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David Mejía

Vox, o la segunda ola de indignación

«Ante la deriva del PSOE, la descomposición del centro liberal y el timorato anti-liderazgo de Pablo Casado, Vox ha encontrado la autopista ideológica despejada»

Opinión
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Vox, o la segunda ola de indignación

Juan García-Gallardo | Claudia Alba (EP)

Pablo Iglesias e Irene Montero atendieron a la prensa tras comparecer como testigos por el presunto acoso a sus hijos en los meses finales de 2019. «Contra los hijos no todo vale», declararon. Tienen razón y solo un desalmado puede sentirse indiferente ante su angustia. Una sociedad sana debería respetar la frontera entre la esfera política y la esfera privada, pero hace tiempo que los españoles marchamos en la dirección contraria. La novedad es que la política tóxica del escrache y la amenaza ya no es cosa de un solo bando.

No logro entender qué sueño de la razón llevó a tantos a ignorar algo tan previsible: que tarde o temprano emergería una facción desacomplejada de la derecha dispuesta a emplear las armas que la izquierda había puesto en circulación. Así ha sido. Podemos y sus satélites mediáticos han jugado a envenenar el ecosistema de convivencia y dinamitar sus marcos con la esperanza de reedificar una alternativa sin que la derecha musitara. Ahora descubren que la derecha no está dispuesta a ceder el solar; tiene su propio plan y pasa por enmendar no solo los mantras de la izquierda, también buena parte de los consensos logrados tras 40 años de convivencia democrática.

Ante la deriva del PSOE, la descomposición del centro liberal y el timorato anti-liderazgo de Pablo Casado, Vox ha encontrado la autopista ideológica despejada y muchos votantes necesitados de canalizar su indignación. Hay evidencia para considerar a Vox un partido ultra, pero eso no implica que todos sus votantes lo sean. Sin duda es receptivo a perfiles machistas, xenófobos y homófobos (sirva de ejemplo su cabeza de lista en Castilla y León), sin embargo, también atrae a quienes adolecen de pocas fobias pero exigen contundencia en el discurso político y gravedad en el equilibrio de la balanza cultural.

El péndulo no sabe estar quieto. El propio Iglesias, en la noche del domingo y con la mitad del voto escrutado, anunció en Twitter la llegada de la reacción. Acertaba en dos sentidos: Vox encarna una oposición a la modernidad, pero también una reacción a Podemos y a lo que representa en los planos político y cultural. Podemos nunca ocultó su desprecio al llamado régimen del 78. Tampoco ha disimulado su complicidad con quienes aún aspiran a derribarlo. Y en el fondo de su desprecio late un odio a una derecha esencializada que se ha concretado en toda suerte de bravuconadas y descréditos. En la España que envisiona no cabe la derecha, como en la España de Vox no cabe la izquierda sino como antagonista de su verdadero ser. Tantos años buscando un consenso y resulta que lo único transversal en España es la tentación totalitaria.

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