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Jordi Bernal

Vuelve el Emérito

«En el caso del Emérito, mejor cuidar sus últimos días de regatista y de abuelo cebolleta. De lo contario, el populismo inflamado pedirá la humillación pública»

Opinión
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Vuelve el Emérito

El Rey emérito, Juan Carlos I. | EFE

Vuelve el Emérito y avisa: «Estoy desentrenado», según dicen los papeles. «Desentrenao», habrá dicho. En su árido retiro no ha podido practicar la cosa de la regata y ahora en Sanxenxo tendrá que ponerse las pilas. Problemillas de la realeza nuestra. Se verá con su hijo por fin, que ya va siendo hora. Y digo yo que con su mujer también. He de confesar que nunca he seguido las cosas de palacio, y, si nos ponemos fríos de cabeza y ardientes de corazón, a España le sentaría mejor una República como la razón democrática manda. Pero ya puestos en el pragmatismo de una monarquía constitucional que, de momento, mejor no tocarla por el bien de todos, sería hora de hacer el balance sereno y ponderado del reinado del Emérito.

Más allá de sus lamentables cacerías, sus líos de alcoba y sus supuestas corruptelas, que ya esclarecerá la justicia, el legado de su reinado no puede quedar en manos de la turba podemita, que pide para él una suerte de guillotina mediática. De ahí que su vuelta a España, aunque sea como regatista jubilado, tiene una importancia simbólica que Felipe VI haría bien en manejar de manera hábil y firme. Últimamente, el monarca se está comiendo unos cuantos sapos incomprensibles y desplantes varios de aquellos que tienen por norma el desacato y obvian la más elemental de las educaciones. El último caso lo hemos visto en Gerona, donde aún sacan pecho por haber expulsado a la familia real de la ciudad.

Plegarse a este tipo de comportamientos incívicos y antidemocráticos por parte de unos representantes elegidos democráticamente que no respetan la jerarquía de un jefe de Estado constitucional resulta peligroso, ya que los desaires empiezan con el desplante en una cena y acaban echándote a ti y a tu familia del pueblo.

Así que, en el caso del Emérito, mejor cuidar sus últimos días de regatista y de abuelo cebolleta. De lo contario, el populismo inflamado pedirá la humillación pública en un momento en que además necesita tapar sus propias vergüenzas.

Aceptar la jubilación tranquila del Emérito y repasar la trayectoria de su reinado con los aciertos y también con sus oscuridades desde una perspectiva sosegada debe servir para valor el presente y para, por qué no, plantear nuevas y constructivas opciones de futuro. Siempre y cuando sean estas consideradas como vías de mejora y no como revanchas oportunistas o meras soflamas electoralistas. Existe un republicanismo que no es más que una suerte de peronismo dicharachero dedicado a la bravuconería incendiaría y cuyo único fin en sí mismo es la obtención del poder para vivir (bien) de él. Preclaro ejemplo lo tenemos en el movimiento independentista catalán. Le tocará lidiar a Felipe VI con la presión de los chantajistas.

En este momento a él le conviene preservar su reinado y allanar el terreno para el de su hija. Incierto e hipotético. Sin embargo, también la herencia de Juan Carlos I forma parte ineludible de su reinado, por mucho que a veces la sensación sea la de soltar lastre con el padre. Al hijo, ley de vida en muchas familias, le toca ahora apechugar con la carga. La sangre azul no exime de las incomodidades en los peajes de los ciclos vitales, así que, mientras el Emérito dorará sus pieles cuarteadas en mil regatas al sol, el joven rey tendrá que dar la cara por el regreso del viejo monarca. No le queda otra. Entre los deberes como jefe de Estado está el de procurar una mínima dignidad al Emérito. Y como hijo, tiene que cuidar a su anciano padre.

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