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Ricardo Dudda

Réquiem por la mascarilla

«Lo preocupante es que la mascarilla permanezca en nuestras vidas como un símbolo de paranoia»

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Réquiem por la mascarilla

Personas paseando por las calles de Málaga con mascarilla. | Jeús Mérida

En un centro comercial, un cartel que dice «Puerta abierta por Covid-19», imagino que para ventilar. En un aeropuerto, asientos precintados para garantizar la distancia de seguridad. En los lavabos de una gasolinera, instrucciones sobre cómo lavarse las manos. En la megafonía del metro, mensajes grabados en marzo de 2020 sobre la obligatoriedad de la mascarilla y sobre ayudar a las personas con visibilidad reducida a mantener la distancia de seguridad. Muchas de estas medidas son reliquias, a pesar de que la pandemia solo lleva en nuestras vidas poco más de dos años. Me recuerdan a las señales de «no fumar» en los aviones. Nadie en su sano juicio intentaría fumar en un avión en 2022. Y, aunque la prohibición es mucho más reciente, nadie entraría hoy en el metro sin mascarilla. Y sin embargo se sigue anunciando su obligatoriedad. 

Estas reliquias en cierto modo son una muestra de pereza y conformismo. El coste de mantenerlas parece más bajo que el coste de retirarlas. Por eso una de las medidas más persistentes durante la pandemia, el uso de la mascarilla, ha permanecido durante tanto tiempo: para la mayor parte de la población era un coste relativamente bajo que asumir frente a un potencial riesgo muy alto. Y, sobre todo, era una manera de visibilizar cierto compromiso y cautela. La mascarilla ha sido durante buena parte de la pandemia un símbolo muy poderoso. Al principio había más consenso sobre su utilidad en todas las situaciones; luego se convirtió en una especie de protocolo. El que se la ponía en la calle cuando ya no era obligatorio quizá no pensara que fuera muy útil pero lo hacía por respeto a los demás (o, también, por miedo al rechazo de quienes la llevaban). 

El gobierno ha anunciado que a partir del 20 de abril la mascarilla no será obligatoria en interiores (salvo en el transporte público y en centros de salud). Es esperable que la reacción sea parecida a cuando se eliminó la obligatoriedad en exteriores: muchos individuos seguirán llevándola. Lo esperable no es que todo el mundo deje de usarla sino que, si la usamos, no sea por miedo. Hay razones legítimas para llevar una mascarilla, especialmente en ciudades grandes con mucha polución. Lo preocupante es que la mascarilla permanezca en nuestras vidas como un símbolo de paranoia; un poco como la gente que le tiene un pavor irracional a los ácaros o los gérmenes y disminuye sus contactos. 

Nuestra visión de la pandemia es confusa y contradictoria en 2022. Ya no monopoliza nuestras vidas y ya casi ha desaparecido como tema número uno del small talk; al mismo tiempo, estamos esperando que acabe de una vez por todas, como si de pronto el gobierno pudiera anunciar por decreto que el virus ha desaparecido y podemos volver a la vida pre-2019. El fin de la mascarilla en interiores resulta confuso desde esa perspectiva: ¿esto significa que ya no hay pandemia? Es obvio que no, pero sí significa que la normalización de la pandemia (aceptar sin histerias que convivirá con nosotros) nos acerca a una normalización de nuestra vida. Es decir: la pandemia puede acabar simbólicamente si así lo decidimos. Nos quedarán secuelas y permanecerán algunas reliquias como los carteles sobre cómo lavarse las manos, pero esperemos que no vaya más allá. 

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