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Ignacio Vidal-Folch

Ante tó, ¡respeto!

«En las redes sociales se ve claramente que la pasión dominante en nuestra sociedad es el desprecio al otro»

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Ante tó, ¡respeto!

Ion Aramendi. | Europa Press

Se atribuye a Churchill la frase: «El mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio». En realidad, él no dijo eso nunca, pero como era un hombre ingenioso se le solía atribuir toda clase de axiomas, sentencias y aforismos, como en España se hacía, antes de la guerra, con Valle-Inclán.

Esta frase se cita reiteradamente porque expone lo que, aunque de boquilla nos consideramos todos demócratas, pensamos en el fondo: que la mayoría de la gente, el vulgo, el «votante medio» está intelectualmente limitado, y que es un flagrante abuso que el voto de cualquiera valga tanto como el de uno. En realidad, todos –bueno: casi todos— estamos de acuerdo con la boutade de Borges: «La democracia es un abuso de la estadística».

En este mundo nuestro de la democracia total, que es el de la información total y las redes sociales, en las que cualquiera puede participar enmascarado tras un pseudónimo, se ve claramente que la pasión dominante en nuestra sociedad es el desprecio al otro. El respeto ha desaparecido. Es la sociedad del desprecio. En cuanto puedes insultar, no te cortas. Es la sociedad del desprecio, de la ausencia total de respeto al prójimo.

Debe ser por eso que el respeto –que es una suspensión del juicio crítico inmediato, dar al otro una oportunidad de expresarse o de defender sus ideas o sus prácticas- sea un valor muy reclamado, muy exigido. Hasta los raperos en sus raps proclaman «ante tó, respeto»: ante «tó», respetar el trabajo, el gusto, la forma de vestir o de hablar del otro.

En la carta del presidente del Gobierno al rey de Marruecos se dice que para evitar futuras crisis los dos reinos deben construir una nueva relación basada en «…el respeto mutuo y el respeto a los acuerdos firmados por ambas partes».

Eso está bien. El respeto, ante tó.  En los debates ideológicos, los participantes bien educados suelen empezar con esta salvedad: «Yo respeto la opinión del señor Fulano, pero…». Y a renglón seguido puede ya venir el aluvión de los desacuerdos, de la argumentación extremadamente contraria. «Con todos los respetos, se equivoca usted de medio a medio».

A Ion Aramendi, el popular presentador televisivo de El cazador, le han hecho una buena oferta y ha cambiado de cadena. A partir de ahora presentará Supervivientes. Y dice Ion que comprenden que muchos espectadores no entiendan ese cambio, pero les pide «ante todo, respeto» por la decisión que ha tomado (desde aquí le digo que el mío lo tiene, pues me da igual si trabaja en El Cazador o en Supervivientes).

En algunos campos de fútbol, que constituyen otro de los escenarios de la democracia total, menudean, por lo que he visto, los carteles con esta única palabra: «RESPECT», recordando a los hinchas que tiene que haber límites en el hostigamiento al adversario, límites por ejemplo en la expresión de prejuicios racistas que con cierta frecuencia tienen que sufrir los jugadores de raza negra.

El respeto es lo contrario del abuso, de ese desprecio hacia el débil, del que, mientras se eterniza la crisis, cada vez más colectivos se sienten víctimas. En Barcelona se ponen en huelga los maestros y veo en el cartel de sus reivindicaciones que «¡los maestros dicen basta!». Y ese «basta» se articula en cuatro puntos: basta de recortes, basta de falta de inversión, basta de temporalidad (o sea de precariedad contractual) y, cuarto y último punto, «basta de desprecio», o sea: ¡más respeto! En Madrid, dicen los titulares que «el campo unido toma el centro de Madrid para reivindicar Respeto y Futuro».

Da la impresión de que el «respeto», como antes el «honor» o la «dignidad», es un valor a la baja, llamado a desaparecer, y que la gente no se resigna fácilmente a perderlo.

El doctor Evil, el genio del mal de las divertidas películas de Austin Powers, instalado ante el botón rojo que, si lo pulsa, provocará una serie tremenda de explosiones nucleares, se lleva el meñique a los labios y masculla con atiplada voz: «¡Exijo un poco más de respeto!». Y si no se le concede, es muy capaz de destruir el mundo. Con un supermisil muy respetado: el misil atómico, que es lo único en este mundo que realmente suscita respeto.  

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