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Antonio García Maldonado

V República: a favor de reformarla con mi voto en contra

«Con demasiada frecuencia, Francia regala al mundo unas elecciones decisivas en las que parecemos jugarnos el sino de los tiempos»

Opinión
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V República: a favor de reformarla con mi voto en contra

Emmanuel Macron y Marine Le Pen durante el debate electoral. | Reuters

En los últimos días de la campaña electoral de las presidenciales francesas, uno de los estudios demoscópicos arrojó un dato curioso: apenas el 3% de los electores del actual presidente afirmaba votar por el candidato Macron por «entender bien los problemas de la gente», frente a un 42% de los electores de la candidata de Reagrupamiento Nacional que decía que lo haría por esa razón. Al mismo tiempo, las encuestas han mostrado que Macron ampliaba y consolidaba en esos días de campaña su distancia con Le Pen. El dato nos habla, en primer lugar, de la distinta relación que tienen los votantes de uno y otro bloque con su propio candidato: más frialdad en el caso de Macron –que ofrece a sus partidarios más confianza para gestionar crisis y más estatura presidencial–, y más apego y conexión en el caso de los de Le Pen –que en cambio puntúa bajo en esos aspectos cruciales para la presidencia–.

Pero el dato habla, también y sobre todo, del enorme fracaso que ha supuesto la V República. No tanto en términos económicos –ahí están los números, que indican que hace años que Francia no tenía un resultado comparado tan positivo pese a todas las crisis–, como en los institucionales y políticos. Por todos es conocido que dicha arquitectura institucional nace en 1958 impulsada por el desgobierno de la IV República de la segunda posguerra mundial, y se concibe como un traje a medida del general de Gaulle, que la ocuparía hasta 1968. Los males están identificados, y si bien algunos son globales –fracturas campo/ciudad, aumento de la desigualdad, estancamiento o retroceso de las clases medias, desindustrialización…–, otros son propios o están agravados en Francia –como el hipercentralismo político-administrativo, o el cabreo y el resentimiento con las élites del país que evidenció el movimiento de los chalecos amarillos–. Lo cierto es que, con demasiada frecuencia, Francia regala al mundo unas elecciones decisivas en las que parecemos jugarnos el sino de los tiempos, cuando la democracia tenía que parecerse más a la normalidad que late en la cita sobre la democracia atribuida a Churchill: sistema político en el que cuando alguien toca a tu puerta de madrugada, es seguro que va a ser el lechero. Ça ne marche pas.

Viendo el diseño político, institucional y administrativo de la V República, puede decirse que en Francia ha pasado lo que tenía que pasar, o lo que era muy probable que pasara. Dicho diseño aguantó cuando lo encabezaron figuras carismáticas en momentos de mayor comunión social, de menor fragmentación y polarización. Pero con la llegada de las distintas crisis del presente –y la de los horizontes de futuro–, unida a un ecosistema mediático que agrava la fatiga de materiales, la V República luce paralizada e ineficaz ante uno de los cometidos fundamentales de cualquier marco institucional: su capacidad para recibir, digerir y gestionar todas las energías de Francia y redirigirlas de forma eficiente por todo el país. Es algo en lo que todos los Estados tienen dificultades, pero que en el caso francés se ven agravadas por el propio diseño institucional de un mundo que ya no existe. No hay modelos claros que sirvan de ejemplo, pero lo que sí puede descartarse es que Francia sea uno de ellos pese al interés con que muchas veces se observa su centralismo y su semipresidencialismo.

Siendo así, cualquiera diría que los franceses están deseando reformar institucionalmente su país, y no es así. Pero, al mismo tiempo, se inclinan por elegir a un presidente reformista que, en general, cae mal incluso a muchos de sus votantes. Una situación que recuerda al electorado socialista anti OTAN cuando su líder les puso ante la tesitura de elegir entre sus principios y las necesidades que el presidente decía que tenía el país. Entonces alguien dijo que la pregunta perfecta para el referéndum de 1986 sería: «¿Está usted a favor de que España permanezca en la OTAN con su voto en contra?», y algo de eso hay en las presidenciales de este domingo en Francia. De ahí los números mediocres de Macron pero también sus éxitos electorales.

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