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Esperanza Aguirre

El PSOE se podemiza

«Los socialistas de 2015, ya en vías de convertirse en sanchistas acérrimos, prefirieron el comunismo de Podemos al liberalismo del PP. Y en eso han seguido»

Opinión
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El PSOE se podemiza

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. | Europa Press

El 24 de mayo de 2015 se celebraron en España elecciones municipales. En Madrid la candidatura del PP, que tuve el honor de encabezar, fue la más votada y obtuvo 21 concejales. Después quedaron Ahora Madrid, nombre detrás del que se escondía Podemos, que tuvo 20, el PSOE, 9 y Ciudadanos, 7. Con ese panorama era evidente que la elección del alcalde y la formación del gobierno municipal sólo llegaría a través de alianzas entre los cuatro partidos representados en el consistorio.

Hoy, siete años después, puede ser aleccionador recordar dónde se situaban entonces esos cuatro partidos para comprender mejor mucho de lo que ahora nos está pasando en España.

Empecemos por los dos partidos tradicionales:

El PP estaba con Rajoy en el Gobierno de España con una aplastante mayoría parlamentaria (186 diputados). Sin embargo, las encuestas auguraban para las cercanas elecciones generales, que serían en diciembre, un considerable descenso debido al incumplimiento del programa electoral con que se había presentado en 2011.

El PSOE había tenido en noviembre de 2011, con Rubalcaba como candidato, el peor resultado de su historia (28% de votantes y 110 diputados). Unos malos resultados que aún fueron peores en las elecciones europeas de 2014, con sólo el 23% de los votos, lo que provocó entonces la dimisión de Rubalcaba como secretario general y la posterior elección de Pedro Sánchez para ese cargo. Curiosamente su elección frente a Eduardo Madina fue interpretada como un triunfo de los más moderados.

Veamos ahora cómo estaban los dos partidos emergentes que completaban el panorama municipal de Madrid:

Ciudadanos había nacido en Cataluña entre algunos intelectuales más o menos de izquierda, escandalizados de la deriva nacionalista de los socialistas catalanes y hartos del sectarismo de los nacionalistas pujolistas. La energía y la brillantez con la que se habían enfrentado a ese establishment catalán habían suscitado la simpatía y la admiración de muchos otros españoles. Eso les empujó a dar el salto a la política nacional y en esa primera aparición en Madrid les proporcionó un aceptable resultado, aunque inferior a lo que las encuestas vaticinaban. Ideológicamente se parecía mucho al PP, aunque era más firme frente a los nacionalistas. Era un partido con muy buena imagen.

Podemos era el resultado de las maniobras de algunos profesores de Políticas de la Complutense, que habían aprovechado el movimiento falsamente espontáneo de la ocupación de la Puerta del Sol en mayo de 2011 para llevar a cabo una especie de puesta al día del comunismo de toda la vida. Inspirados por el pensador marxista Ernesto Laclau y financiados por Venezuela e Irán, habían irrumpido en la vida política española consiguiendo cinco escaños en las elecciones europeas de junio de 2014, algo que sorprendió a todo el mundo.

En ese momento los estrategas del PP decidieron que el crecimiento de Podemos podría beneficiarles porque, pensaban, quitaría votos al PSOE y, en consecuencia, facilitarían el triunfo de Rajoy en las siguientes elecciones. Para ello no dudaron en favorecer todo lo posible la presencia de Podemos en los medios de comunicación. Con ese viento a favor, al llegar aquellas elecciones municipales, Podemos estaba de subidón. Además tuvieron buen cuidado en disimular su nombre, que podría ser asociado al comunismo, y el acierto de conseguir que una veterana comunista de las de toda la vida pusiera la cara para encabezar la candidatura, a la manera del «viejo profesor» Tierno Galván, que tanto predicamento llegó a tener.

Ya en junio de 2014, después del primer gran éxito de Podemos, yo había manifestado ante alguno de los estrategas del PP mi honda preocupación por la irrupción de ese partido, que, por mucho que se disfrazara, no era sino otra versión del marxismo leninismo del estilo del cubano y del venezolano, y fui contestada con el argumento antes expuesto: «A nosotros no nos va a perjudicar, el PSOE será su víctima».

Volvamos a la noche electoral de mayo de 2015: con aquellos resultados era evidente que la derecha, incluyendo a Cs en la derecha junto al PP, no tenía mayoría suficiente. Algo que sí tenía la suma de Podemos y el pobrísimo resultado obtenido por el PSOE, lo que condenaba a Madrid a una alcaldesa comunista y a un equipo de gobierno de factura castrista-bolivariana.

Me fui a la cama muy preocupada con esa perspectiva. Además, pensaba yo, la proyección política que siempre ha tenido el Ayuntamiento de Madrid podría ser aprovechada para lanzar de manera imparable la marca Podemos en la política nacional.

Por eso, inmediatamente decidí hacer una oferta al PSOE de esas que no se pueden rechazar. Ofrecí que los 21 concejales del PP votaríamos a Antonio Miguel Carmona, que era el cabeza de lista del PSOE, como alcalde de Madrid y apoyaríamos durante toda la legislatura su gestión con la única condición de que el PSOE no se saliera del programa electoral con el que se habían presentado. Añadí que, si a Carmona o a los socialistas les incomodaba mi presencia como portavoz de nuestro Grupo Municipal, estaba dispuesta a dimitir como concejal e irme a casa.

Pero mi ofrecimiento cayó en saco roto: Carmona contestó negativamente a mi propuesta. Visto lo que ha venido después, lo más probable es que recibiera instrucciones de Pedro Sánchez. Porque si Carmona era alcalde de Madrid se convertía en la figura más importante de todo el socialismo español, y su figura habría ensombrecido completamente al doctor Sánchez, cuyo liderazgo no estaba ni mucho menos consolidado. El resultado final fue que el PSOE de Madrid entregó sus votos a los podemitas de manera incondicional.

Cuando ahora oigo a sanchistas decir que el PP no se ofrece para colaborar en lo que ellos llaman pactos de Estado, que no son en realidad sino maniobras para apuntalar al débil Sánchez en el Falcon y en el colchón de La Moncloa, siempre me acuerdo de aquel ofrecimiento que les hice y del rechazo radical con que fue recibido. Esos socialistas de 2015, ya en vías de convertirse en sanchistas acérrimos, prefirieron el comunismo de Podemos al liberalismo del PP. Y en eso han seguido y en eso están.

Si la socialdemocracia europea, de la que a los del PSOE les gusta sentirse hermanos, tiene una seña de identidad constante desde el final de la II Guerra Mundial, ésa es el anticomunismo. Al preferir de manera tan palmaria, como aquella que viví en primera persona, ese comunismo a la colaboración con el centro-derecha, el PSOE demostró una vez más que de socialdemócrata ya no tiene nada. Salvo que, en la memoria de muchos bienintencionados ciudadanos, todavía es asociado a esa ideología que tanto ayudó al progreso de Europa, precisamente por oponerse al comunismo.

Curiosamente, en España se está dando un proceso inverso al de Francia. Allí los insumisos de Mélenchon se han comido al Partido Socialista, mientras que aquí es el PSOE con Sánchez a la cabeza, el que, al apropiarse de su ideología, se está merendando a la turba podemita.

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