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Joseba Louzao

Macron no es De Gaulle

«Macron puede esconderse en el mito ‘gaullista’, pero esto no resolverá los problemas cada vez más acuciantes»

Opinión
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Macron no es De Gaulle

Emmanuel Macron, junto a un retrato de De Gaulle. | AFP

Ya no sé cuando escuché un chiste sobre Juan Domingo Perón y sus seguidores que, con toda probabilidad, es un plagio descarado de otro anterior. El político argentino se encontraba de visita en una fábrica de una de las ciudades del país cuando se interesó por la ideología política de los trabajadores. El director le contó que había un poco de todo allí, desde comunistas a fascistas, pasando por liberales y algún que otro conservador. Perón preguntó sorprendido si no había peronistas entre los empleados. «Señor, por favor, no se equivoque: ¡aquí todos somos peronistas!». He recordado este chiste siguiendo desde la distancia las elecciones presidenciales francesas. En los debates y mítines de ambas vueltas, la sombra del general Charles De Gaulle ha sido más que alargada. La leyenda del padre de la Quinta República se declina aún en presente. 

Todos son gaullistas en Francia, aunque ya no haya ningún partido gaullista como tal en liza. Le Pen dijo que su Rassemblement National es el único movimiento que mantiene aquella línea política. Melénchon insinuó que su programa era fiel reflejo de las ideas económicas de De Gaulle. Macron ha usado con fruición el espíritu de resistencia y voluntad del general de la Francia libre. No hay duda. Se trata de la única religiosidad laica con la suficiente fuerza para continuar alimentando discursos en la actualidad. Como ha sostenido en diferentes lugares el historiador Sudhir Hazareesingh – uno de los más inteligentes observadores de la Francia contemporánea-, se trata del ideal político al que aspiran las elites partidistas y sus votantes. El mito De Gaulle sigue vivo. Nadie puede escapar de su figura. Francia es De Gaulle y De Gaulle representa lo que quiere llegar a ser Francia. Por paradójico que esto pueda llegar a sonar. Y es que, como cualquier otro mito político, sirve para un roto y para un descosido. Escuchando a los líderes franceses, uno puede descubrir que, a la vez y sin contradicción, De Gaulle estaría hoy a favor de mantener a Francia en la OTAN o apostaría por su salida. O defendería la subida o la bajada de impuestos según la pretensión del político de turno. De Gaulle, en el fondo, es un poco como todo y nada. 

Macron puede esconderse en el mito gaullista, pero esto no resolverá los problemas cada vez más acuciantes

Más allá de la particularidad gaullista, Francia es el epítome de los problemas que atraviesa la democracia liberal en Europa. Su propio sistema electoral hace que sea más visible este enfrentamiento entre nacionalismo y globalismo, en palabras de Gideon Rachman, en una segunda vuelta que nos ofrece la versión más polarizada del conflicto. Pero no es solo eso. El sempiterno pesimismo francés conjuga bien con el espíritu continental de nuestra época marcada por el desaliento generado por las dos crisis que hemos atravesado sin posibilidad de recuperar el aliento. A lo que deberíamos añadir la desafección, especialmente entre los más jóvenes, que sigue siendo una espada de Damocles electoral. Y no se trata de un generalizado desinterés por la política porque tiene más que ver con la desconfianza hacia quienes solo pueden ofrecer buenas palabras que no van acompañadas de hechos, lo que las convierten en un fatuo espectáculo de pirotecnia comunicativa de rápida caducidad. 

Tampoco podemos olvidar que el ejemplo francés nos demuestra lo perspicaz que fue aquel trilema que estableció Dani Rodrik hace ya más de una década: no es posible conjugar la globalización económica, la democracia y la soberanía nacional. Entre los tres vértices solamente podremos que escoger dos de ellos. Les guste o no las elites políticas e intelectuales europeas. Macron puede esconderse en el mito ‘gaullista’, pero esto no resolverá los problemas cada vez más acuciantes. Y lo que sirve para Francia, sirve para el resto. Podremos seguir haciéndonos trampas al solitario, pero nuestros deseos no van a transformar la realidad por arte de magia. Todas las opciones que podemos tomar tienen sus costes, sus riesgos y sus beneficios. Nos merecemos debatirlas con sosiego y en España, llámenme loco, el Congreso de los Diputados podría ser el espacio apropiado. 

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