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Juan Carlos Laviana

Ni con Ayuso ni con Casado

«El caso Ayuso versus Casado, o Casado versus Ayuso, ha dejado al descubierto más defectos que virtudes de nuestros periodistas»

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Ni con Ayuso ni con Casado

El presidente del Partido Popular, Pablo Casado. | EP

El caso Ayuso versus Casado, o Casado versus Ayuso –depende cómo se mire-, ha dejado al descubierto más defectos que virtudes de nuestros periodistas. Se han dividido entre ayusistas y casadistas, como a principios de siglo XX se dividieron entre germanófilos y anglófilos o en la Restauración entre canovistas y sagastistas. No ha habido momento crítico de la historia de nuestro país –tan dado a las divisiones- en que nuestros periodistas no se hayan apresurado a tomar postura por una causa o por un líder. Hasta en lo deportivo tenemos periodistas cholistas, mourinhistas o guardiolistas.

El periodista de hoy en día es un periodista convencido, un periodista de certezas, un periodista que no se permite bajo ningún concepto la duda. Basta leer columnas, análisis, o incluso informaciones para saber de qué lado está el autor, qué partido ha tomado. No digamos ya los títulos de portadas y homes, las homilías de las estrellas de la radio y la televisión, las fulminantes aseveraciones de los tertulianos.

Hasta los medios proclives a otros partidos, a los que poco les tendría que importar quién gana o pierde en la riña en el PP, se han mostrado partidarios de uno u otra perdiendo la oportunidad de observar el conflicto desde la privilegiada visión de la distancia. Y lo han hecho no por un criterio de simpatía, sino decantándose por el líder que más favorezca los intereses de sus propias posiciones a izquierda y derecha de los contendientes, por el que más debilitaría al contrincante, por el más fácil de ganar.

Graham Greene, con su inevitable guiño católico, definía al periodista como «apóstol de la duda». La duda, como el método socrático en lo académico, es un método de alcanzar la verdad, preguntándose, cuestionándose todo para, al menos, acercarse sin prejuicios a la realidad.

La proliferación de signos de interrogación en nuestras portadas podría llevarnos a engaño. No, los medios no son más neutros por los recurrentes titulares/pregunta. En realidad, son solo titulares/trampa, con la única pretensión de que el lector pique/clique y se vea obligado a buscar una respuesta, la mayoría de las veces decepcionante, en el cuerpo de la noticia. Un titular/trampa muy reciente, sin interrogantes pero con la misma intención, anunciaba: «La madre de Urdangarin habla por primera vez». Es verdad, hablaba, pero lo único que decía más abajo era: «Como comprenderán no voy a hacer ningún comentario».

Muchos periodistas, demasiados, han tomado partido en la disputa Ayuso vs. Casado. No solo en sus propios medios, sino también en las redes sociales, donde no proliferan precisamente los caballeros de los que hablaba el por otra parte poco ejemplar Lord Northcliffe. El legendario fundador del Daily Mail sostenía que «un periodista no puede decir como periodista lo que no puede decir como caballero». Olvidan con frecuencia nuestros informadores que aireando sus posiciones personales están contaminando al medio al que se deben.

¿A qué viene esa apremiante necesidad de tomar partido? No ya en los editoriales, que para eso están, sino en cada línea impresa, ya sea de opinión o de información. ¿No basta con exponer los argumentos de los contendientes? ¿Dónde queda aquello de que el periodista debe exponer fríamente los datos para que el lector saque sus propias conclusiones?

Buena parte de los periodistas digitales, azuzados por la prisa, por la imperiosa búsqueda de audiencia, por la impresión de que la letra en la muy líquida pantalla táctil es más sufrida que en el adusto papel, no tiene ningún recato en pronunciarse.  Lo malo es que el engolado papel ya se ha contaminado de los métodos de sus competidores en la web.

Basta ver algunos pronunciamientos en los últimos días de periodistas de un lado y otro del cuadrilátero: «Todavía hay quien tiene el cinismo y desvergüenza de defender a esta señora», «Ayuso respaldada por Cifuentes, Cayetana y Toni Cantó. No hay más que decir», «Quizá ya se haya dado cuenta Pablo Casado de que disparar a su mejor soldado es hacerlo sobre su propia sien», «Yo voy con Pablo Casado, os aviso».

Las viejas críticas a la prensa del satírico Karl Kraus cobran una inusitada actualidad. Arremetía el escritor austriaco contra los periodistas de su época «por tener, a pesar de sus pretensiones, una mayor tendencia a socavar la democracia que a protegerla». Y advertía del peligro: «Los demagogos obtienen su poder del hecho de que la gente, alimentada por una descarga constante de simplificaciones, solo puede entender simplificaciones y no quiere leer ni escuchar nada más».

Tal vez debiéramos seguir el método de Chesterton. Así explicaba su éxito como articulista el escritor inglés. «Escribía una columna para un periódico liberal; y luego otra para un semanario católico. En el último instante, las intercambiaba. Así conseguía sorprender a los dos públicos, que se topaban con algo inesperado».

En el periodismo español cada vez es más infrecuente la sorpresa. Antes de leer un artículo, ya sabemos de qué parte está. ¿Para cuando el hashtag #YoniconAyusoniconCasado?

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