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Cristina Casabón

Francia, laboratorio de Europa

«No podemos hablar de Francia sin entender su incorrección política, un rasgo que encarnan ahora mismo los partidos ‘a la contra’»

Opinión
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Francia, laboratorio de Europa

Carteles de Emmanuel Macron y Marine Le Pen. | Laurent Coust (Europa Press)

Francia se hace más inteligible leyendo a personas como Finkielkraut o Pascal Bruckner, escritores muy vivos y muy fecundos que hablan sin rodeos, mientras que la prensa mainstream tiene tanto miedo de ser incorrecta que camina sobre una fina capa de hielo. Y no podemos hablar de Francia sin entender su incorrección política y su rebeldía, dos de sus rasgos más interesantes que encarnan ahora mismo los partidos «a la contra». El francés da la espalda a sus partidos tradicionales, con su cacharrería averiada. O quizás fueron éstos los que le dieron primero la espalda a los franceses.

Sea como sea, Francia, laboratorio de Europa, experimenta con nuevos ejes de voto, menos ideológicos y más transversales. Esto ya no va solamente de ideologías e identidades, también es voto de bolsillo. Y así, el ciudadano francés votará hoy si quiere tener su propia experiencia populista, como los británicos, o si prefiere quedarse otros cinco años con Macron

El españolito, que tiene un eje ideológico más marcado, uno que pertenece a la guerra civil por cierto, aún cree que la etiqueta es más importante que el contenido. Alain de Benoist, padre espiritual de la llamada Nouvelle Droite, decía en ABC esta semana que los franceses pasan de las etiquetas y los embalajes, más de la mitad han desplazado su voto hacia los extremos y esto ya no es cosa de cuatro «paletos radicalizados». Los nuevos partidos juegan con la ambigüedad y Le Pen ha ido suavizando su discurso y haciéndolo más digerible. Pero entonces llega la máquina Macron, tan lejano y tan digno, tan legendario, y nos da una lección presidencial en los debates. Como en 2017, se evidencia que a la rubia le faltan tablas. 

Centrarnos en toda esa basca descontenta, los votantes franceses, nos ayuda a analizar sin etiquetas. Es interesante entender esa rebeldía afrancesada, ver lo que viene. En España la izquierda también ha ido perdiendo la calle, porque es muy caviar. La gente no tiene tiempo para leer a Gramsci, vota lo que le echen, mientras le ayude a salir de pobres.

Alain de Benoist, fumador empedernido, amante de la polémica, hablaba de la vuelta de la lucha de clases, menciona a los autores que le da la gana y sabe que el crítico es el parásito del creador. Los franceses siempre han sido los más rebeldes. Vuelve la rebeldía, el mismo sol cegador que les hizo protagonizar la Revolución. Al hacer suya la divisa de la Ilustración: «¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento!», se declararon mayores de edad frente al mundo y a sus antepasados. Pero cuando dijeron: «¡Hágase la luz!», se hizo el Terror. Esto es lo que observan con espanto algunos contemporáneos del acontecimiento revolucionario, como los que observamos hoy el ascenso populista.

Rimbaud en sus poemas se admiraba de este fanatismo revolucionario: «¡Si yo tuviera antecedentes en un punto cualquiera de la historia de Francia! Pero no, nada. Es muy evidente que siempre he pertenecido a una raza inferior. No puedo comprender la rebelión. Mi raza sólo se sublevó para cometer pillerías: como los lobos con la bestia que todavía no han terminado de matar». Como Rimbaud, respeto y admiro la insumisión francesa, pero me preocupa el resultado del experimento populista. En todo caso, los juntaletras no pintamos nada en este entierro. Tendremos que resignarnos a ver lo que pasa, y después lo contaremos. 

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