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Diogo Noivo

Esa república no existe

«Ante el caso de Juan Carlos I, recordemos: las faltas de un autor no contaminan su obra»

Opinión
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Esa república no existe

El exconseller de Economía y presidente de ERC, Oriol Junqueras.|David Zorrakino (EP)

Hay quienes nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad. Y Oriol Junqueras es todo un experto en ello. Desde una autoridad moral cuyos cimientos se desconocen, se mostró molesto con la llegada del rey emérito a Sanxenxo. «Se pasea sin tener que dar explicaciones a nadie», dijo, desentendido de las inmensas posibilidades autorreferenciales de la frase. Perdió una oportunidad para el decoro.

Cierto es que la ocasión se le puso a tiro. No creo que el regreso momentáneo de Juan Carlos I, por su forma y contenido, contribuyera a la fortaleza de la monarquía. Alguna circunspección hubiera sido útil. Lleva razón Josu de Miguel cuando escribe en las páginas de este periódico que la Corona, por su condición de institución democrática, tiene que ganarse el favor popular cada día. La gestión firme, serena y me imagino que tremendamente difícil de Felipe VI en todo este proceso es un arquetipo admirable de ese esfuerzo de renovación.

Precisamente porque hablamos de un contexto democrático, la eficacia del esfuerzo exige altura de miras por parte de los ciudadanos ante el oportunismo de Junqueras y demás epígonos del revisionismo histórico, que aprovechan cualquier ocasión para socavar la arquitectura institucional salida de la Transición. Echando mano del léxico de Podemos, pretenden estirar las fisuras de un régimen en crisis, cuyo modelo político y económico fundado por una democratización parcial, se encuentra agotado. Esta es la motivación que subyace a una parte importante de las críticas: aunar los excesos de Juan Carlos I a la esencia de la monarquía y, por ende, deslegitimar el statu quo.

Por ello, se impone recordar a diario que las faltas de un autor no contaminan su obra. Hemingway era alcohólico, Roth un adultero empedernido, Evelyn Waugh un misántropo, Caravaggio un malhechor, Céline y Richard Wagner antisemitas convictos. Neruda le escribió una oda a Stalin y Heidegger estuvo a gusto en el Tercer Reich. Roman Polansky abusó de menores y puede que Woody Allen y Gore Vidal también. Huelga decir que la brillantez de estos individuos, así como sus aportaciones estéticas e intelectuales al mundo, no constituyen un salvoconducto. Pero sus errores, incluso los criminales, no embarran la grandeza de su arte, so pena de que acabemos en una distopía donde la literatura, el cine y pintura se encuentren prohibidos.

Barrunto que a la política se le aplique el mismo principio: legados virtuosos, aún respaldados en logros singulares y heroicos, no eximen a nadie de responsabilidades penales, ni de obligaciones éticas. La absolución no se regatea con glorias pasadas. Pero tampoco los tropezones y las caídas, aunque fruto de una propensión hedonista hacia el abismo, contaminan méritos acaecidos. Caso contrario, apenas nos quedarán referencias democráticas a las que agarrarnos. Y entre el legado político de Juan Carlos I figura el periodo de mayor estabilidad, prosperidad y libertad en la historia de España. No es cosa poca.

Sin embargo, se insiste en depreciar el pasado y atribuirles a los abusos e inconveniencias del rey emérito el carácter de marcador genético del régimen. Para que el escenario sea lo peor posible, lo enmarcan en el dogma secular del retraso estructural de España, tesis resumida en el sintagma «país de pandereta». Se equivocan.

De la misma forma que Edward Said delató el orientalismo que surca la producción cultural europea, los hispanistas merecedores de tal designación –los que la sortean, por supuesto, como hicieron Elliott y Carr – alcanzan niveles olímpicos de irritación cuando se les habla de supuestos atavismos españoles. Los últimos llevan más razón que el primero, aunque ahora no procede explicarlo. Lo que sí procede es darse cuenta de que nada hace tanto daño a la comprensión de la historia contemporánea del país como el adagio Spain is different, cuya única validez se hallará en fines de promoción turística. No lo es. No lo fue. Sus aciertos y errores, sus triunfos y tragedias, incluso el trato conflictivo que mantiene con su pasado, encuentran correspondencias más o menos síncronas en países vecinos.

Pero el relato ensimismado de una nación en estado de decadencia singular, en manifiesta inferioridad ante su entorno europeo, tiene raíces hondas. En palabras de Santos Juliá, ya en su día los liberales y los románticos abrazaron un proyecto político basado en la premisa de un país en ruinas debido a la anomalía provocada por un príncipe extranjero, lacra que se solventaría cuando la nación recuperara la magnificencia de antaño, personificada en la tradición de las Cortes de Castilla. Sustitúyanse Cortes por república y veremos que los regímenes cambian, los siglos transcurren, las sociedades evolucionan, pero la retórica empleada por proyectos de cambio radical muestra una continuidad perezosa. Sientan que España tiene que ser moderna desde la incapacidad de ver que ya lo es. Gran parte de esa modernidad se debe al Rey emérito.

Tanto les da. Nos venden la república como solución a la perpetuidad de las élites, como barrera a puertas giratorias entre público y privado, como régimen cuya transparencia hará de la corrupción un artefacto arqueológico. La república cuidará de los ciudadanos más laboriosos y honestos en detrimento de quienes viven de expedientes y enchufes. Su proclamación traerá apertura política y mayor participación del pueblo. Sanará la patria – o las patrias, formulación más a gusto de sus pretendientes. La soberanía reposará otra vez en manos de gente normal y currante. En definitiva, la república como panacea para males enquistados. En Portugal, Francia e Italia nos reímos mucho.

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