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Benito Arruñada

La voz de Ayuso y la lealtad de Hirschman

«Nuestros partidos son incapaces de asumir una discusión interna que les permita controlar a sus líderes y corregir su rumbo. Por eso suelen acabar naufragando»

Opinión
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La voz de Ayuso y la lealtad de Hirschman

Isabel Díaz Ayuso, durante la rueda de prensa en la que denunció el supuesto espionaje de la dirección del PP. | EP

Curtido en mil batallas y desengaños, Albert O. Hirschman, judío converso de origen alemán, brigadista en España en el verano del 36, publicó en 1970 Salida, voz y lealtad (Exit, Voice and Loyalty). El libro ilumina la crisis del Partido Popular (PP), pues promete dar respuesta al «declive de empresas, organizaciones y estados».

Los miembros de cualquier grupo humano que sean conscientes de su deterioro pueden o bien irse o bien luchar para cambiar su destino: votar con los pies o expresar su descontento. Ambas opciones están moderadas por la «lealtad», pero se trata de una lealtad institucional, la que se debe al grupo o, si se quiere, a «la causa». Cuanto mayor sea el coste incurrido para formar parte del grupo, más influye la lealtad. Además, a mayor lealtad, mayor es el coste psicológico de salir; y más tiempo tarda en aparecer la desafección. Sin embargo, ésta explota muy rápido cuando el declive se intensifica, como ocurrió en Ciudadanos y Podemos, y como puede ocurrir en el PP si se confirmase su caída en intención de voto.

Para Hirschman, el clima ideal para el éxito y la supervivencia de todo grupo es aquel en el que se dan dos condiciones. Por un lado, si cuando los individuos están insatisfechos, muestran cierto grado de lealtad pero no una lealtad absoluta. Además, por otro lado, si la salida es posible pero no fácil, de modo que, en vez de irse, luchen por llevar el grupo al buen camino.

Erramos doblemente: elegimos malos líderes y les damos demasiado poder

Este argumento es aplicable a nuestros partidos, pues tenemos leyes que son poco eficaces a la hora de proteger la discusión dentro de los partidos; y que, sobre todo, consagran un sistema de listas cerradas que concentra el poder en manos de unas direcciones presidencialistas. Más aún cuando se considera que, como muestran las encuestas, los propios votantes prefieren, de hecho, líderes mediocres, lo que genera una autoselección negativa. Erramos doblemente: elegimos malos líderes y les damos demasiado poder. Por si fuera poco, para muchos cuadros la salida es imposible, debido a su dependencia económica, a lo mal visto que está el transfuguismo y a las barreras que existen para crear nuevos partidos.

En tales condiciones, la discusión interna brilla por su ausencia. Casi nadie dice la verdad y quien lo hace sufre el ostracismo. Como consecuencia, el cambio es exógeno. En el mejor de los casos, requiere reemplazar la dirección. En el peor, lleva a la desaparición del grupo.

Lealtades mal entendidas

La actual crisis del PP encaja en el argumento. De entrada, ha puesto de relieve lo mucho que se valora la lealtad y cómo la suelen entender los que mandan: como lealtad personal hacia ellos, no hacia la institución, y, por consiguiente, unida a un deber de aceptar pasivamente sus decisiones.

El argumento de Hirschman pone de relieve el error que cometen porque, además de subrayar que la lealtad valiosa para el grupo es la institucional, también revela sus limitaciones: con una lealtad absoluta no habría voz disidente alguna, sino que los miembros sufrirían en silencio el declive y la muerte del grupo.

Abunda entonces la «lealtad inconsciente» que mantiene al individuo en total acuerdo con el líder y, por tanto, en silencio sepulcral incluso cuando este lleva al grupo hacia su extinción. Recuerden lo sucedido a Ciudadanos con Rivera y Arrimadas, o a Podemos con Iglesias. Está por ver si la historia también se repite con el PSOE de Sánchez.

