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Pilar Cernuda

El peor Gobierno para el peor momento

«Ojalá Pedro Sánchez rompa su palabra una vez más y convoque elecciones, así por lo menos podemos soñar con la posibilidad de que le llegue pronto el relevo»

Opinión
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El peor Gobierno para el peor momento

Huelga de transportistas. | Álex Cámara (NurPhoto)

Hace tiempo que se acuñó esa frase en España, pero nunca es tan aplicable como ahora, con una amenaza de guerra mundial y una crisis económica desaforada que difícilmente el equipo de Moncloa, el equipo de Sánchez, podrá sofocar.

Pedro Sánchez no tenía ninguna experiencia de gestión cuando llegó al Gobierno, esgrimía un dudoso título de doctor en economía que desde luego no ha utilizado para emprender políticas que demostraran que merecía el doctorado; la mayor parte de su Gobierno no tiene ni idea de los asuntos relacionados con sus respectivos departamentos y se nota y, encima, algunos de sus ministros han aprendido las peores artes del presidente y no han dudado en sumarse a esa irritante y vergonzosa manía de mentir sin que se les mueva un músculo de la cara, tomarse la política de transparencia a título de inventario y considerar el dinero público como algo que se puede utilizar para promocionarse política y personalmente.

Hasta el ministro Albares, que empezó con buen cartel y al menos conocía el Ministerio de Exteriores, porque es diplomático y se ha preparado convenientemente, queda ya contaminado al convertirse en un engañador más, como ha hecho con el cambio de posición respecto a Marruecos y el Sáhara. Dice que no es tal cambio, sino que España mantiene la postura de siempre. ¿Hasta cuándo van a seguir mintiendo? La ONU y Bruselas han advertido al Gobierno de que no olvide que cualquier decisión respecto al Sahara debe respetar las resoluciones de la ONU; advertencia innecesaria si no hubieran visto novedades en lo que defiende ahora España y lo que defendía el Gobierno hasta que Sánchez envió la famosa carta al rey de Marruecos.

Este PSOE, y hay que insistir en lo de «este» porque en la historia reciente del PSOE encontramos personajes de gran categoría, no solo comete errores que dejan a España bajo las patas de los caballos internacionalmente hablando, sino que lo que más indigna, por no decir cabrea, es que toma a los españoles por idiotas. Como si no supieran nada de nada, como si fueran analfabetos funcionales. Que alguno habrá, seguro, pero los españoles conocen, por lo menos, la trastienda de sus sectores. La gente del campo sabe de cifras, de costes y de capacidad de producción; sabe de precios en los países extranjeros, y también lo que cobran los intermediarios. Sabe sumar y restar. Como sabe qué medidas puede tomar el Gobierno para paliar la pesadilla que están viviendo y cuáles no puede tomar sin el visto bueno de Bruselas.

Sánchez empezó a ver que las cosas se torcían cuando más seguro estaba de que no había nada ni nadie que se le pusiera por delante. En un mes cambió totalmente el panorama. Se encuentra con que su principal adversario ya no es Casado, sino Feijóo, lo que cambia mucho la cosa; se inicia una guerra en Europa alarmante y dramática como todas las guerras, de consecuencias imprevisibles; hay reuniones importantes entre los dirigentes europeos a las que no es invitado y, si no fueran suficientes problemas, a la mayúscula crisis energética que arrastrábamos desde verano y que ha dejado a las familias temblando con los recibos de la luz se suma ahora que esa crisis se agudiza porque peligra el suministro de gas, los carburantes se ponen por las nubes y el sector primario no puede sobrevivir con los nuevos costes.

La consecuencia inmediata ha sido una escena que los españoles que no vivieron la posguerra pensaban que jamás conocerían si no fuera por las películas y la televisión: supermercados con estanterías semivacías -y más que se vaciarán- y pequeños negocios de alimentación que cierran por falta de mercancía, y así seguirán hasta que finalicen las huelgas de transporte y las flotas pesqueras puedan hacerse a la mar sin que eso suponga pérdidas en sus menguadas economías.

Otros países de nuestro entorno sufren la misma o parecida situación. Pero cuentan con una ventaja sobre España: Gobiernos sólidos, con presidentes que se toman en serio sus responsabilidades, con prestigio internacional y a los que se considera personas de fiar. Desgraciadamente, la fama de Sánchez y su facilidad para mentir ha traspasado fronteras.

Esa capacidad de engaño solo tiene una lectura positiva: que no hay por qué creerle cuando asegura que no piensa convocar elecciones antes de que finalice la legislatura. Ojalá rompa su palabra una vez más, así por lo menos podemos soñar con la posibilidad de que a este presidente, el peor presidente de la democracia, le llegue pronto la hora del relevo.

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