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Daniel Capó

Un nuevo integrismo ideológico

«El triunfo de la ideología ‘woke’ representa el empobrecimiento de la cultura»

Opinión
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Un nuevo integrismo ideológico

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David Rieff, en un artículo publicado en el último número de la revista Letras Libres, ha señalado, refiriéndose a la ideología woke: «No me parece que la derecha (la mayor parte de ella, al menos) tenga ninguna respuesta coherente». Y abundando en ello, añade: «Lo woke y la teoría crítica de la raza están ahora imbricados en la cultura, tan profunda y tan ampliamente en la educación primaria y secundaria, en los colegios y universidades, en los museos, en las salas de conciertos, y ahora cada vez más en los hospitales y en el resto del mundo científico-técnico, que las leyes aprobadas por las legislaturas estatales conservadoras que prohíben tal o cual aspecto de esta ideología tienen muy pocas probabilidades de éxito. Por decirlo brutalmente, no puedes librar una guerra cultural cuando en realidad nunca te ha interesado la cultura». Esto último es literalmente cierto. Se podrá decir que la izquierda lee poco o lee mal, y es así; sin embargo, la mayor parte de la derecha ha vivido completamente de espaldas a lo que podemos denominar la «cultura seria». Queda el marketing o la imagen, las modas o la estética vacía del posmodernismo, pero difícilmente una crítica seria a la realidad que se mueva al margen de los criterios del crecimiento económico.

Para las clases altas y medias-altas, la transmisión de un estatus socioeconómico ha sido el factor decisivo en su modelo de reproducción de clase. Ir a Harvard o a Yale –o a Cunef o a Esade, en el caso de España– resultaba más determinante que construir un discurso cultural sólido. Al igual que en el 89 la izquierda quedó desarbolada económicamente con el colapso del socialismo real, se diría ahora que es el humanismo clásico el que se ha visto arrasado por el tsunami woke. ¿Dónde se encuentran los T. S. Eliot, los George Steiner, los Julien Gracq de hoy? Quizás el último gran exponente de una resistencia conservadora a los nuevos valores lo encontramos en el discurso refinado de Joseph Ratzinger; sin embargo, de su sobria mirada sobre las dinámicas sociales e ideológicas, poco queda ya en el Vaticano. Al contrario, el capitalismo tecnológico ha pactado con el progresismo pijo de lo woke, dando lugar a una izquierda inerme en lo económico, aunque profundamente violenta –por sectaria– en lo intelectual. El triunfo de la ideología woke representa el empobrecimiento de la cultura; pero es que la cultura, en el mundo cuantificable del nuevo capitalismo, no interesa si no es como negocio. Es decir, interesa de un modo muy marginal. Y eso en el mejor de los casos.

Así como la izquierda no ha sabido ofrecer una alternativa real al capitalismo, la derecha parece incapaz de plantear a la cultura de la cancelación otra opción que no sea pactar con ella algún tipo de armisticio. El catolicismo sigue también en horas bajas –y, desde luego, Francisco no es un hombre dispuesto a transitar fuera del marco del pensamiento dominante–, a la vez que los movimientos populistas de derechas nos hablan de malestar e incluso de irritación, pero no son capaces de articular un discurso alternativo. En la batalla de las ideas, los medios de unos y otros son avasalladores para los oponentes y penetran en todas las capas emocionales de la sociedad. Un ejemplo parecido lo encontramos en el Mayo del 68, cuando la derrota política de los revolucionarios no supuso la extinción de sus ideas, sino, al contrario, su imposición a la larga. Tampoco hoy la sustitución de unos partidos por otros supondría un significativo cambio de fondo en la carrera de las ideas. Hay que actuar y hacerlo rápido, si no queremos que un nuevo integrismo ideológico caiga sobre la sociedad.

Rieff cree que la única alternativa viable se encuentra en el resurgir de una izquierda ajena al pensamiento woke, que perciba la profunda frivolidad social del nuevo marxismo. Es posible, y haría bien la derecha en defender la libertad como el espacio común de la democracia junto a esta izquierda social y económica de la que habla Rieff. Porque la batalla se librará primero en el campo de la libertad, antes que en el de las ideas. Un espacio –el de la libertad– en el que cabemos todos y en el que Occidente se juega su futuro. No hay tiempo que perder.

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