El excepcional liderazgo de Ayuso

El caso de la Sra. Ayuso es anómalo. Es sabido que, en nuestros partidos operan mecanismos perversos de selección: se elige a los más fieles entre los que cumplen un mínimo de requisitos que los hagan presentables al votante, en consonancia con el hecho que éste, a su vez, desprecia la competencia de los candidatos.

La elección de Ayuso como candidata para presidir la Comunidad de Madrid parece haber obedecido a la peculiar circunstancia de que, dadas las pobres expectativas de éxito, muchos otros candidatos rechazaron la oferta de presentarse. Este carácter de candidato suplente ha tenido notables consecuencias. Por un lado, quienes la eligieron la subestiman y se creen merecedores de un mayor grado de lealtad personal, quizá la única que conocen, en y que toma la forma de sumisión absoluta y silenciosa.

Ayuso ha sido la única que, ante el covid, en vez de dejarse superar y hacer seguidismo de la situación, ha ejercido algún tipo de liderazgo

Por otro, la candidata, libre de la habitual selección adversa, ha demostrado estar dotada de unas condiciones inesperadamente buenas, tales que la han convertido en la única política española activa con carisma a escala nacional y con reconocimiento a escala internacional. Ha sido la única que, ante el covid, en vez de dejarse superar y hacer seguidismo de la situación, ha ejercido algún tipo de liderazgo, como demuestra el que incluso sus iniciativas más criticadas hayan sido seguidas más tarde por los demás gobiernos.

Estos dos factores ayudan a explicar no sólo su divorcio de la actual dirección sino la doble novedad de que una líder de derechas conecte con el votante medio y suscite un hondo rechazo, quizá de origen clasista, en los ambientes convencionales tanto de la izquierda como de la derecha. Es una anomalía determinada por un azar harto improbable, pero esencial porque le permite hablar con hechos, lo que reduce notablemente su coste de salida.

La silenciosa «voz» del éxito

Ante el declive del PP, puesto ya de manifiesto con su hundimiento en las elecciones catalanas de hace un año y atribuible en gran medida a la interferencia de su presidente nacional, Ayuso permaneció en silencio; pero su éxito electoral de mayo fue bien elocuente. La dirección del PP, con sus maniobras, no buscaba silenciar su voz, sino sus hechos, amén de encarecer su eventual salida.

De momento, ha logrado que Ayuso empiece a hablar; y el PP debería felicitarse por ello porque es el primer paso para corregir su rumbo. Está claro que Ayuso habla desde una posición de fuerza: está en condiciones, ya no de salir, sino de escindirse. También está claro que la actual dirección no está en condiciones de escuchar. La única duda es si lo estará la dirección futura: con las componendas al uso, sería fácil que, incluso si tuviera voluntad, el ruido se volviera ensordecedor.

Para votantes y ciudadanos, también es dudoso cuál sería la mejor solución. Para discernir si la crisis del PP es realmente de las que Hirschman consideraría «remediables», la clave podría residir en cuántos de sus cuadros son hoy caseros, carromeros o cayetanas, a los que, si quieren ser maniqueos, cabría simplificar como arribistas y creyentes. Si, para hacer viable el grupo, se requiere una depuración de los primeros, quizá la única solución es una escisión, pues les permitiría construirlo desde cero, en vez de arrancar con tanto lastre de arribistas.

El ejemplo de Hirschman

También caben otras salidas, y la vida de Hirschman dice mucho al respecto, pues, ante la tiranía, siempre tuvo claro a quién y a qué debía su lealtad, incluso cuando el coste de salida era elevado y le llevaba a comprometerse con ejércitos ajenos. Tras ser herido leve en el frente de Aragón luchando con el POUM, una lucha sangrienta de la que nunca quiso hablar, abandona España al final de octubre de 1936, decepcionado con los métodos de los comunistas, quienes unos meses más tarde acabarían masacrando al trotskismo de Cataluña. Sin embargo, tras graduarse en Trieste, ayuda a escapar de Marsella a cientos de refugiados, entre ellos Marc Chagall, Max Ernst, André Breton y Hannah Arendt; huye de Francia cruzando España y Portugal; y, lo más útil para nuestra cuestión, se alista voluntario en los ejércitos de Francia y Estados Unidos.

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