ha planteado como un trágala para los socios, sin ir apenas más allá de maquillar lo que se habían comprometido a derogar, de modo que no es una negociación sino un chantaje. Y esto no es el retrato catastrófico de Casado, sino la valoración del socio preferente del Gobierno. Después de eso, no further questions

El Gobierno, en definitiva, ha hecho un ejercicio consumado de eso que Pedro Sánchez ha denominado «negacionismo político» o «negacionismo de la política»: ignorar a todos los partidos, socios y rivales, excluidos de cualquier negociación. A Moncloa le ha faltado coraje para plantear un escenario resignadamente realista ante las exigencias de Europa; o le ha sobrado la soberbia de aspirar además a salir por la puerta grande. Finalmente, en el programa de contradicciones, Ciudadanos y un partido nacionalista completarán los votos de la mayoría.

Una reforma laboral aceptada por los agentes sociales merecía y merecerá una oportunidad. Claro que eso requiere altura política para ir a lo sustancial, sin quedarse en la espuma de las «cosas chulísimas». 

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