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Diogo Noivo

Francia y la trampa democrática

«Libertad, igualdad y fraternidad, pero el pasado domingo la suma de los radicalismos superó el 50% de los votos»

Opinión
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Francia y la trampa democrática

Marine Le Pen. | EFE

La promesa francesa de emancipación iluminista parece haber desembocado en dogmatismos sobreexcitados. Libertad, igualdad y fraternidad, pero el pasado domingo la suma de los radicalismos superó el 50% de los votos.

El crecimiento audaz de la ultraderecha lo conocemos desde hace años, lo vemos en los números y hemos leído sobre ello hasta la saciedad. La novedad es que su imagen simétrica, merecedora de menos cuidados públicos, se alzó a un orden de grandeza semejante: la izquierda de Jean-Luc Mélenchon llegó a los 22%, a escasos 420.000 votos de Marine Le Pen. Añádanse los resultados de Éric Zemmour, vieux enfant terrible, y nos damos cuenta que más de la mitad de los electores se fían de soluciones escuetas y épicas para problemas complejos y fastidiosos. La abstención se situó en los 22%, cifra que entra en la deshonrosa galería de las más elevadas.

Ante la irrelevancia de los Verdes, y otorgado el estatus de especie en vías de extinción a los socialistas, la reconfiguración de la izquierda francesa deberá someterse a las bravatas insumisas de monsieur Mélenchon, cuya preocupación por la república le causa molestias terroríficas, aunque rechace indicar a los suyos que voten en Emmanuel Macron. Bien vistas las cosas, es la gauche revolucionaria siguiendo su curso normal: dicen las encuestas que un 22% de los votantes en Mélenchon transferirán su voto a la Le Pen, mientras que un 37% se abstendrá. El antifascismo del siglo XXI nunca transciende su índole escénica.

Frente a estos resultados, intuimos el enésimo episodio de escasa confianza en la democracia y sus instituciones. Cuesta resistir a la tentación paternalista de pensar que los electores se habrán vuelto locos, perdieron su estima por la democracia liberal o simplemente se han entregado a libaciones de egoísmo. El centro tradicional como espacio vital de pluralismo, donde caben izquierda y derecha, además de liberales y conservadores, vale un 7%. Los partidos que eligieron a todos los presidentes de la V República hasta Macron tienen hoy el aspecto de un sagrario obsoleto.

Pero quizá lo del pasado domingo fue todo lo contrario: una exhibición de exceso de confianza democrática. Alexis de Tocqueville ya lo detectó en su viaje por la América decimonónica. Según observó, los regímenes democráticos dependen de la relación fiduciaria que establecen con los ciudadanos, donde el credo casi metafísico en las instituciones es condición imprescindible de su éxito. Sin embargo, el triunfo trae insensatez. Es que el éxito de la democracia invita a dos fatalismos capaces de liquidarla.

El primero resulta de estar del lado de la historia, ya que las democracias progresan y se expanden, garantizando niveles de bien estar sin precedentes. El segundo nace por la conciencia de las fortalezas del sistema, en particular de su capacidad para superar las crisis. La conclusión puede ser tan clara como arriesgada: pase lo que pase, el sistema lo aguanta todo y nuestra participación no es determinante para su supervivencia. Por lo tanto, resume Tocqueville, el hombre democrático es un ser ardiente y a la vez resignado.

David Runciman le llama la trampa de la confianza. Partiendo de La democracia en América de Tocqueville, el politólogo pone en evidencia que la confianza genera las condiciones óptimas tanto para la estagnación como para el desvarío frenético. Los dos corolarios tienen el mismo origen: el conocimiento de las ventajas estructurales del sistema. Lo que puede ser exasperante – «si la democracia es tan eficaz y longeva, seguro que mi voto no abusará de sus límites, e incluso vendrá bien abanarla un poco» – o entonces sedante – «por qué no dedicarme a la placidez contemplativa, si al final mí opinión no es suficiente para cambios sustanciales» –. Satisfechos con lo que tenemos bajo un modelo de gobierno al cual reconocemos méritos, resbalamos hacia la abulia o hacia el cabreo inflamado. Las abstenciones dilatadas serán la expresión de la primera, mientras que las Le Pen, los Zemmour y los Mélenchon espejarán a los últimos.

A primera vista, la vida democrática asume la forma de una sucesión imparable de crisis volátiles y cacofónicas, no pocas veces sobrepuestas, que infunden una sensación generalizada de vértigo existencial, donde todo suena ruidoso y el caos es la imagen dominante. Impera el ensimismamiento, la ausencia de perspectiva o de capacidad de distanciamiento. Las democracias reaccionan tarde, exageran problemas, se enredan en burocracias y procedimientos. A menudo la lógica desborda su cauce, sobre todo en una época donde a las emociones se les confiere valor argumental. En el libro The Confidence Trap, Runciman mapea un siglo de crisis que revelan la misma pauta: incapacidad de anticipar crisis, ansiedad pública ante el probable colapso de la democracia, el sistema usa su flexibilidad para prevalecer ante los retos que se le presentan, vuelve la confianza en la invencibilidad democrática y brotan nuevas crisis que reinician el proceso. Esta repetición genera hartazgo e indolencia. Y no será abusivo concluir que buena parte de la ciudadanía europea se encuentra plenamente convencida de las virtudes inherentes a la democracia, siéndole inconcebible el continente sin separación de poderes ni derechos, libertades y garantías. Aquí está el peligro.

El argumento de Tocqueville que Runciman pulimentó no sobresale por exclusividad. Para Maquiavelo es deber de los ciudadanos mantenerse vigilantes, saber qué hacer y de quién fiarse, porque al dimitirse de sus deberes cívicos – ya sea por pereza, corrupción, o exceso de confianza en las elites – precipitarán la extinción de la república. En línea afín, Ortega y Gasset escribió sobre los peligros del conformismo ensimismado. Y, años más tarde, del otro lado del Atlántico, Bellow anotó que la liberación de la lucha por la supervivencia nos hizo ingenuos y, peor, que el tenebroso ruido del mundo solo es soportable cuando uno está acorazado por una capa de sueño.

Lo interesante de la trampa de la confianza en la democracia es que, al contrario de la literatura sobre el fracaso democrático que inundó las librerías en los últimos años, el enfoque está en la responsabilidad ciudadana, lo que en tiempos de infantilización del debate público destaca por su sentido de oportunidad.

Tal vez las Le Pen, los Zemmour y los Mélenchon sean el nuevo normal al cual nos tendremos que acostumbrar. Pero habrá un precio a pagar. Esperemos que el exceso de confianza no nos impida ver la cuenta.

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