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Teodoro León Gross

La hora de la grandeza para el PP 

«El PP hará bien en entender que es la hora de tener cierta grandeza. La cotización de la marca está muy tocada»

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La hora de la grandeza para el PP 

Alberto Núñez Feijóo | Álvaro Ballesteros (EP)

Hoy el PP certificará la salida en diferido de Pablo Casado pactada con los barones. Hay mucha teoría sobre el error de cambiar de caballo en mitad de la carrera y mucha literatura sobre las dos derrotas de un candidato para hacerse inquilino de la Moncloa. Salvo la excepción a la regla, a la tercera fue la vencida para Felipe tras perder en 1977 y 1979, para Aznar tras 1989 y 1993, para Rajoy tras 2004 y 2008, para Sánchez tras 2015 y 2016… y era la idea de Casado que llevaba meses rumiando tras 2019 y 2019 bis. La mayoría de encuestas  –eso que Moncloa ha bautizado «la derecha demoscópica» para compensar la malversación de Tezanos como ariete electoral del PSOE con fondos públicos– apuntaban a la mayoría de la derecha a tiro de los 175. A pesar de todo, el PP ha dinamitado la lógica en un descalzaperros de torpezas y traiciones, engaños y trampas, bajo la sombra de la venalidad y la información confidencial por cauces ilegales.

¿Y después de todo esto?

El PP hará bien en entender que es la hora de tener cierta grandeza, haciendo de la necesidad virtud. La cotización de la marca está muy tocada. La elección de Feijoo es en muchos sentidos un ajuste de cuentas. Él se borró cuando Rajoy no le dio el dedazo que antes sí tuvo Aznar de Fraga y él mismo de Aznar, algo de lo que quizá han tenido tiempo para arrepentirse. Las primarias son un procedimiento democrático, pero también terreno abonado para los cimarrones más curtidos que se mueven en las trincheras orgánicas con un cuchillo entre los dientes. Los egeas, los pedros y susanas, el mismo Abascal o la élite podemita: todos vienen de esa cantera. Y ahora en el PP van a tener que moverse entre líneas, ante un congreso extraordinario. Feijóo es un tipo respetado pero a la vez poco conocido y a ver cómo manejan unos y otros el itinerario de interinidad hasta el 3 de abril. Ya han tenido ocasión de comprobar aquello sobre lo que advertía Shakespeare en Noche de Reyes: «A algunos la grandeza les viene grande». Se puede traer de fábrica o aprenderla, pero también ser incapaz de adquirirla.

El clima político lleno de ruido y furia, por mantener la clave shakespeareana, es proclive a la irracionalidad sin escrúpulos. Sánchez despachó la despedida de Casado con un «le deseo lo mejor en lo personal» antes de lanzarse a las adversativas sin concederle siquiera los 10 segundos del marqués de Queensberry. Entre lastras y rufianes, el ruido exterior no va a ayudar; y entretanto las tentaciones irán aflorando estas próximas semanas en el PP entre quienes ven escaparse su oportunidad, cuando ya se veían en el poder, y otros que aspirarán a subirse al tren aun sin billete; todo muy «¡cuerpo a tierra, que vienen los nuestros». El PP va a necesitar que ahí, sin nadie al timón, aflore cierta grandeza para tirar de todo esto y encajarlo. Como a menudo advirtieron los moralistas clásicos, la grandeza nunca necesita la humillación de otros. Se es más grande engrandeciendo a quienes te acompañan, no empeñeciéndolos. Ese fue uno de los errores de García Egea. El miedo al protagonismo de Ayuso fue un error de mediocridad.

No es fácil salir del suicidio asistido del líder, obligado a beber la cicuta de la dimisión por dictado de sus barones. La salida de Casado en San Jerónimo, con solo tres fieles unos pasos detrás de él, es algo más que un retrato inclemente de la soledad del poder. Pudo ser presidente –en realidad cualquiera, como aclaró Zapatero–  y se entenderá su resentimiento. No será fácil, pero el PP necesita recuperar confianza, como le sucedió al PSOE tras el comité federal de los cuchillos largos, y también altura. La debilidad de Casado y Egea ya no necesita más exégesis, después de ser víctimas no de la presión de Vox o de Sánchez, sino de su propio temor a Ayuso. Ella, con Miguel Ángel Rodríguez, les dio mate en tres movimientos. Ahí queda la imagen de la presidenta madrileña en el Wanda Metripolitano viendo al Atleti con el United mientras los barones porfiaban para amortiguar el desplome. Más vale que todos pongan luces largas y piensen en avanzar; pensando, al modo kennedyano, no qué podrá hacer el partido por ellos, sino ellos por el partido. Hoy es la primera cita para dar la talla.

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