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Miguel Ángel Quintana Paz

Cómo frenar a Vox en cuatro cómodos pasos

«Rasgarse las vestiduras es muy efectista, pero no es un silogismo. Clamar al cielo es muy ostentoso, pero queda ridículo si no crees en divinidad alguna»

Opinión
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Cómo frenar a Vox en cuatro cómodos pasos

Santiago Abascal. | Jesús Hellín (Europa Press)

«Vox encarna una oposición a la modernidad». «Sin duda, es receptivo a perfiles machistas, xenófobos y homófobos». Y adolece de «una tentación totalitaria». Estas tres afirmaciones aparecían ayer mismo aquí, en THE OBJECTIVE.

No son las más deeplyconcernidas que cabe leer estos días. De hecho, su autor, David Mejía, es analista por lo general sensato. Otros periodistas y prohombres nos han prodigado una catarata de frases que rozan lo histérico: «alerta antifascista», «retorno del franquismo», «embestida contra los Derechos Humanos». Todo ello aderezado de los habituales desprecios al nivel intelectual de la comunidad autónoma donde acaba de votar a Vox hasta casi un 18%. Esa misma comunidad, Castilla y León, que obtiene excelentes resultados educativos en PISA. O que posee tantas universidades (nueve) como provincias. Esa misma comunidad, Castilla y León, donde he vivido varias décadas de mi vida, donde he debatido sobre sentencias del Tribunal Supremo estadounidense con un amigo agricultor o donde he explicado a colegas extranjeros la primera biblioteca universitaria del mundo, la de Salamanca.

Quizá será por eso, porque uno está habituado a vivir entre piedras salmantinas desde pequeñito, piedras que llevan ocho siglos oyendo argumentos racionales, que se echan en falta razones más sólidas para fundamentar tanto odio contra Vox. Rasgarse las vestiduras es muy efectista, pero no es un silogismo. Clamar al cielo es muy ostentoso, pero queda ridículo si no crees en divinidad alguna que te vaya a escuchar.

Semejantes azotitos contra Vox resultan, pues, tan endebles que un servidor, y su vocación docente, nos hemos decidido a proporcionar cuatro consejos a quien anhele de veras fustigarlo. No son, naturalmente, ninguna panacea. Con ninguna de estas sugerencias se hará desaparecer a Vox. Quizá ni siquiera se detenga su, a cuanto parece, imparable ascenso. Pero sí conceden más esperanzas de frenarlo que los chillidos que llevamos varios días oyendo.

  1. Deja de llamar «ultraderecha» a Vox

Esa palabra está ya desgastada. En primer lugar, porque desde el final de la II Guerra Mundial (o, en España, desde 1978) parece ser el único término peyorativo con que designar todo lo que no os gusta. En política, ya se ha tildado de ultraderecha a partidos como UPyD, Ciudadanos y, por supuesto, el PP. Incluso ETA, como mataba, pues también era ultraderecha. Que lo hiciera bajo consignas marxistas y anticolonialistas resultaba un detalle sin importancia.

En otros debates se rotula ya como «ultraderechista» comer carne (salvo si es de insectos). O conducir una furgoneta diésel. Naturalmente, también es muy de derechas, ultraderechista, vaya, gozar de una familia estable. Si además es numerosa, el ultraderechistómetro marcará ya valores estratosféricos. Ultraderecha son los PAUs con piscina, ultraderecha es ir a misa (si bien para esto último puedes, de modo alternativo, acudir al término «ultracatólico»). Ultraderecha es leer los libros que te gustan, sin preocuparte que la mitad de ellos los haya escrito una mujer. También es ultraderechista, claro, que ensalces a Platón, Shakespeare o Dostoievski; o, al menos, no prestarles igual atención que a Hipatia, algún cuentacuentos zulú o esa escritora de género fluido y no binario que sacan tanto en la tele (nunca me acuerdo de su nombre, pero supongo que da igual, pues en su fluidez identitaria pronto se lo cambiará).

Reconozcámoslo: el vocablo «ultraderecha» aporta ya la misma información que cuando un niño de tres años balbucea que «al nene lo le guta eto». Produce cierto rubor ver a señores ya entrados en años seguir recurriendo a tal término, como a un conjuro exorcista. Si Vox no te gusta, explica por qué; y explicar no es sinónimo de poner esta u otras etiquetas.

  • 2. Ponte a debatir con voxeros de verdad, no con la mera imagen mental que de ellos te hagas

Las discusiones de uno mismo contra un rival imaginario en tu propia cabeza tienen una gran ventaja: las ganas tú siempre. Pero cuentan también con un inconveniente grave: solo te convencen a ti. Que, para más inri, ya estabas convencido. Parca ganancia es esa.

Me temo, por tanto, que para vencer dialécticamente a Vox habrás de recurrir al mismo trabajoso método que para derrotar a cualquier otro: debatir con él de verdad. «Oh, pero ¡eso es dar voz al fascismo!». Vaya, ya has caído de nuevo en lo que te advertí que evitaras en el punto 1: las etiquetitas trasnochadas. Vuélvete a repasarlo.

