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Javier Benegas

La vergüenza de Europa

«Una supuesta nueva Guerra Fría podría servir para justificar el creciente control social y exacerbar un populismo cada vez más resentido»

Opinión
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La vergüenza de Europa

Un tanque destruido en Marúpol. | Maximilian Clarke (Zuma Press)

La guerra en Ucrania aparentemente ha servido para que lo que llamamos «mundo occidental» se mire en el espejo. La gran mayoría de nosotros nos hemos sentido concernidos de una u otra manera por lo que está sucediendo en ese país que lucha desesperadamente por su independencia y libertad, pero tal vez nos estemos arrogando un protagonismo que no nos corresponde.

Entiéndase lo que quiero decir. Ciertamente esta guerra tiene consecuencias para la inmensa mayoría de nosotros. Sancionar a Rusia económicamente supone costes que viajan en ambas direcciones. Además, renunciar al gas y al petróleo ruso, y a otras importantes materias primas, acarrea graves problemas a los países europeos y en general tensiona la inflación. Por si esto no fuera suficiente, existe también un riesgo de que la guerra, aunque sea de forma accidental, se extienda a otros países. Todos estos aspectos hacen que estemos involucrados, queramos o no.

Sin embargo, la retórica empleada por nuestros políticos, según la cual esta es una guerra en la que todos estamos peleando por la libertad, es falsa. Los únicos que combaten por ella son los ucranianos. De hecho, los hemos dejado solos. Al principio, porque descontábamos que la invasión rusa sería poco menos que un paseo militar. Después, cuando la proverbial ineficiencia del ejército ruso se estrelló contra la determinación de una Ucrania levantada en armas, recurrimos al argumento de que cualquier intervención directa podría desencadenar la tercera guerra mundial, un miedo que Putin ha alimentado con astucia, sabedor de que una medida como la exclusión aérea haría impracticable cualquier progresión sobre el terreno de su ejército.

Pero más allá del riesgo de propagación de la guerra, existen razones de peso para que la opción de la exclusión aérea sea poco realista, especialmente si ha de depender únicamente de las capacidades de los países europeos. Desplegar escuadrones (18 a 24 aviones cada escuadrón) en las proximidades de Ucrania requiere de una coordinación y un esfuerzo material extraordinario. Para hacerse una idea, el destacamento español «Vilkas» en Lituania, compuesto por solo siete cazas Eurofighter, necesita alrededor de 130 efectivos en tierra y una cantidad de equipo y material considerable. Cerrar el espacio aéreo en Ucrania y garantizar la intercepción de la fuerza aérea rusa en todo el territorio necesitaría el despliegue de al menos seis escuadrones; y asegurar la superioridad aérea, varios escuadrones más. Trasladar centenares de aviones con su logística y personal técnico en tierra a miles de kilómetros de sus bases es muy complicado para Europa si no cuenta con la participación de EE.UU. Y la realidad es que este país no quiere abrir un frente en el Este de Europa, por más que se empeñen los amantes de las conspiraciones. EE.UU. prefiere una política de contención y desgaste porque su verdadero frente está en el Pacífico.

Pero estas consideraciones técnicas, que delego a los expertos, son solo la punta del iceberg. Cuando digo que nuestra identificación con Ucrania es engañosa, me refiero a que el valor que los ucranianos están demostrando no tiene en Europa un auténtico reflejo anímico. Lo cierto es que mirarse en el espejo de Ucrania solo sirve para una cosa: descubrir la alarmante incapacidad de Europa para luchar.

Los europeos hemos interiorizado que la guerra es sencillamente un anacronismo que debemos evitar a cualquier precio. Este pacifismo a ultranza no solo tiene que ver con los 76 años de paz y prosperidad transcurridos desde la Segunda Guerra Mundial. Ya hay un cambio en la generación de la Segunda Guerra Mundial respecto de la anterior de la Gran Guerra. En la Primera Guerra Mundial, además del sentido del deber, hay un genuino entusiasmo por combatir porque muchos lo perciben como una oportunidad para demostrar su valía. Este entusiasmo desaparece en el segundo gran conflicto, donde la guerra se asume como una fatalidad que hay que afrontar con resignación.

Según las crónicas, la Primera Guerra Mundial tuvo un componente musical, en el sentido de que los soldados marchaban al frente animados por canciones cuyas letras inflamaban los corazones. En la Segunda Guerra Mundial este aspecto desaparece. Se marcha al frente sin nada que cantar. El entusiasmo de 1914 da paso al estoico «aquí se viene a morir». No obstante, todavía prevalece un hosco sentido del deber. Hoy, sin embargo, ese sentido del deber también ha desaparecido. Y aunque es cierto que la invasión de Ucrania hace que de nuevo la palabra «libertad» brote con fuerza de muchas gargantas, la pregunta que hay que formularse es cuántos de quienes la pronuncian estarían realmente dispuestos a arriesgar su vida por ella. Y la respuesta es que, quien más, quien menos, se da por sentado que otros la defenderán en nuestro nombre.  

Según Milan Kundera, la guerra y la cultura son los dos polos de Europa, su cielo y su infierno, su gloria y su vergüenza, pero no es posible separarlos. Cuando se acaba uno se acaba el otro porque uno no puede acabar sin el otro. Y que el hecho de que en Europa no haya guerras desde hace tantos años tiene alguna misteriosa relación con que no aparezca ningún Picasso. Tal vez esto explique por qué los europeos nos hacemos selfies emocionales con una guerra en la que realmente no participamos ni queremos hacerlo, pero de la que, paradójicamente, nos sentimos protagonistas porque la interpretamos como una oportunidad para recuperar impulso moral. Ciertamente, aunque el sacrificio de los ucranianos sea intransferible, puede parecer que esta guerra proporciona a Europa la oportunidad de reafirmar viejos valores, pero personalmente no soy demasiado optimista. Temo que la invasión rusa, lejos de animar algún tipo de transformación profunda en nuestro mundo, acabe sirviendo para que los gobernantes tapen sus errores y acrecienten su dominio sobre nuestras sociedades.

Evidentemente, los Gobiernos europeos tendrán que rectificar determinadas políticas por la fuerza de los hechos, como el insuficiente gasto en defensa, la temeraria dependencia del gas ruso o la imposición de una transición energética que ya antes de la invasión se estaba demostrando contraproducente y desastrosa. Pero todas estas rectificaciones son rectificaciones forzosas, y se están justificando por las circunstancias, sin reconocer ningún error y mucho menos pedir perdón. Más allá de estos cambios obligados no se observa un verdadero propósito de enmienda. Al contrario, una supuesta nueva Guerra Fría podría servir para justificar el creciente control social, cuya consecuencia adversa, además de la profundización en la decadencia democrática, consiste en exacerbar un populismo cada vez más resentido e inasequible a la razón.

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