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Josu de Miguel

Esplendor y miseria del realismo político

«El realismo político tiene ventajas más allá de la cháchara tertuliana: permite observar la degradación de las democracias y la penetración de tesis autoritarias»

Opinión
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Esplendor y miseria del realismo político

El exvicepresidente Pablo Iglesias. | EP

Por fin llegó la guerra a centroeuropa. Durante los últimos años y meses, de un modo parecido a lo que ocurrió con la I Guerra Mundial, líderes -en especial Putin– y medios de comunicación han atraído con un anormal despliegue de la razón de Estado el espíritu belicista. La guerra de Ucrania sería consecuencia de una serie de factores que todo buen comentarista -desde un usuario anónimo en Twitter al coronel Baños- tiene la necesidad de explicar: la batalla por la energía y los recursos, la seguridad individual y colectiva, el nacionalismo exacerbado de quien se cree en posición legítima para invadir un país vecino.

Pero no, no hablaré de la guerra en Ucrania. Más allá del repudio del belicismo ofensivo, que dicen ahora, no tengo autoridad ninguna para opinar sobre el error o el acierto de una decisión u otra atendiendo a la lógica de las relaciones internacionales. Deben existir buenos expertos y estudiosos en ese ámbito, pero lamentablemente no se encuentran en nuestra opinión pública: disponemos de un ejército de comentaristas de una baratura intelectual vergonzante, entre los que menudean intérpretes que explican la reacción de Putin y el destino cruel de Ucrania -una nación libre y soberana- de acuerdo con la doctrina del realismo político.

Desde que se repolitizó el mundo hace una década el realismo domina nuestras pantallas (redes sociales, medios digitales y televisión). En mi adolescencia íbamos a un bar en mi pueblo donde las partidas al Risk, ese juego de mesa que te permitía ir ganando guerras y territorios echando los dados, duraban toda la noche. Se cerraba la persiana y si uno volvía a mitad de mañana, veía a los jugadores, somnolientos y tomando café, enfrascados en la batalla por conquistar una parte de África o Asia. Así se explica a los españoles hoy la guerra en Ucrania o la batalla en el PP: una ofensiva descarnada por el poder más allá de cualquier planteamiento jurídico o ético.

El realismo tiene grandes y buenos maestros: Tucídides, Maquiavelo o Hobbes en épocas pretéritas; E.H. Carr, Hans Morgenthau o Carl Schmitt en tiempos más recientes. Consiste en explicar -en este caso en el ámbito internacional- las relaciones entre naciones de acuerdo con la ley histórica del interés: es decir, los Estados se moverían en la política exterior atendiendo a la razón lógica del aumento de su poder. La paz encontraría su lugar a través de complejos equilibrios una vez la adquisición o pérdida de ese poder ha satisfecho los objetivos económicos o de seguridad de uno o varios países, al margen de la naturaleza de su modelo constitucional o de la legitimidad de los intereses enarbolados.

La opción por el realismo tiene su explicación: en un mundo cercano a la escasez, cualquiera puede sumar dos más dos y echar la cuenta de la geoestrategia para explicar, por ejemplo, la reacción de Putin, asediado por el atlantismo insolente. Por otro lado, con el canon imperante del populismo es normal que el realismo sirva no solo para expresar, sino para justificar, cualquier acción en el ámbito exterior o propiamente doméstico. El populismo exige la vuelta de la política al primer plano de la vida, más allá de las reglas jurídicas que pretendan regular los comportamientos y la hibris que suele caracterizarlos. El giro espacial o spatial turn en las ciencias sociales -que a comienzos del siglo XX sirvió para insuflar, por ejemplo, el posterior expansionismo alemán- tampoco parece ajeno al ambiente iliberal que se está generando contra la globalización.

Durante la invasión de Estados Unidos de Afganistán en 2001 o Iraq en 2003, la opinión pública invocaba mayormente el derecho internacional o las resoluciones de Naciones Unidas para oponerse. Obsérvese que esta apelación normativa ha desaparecido de nuestra conversación pública, que hoy en día discute más sobre el poder y sus arcanos que sobre la democracia. El valor del derecho y la moralización que implica su formulación y consolidación -la sociedad internacional jurídicamente organizada como mejora civilizatoria- ha ido desvaneciéndose poco a poco en beneficio de una fuerza normativa de los hechos que no solo describe, sino que también prescribe las relaciones entre los distintos actores políticos.

Referida sola al ámbito exterior, esta postura me parece hipócrita: ¿querríamos que el realismo regulara también la vida interna de los Estados en su totalidad? Seguramente no: en tal caso discutiríamos la legalidad de las decisiones con unos parámetros jurídicos determinados. ¿Estamos dispuestos a aplicar la geoestrategia rampante al procés catalán? Probablemente tampoco. Bien mirado, sin embargo, el realismo tiene ventajas más allá de lo explicativo y la cháchara tertuliana: nos permite observar con cierta nitidez la degradación de algunas democracias y el nivel de penetración de las tesis autoritarias en partidos y órganos del Estado. Degradación que se extendería a un nuevo derecho internacional reconstruido en torno a protectorados y nuevos imperios regidos por la ley del más fuerte.

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