  • 3. El mejor modo de criticar las soluciones de Vox es proporcionar otras (mejores) a los mismos problemas

Hace ya tres años que Vox empezó a tener una presencia institucional reseñable. Y un poquito más de tiempo desde que un servidor pronosticó, aquí mismo en THE OBJECTIVE, que tal cosa iba a ocurrir. En consecuencia, lo cierto es que a veces, por fin, sí se hallan análisis de cierto empaque sobre este partido. Son reflexiones que perciben la principal ventaja de Vox: ha sabido sacar a debate problemas que permanecían ocultos por nuestras élites (no solo políticas, también mediáticas o intelectuales). 

Por ejemplo, todas las contrariedades que acarrea la inmigración ilegal. O las injusticias contra los varones que se producen en muchas de las llamadas «leyes de género». O el maná de fondos públicos que se lleva cualquier organización que se adjetive como feminista o gay o lesbiana o trans o fluida o queer, tanto si gobierna la izquierda como si lo hace el PP. O la frialdad jurídica que hiela la discusión pública cuando lo único que se reprocha a los separatistas es que pretendan atacar nuestra Constitución, sin mencionar el detalle de que quieran destruir la nación española. O el mero acatamiento que se hace en nuestro país de todo cuanto venga «de Europa» porque viene «de Europa» y ya nos dijo Ortega y Gasset que Europa era «la» solución.

Ahora bien, una vez identificados los problemas que Vox saca a la luz, es mala estrategia considerarlos cuestiones menores, prescindibles. El mero hecho de que Vox esté triunfando al hablar de ellas es la prueba de que acabaron ya los tiempos en que podían silenciarse. Nunca volveremos a los años 90. Ni siquiera a 2015.

El tiempo, además, juega a la contra de esta estrategia silenciadora. Sabido es que el tramo de edad en que Vox logra mejores resultados es el de los más jóvenes. Y a un joven no le convencerás de que se calle cuando se queja de las homilías feministas que le han endilgado en clase. O de que acepte lo que PP y PSOE llevan dando por supuesto durante décadas: que si eres joven español estarás en paro o serás precario en mucha mayor proporción que en cualquier otro país europeo. Tampoco, por cierto, le convencerás ya de que llevar una bandera nacional en Eslovenia o Lituania es normal, pero en España es «facha» (véase, de nuevo, el punto 1).

Fallida pues la estrategia del acallar estos problemas y fumarse un puro (como gustaba de hacer Rajoy), solo queda la alternativa de proponerles una solución y, luego, fumarse un puro si se quiere también (como gusta de hacer Abascal). Naturalmente, como a ti no te complace Vox, tus propuestas habrán de ser diferentes a las suyas. Pero has de darlas. Pasaron ya los tiempos del perro del hortelano, que ni solucionaba ni dejaba solucionar. Dicen que el populismo es dar soluciones fáciles a problemas complejos. Muy bien, pues sugiere tú soluciones complejas a esos problemas complejos. Pero no olvides que “más complejo” no es siempre sinónimo de “más verdadero” (Guillermo de Occam, de hecho, tenía ideas controvertidas sobre esto; y si quieres denigrarlo solo porque “como era medieval, seguro que era facha”, torna, por favor, al punto 1).

  • 4. No mientas sobre Vox

Lo reconozco: los tres pasos que he descrito acarrean ciertos esfuerzos. Me he tomado la libertad de sugerirte que, para frenar a Vox, debes elaborar críticas que vayan más allá de un dicterio; debes ponerte a debatir con ellos; debes incluso idear soluciones a problemas. Comprendo que te sientas aun tanto agobiado ante tanto trabajo por acometer. Era más fácil actuar como actúan todos los demás.

También este cuarto y último consejo que te ofrezco te supondrá cierto esmero. Sé que es sencillo lanzar el bulo de que Vox dice cosas disparatadas: ¡queda, luego, uno tan razonable cuando les replica! En la televisión regional de Castilla y León discutían el lunes mismo contra la (falsa) idea de que Vox quiera sacarnos de la Unión Europea. En un reportaje de TV3, una votante de este mismo partido reconocía que le costaba hacerlo «porque Vox quiere discriminarnos a las mujeres». Todavía hoy, cuando el poco ario Ignacio Garriga capitanea con éxito la sección catalana de esta formación, se escuchan voces que la tildan de racista.

Las mentiras son muy fáciles, pero tienen un inconveniente enorme si de veras quieres combatir a Vox: la gente a veces va y se entera de lo que Vox defiende de verdad, percibe que no tiene nada que ver con lo que mentiste, les gusta, y entonces no solo les vota, sino que deja de confiar en ti (periodista, actor, político, intelectual) para siempre. Ni siquiera te hará ya caso cuando te quejes de que no te hacen caso.

Dice el libro de los Proverbios que el Señor aborrece a los de labios mentirosos; y en eso se parece Dios a mucha gente. Abstente, pues, de engañar sobre Vox: cuenta sus propuestas del modo más fiel posible. ¿De qué tienes miedo, si son propuestas que te parecen netamente erradas? Cuanto más precisas las dibujes, más clara quedará su fealdad. Y tú serás apreciado como pintor fidedigno. Todos saldremos ganando. Incluido yo que, por haberte ayudado con estos consejos sencillos, me sentiré bien satisfecho.

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