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Esperanza Aguirre

La nueva ideología 'woke'

«Lo woke y la corrección política han creado una neolengua que acaba por adueñarse de la manera de pensar de los ciudadanos»

Opinión
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La nueva ideología 'woke'

Protesta en EEUU. | Koshu Kunii (Unsplash)

Desde finales del siglo XIX los partidos socialistas, y después los comunistas, han tenido como himno ‘La Internacional’, una canción compuesta en su letra y en su música por unos franceses, que, de una manera simple pero eficaz, resumía lo esencial del pensamiento político de Carlos Marx, el indiscutible fundador del socialismo moderno.

Merece la pena recordar los primeros versos de ese himno: «¡Arriba parias de la Tierra! / ¡En pie famélica legión!». Aquí queda claro que el sujeto de la revolución que Marx y sus seguidores preconizaban eran esos «parias», esa «famélica legión». En definitiva, los proletarios, los obreros, que eran explotados.

Puede ser interesante conocer algunas de las vicisitudes de este himno. Como, por ejemplo, que era el himno oficial de la Unión Soviética hasta que, cuando la Alemania nazi la atacó, Stalin decidió cambiarlo por otro más tradicional y que, en vez de exaltar el internacionalismo, cantaba la grandeza de su patria. Algunos partidos socialistas, como el SPD alemán, ya no tienen ‘La Internacional’ como himno, pero otros, como el PSOE, la mantienen y no deja de tener su gracia contemplar a algunos de sus jerarcas, que gozan de un altísimo nivel de vida, cantarla, puño en alto, muy serios en sus actos oficiales arengando a los «parias» a que cambie la base del mundo, es decir, a que «dé la vuelta la tortilla», que es la traducción castiza de ese deseo.

Pues bien, esos «parias», «esa famélica legión», según avanzaba el siglo XX fueron comprendiendo que, para dejar de serlo, el mejor y único medio que tenían era el capitalismo. Fueron comprendiendo que con la aplicación de las ideas marxistas quedaban condenados para siempre a la opresión de que habla la canción. Y la demostración final del fracaso rotundo del comunismo la tuvimos en la caída del Muro y en la descomposición de la Unión Soviética.

Pero los totalitarios, que habían sido derrotados entonces, no se rindieron y, aunque siguen cantando ‘La Internacional’, se dieron cuenta de que el sujeto revolucionario ya no podría ser el proletariado. Había que encontrar otro u otros.

Y esos nuevos protagonistas de su proyecto revolucionario los encontraron en lo que se ha dado en llamar ‘wokismo’ o ideología ‘woke’, que se ha ido extendiendo de manera alarmante por todo Occidente, mientras los defensores del orden liberal y de la sociedad abierta hemos tardado quizás demasiado tiempo en darnos cuenta de la importancia de afrontar el combate ideológico que se nos estaba planeando.

Para este ‘wokismo’ el protagonista de la revolución ya no será el proletariado, sino las personas a las que se les pueda atribuir alguna identidad supuestamente oprimida (mujeres, homosexuales, trans, LGTBI etc, nacionalidades, pueblos colonizados, razas oprimidas en algún momento de la Historia,…) o, incluso, el mismo planeta Tierra.

El «socialismo del siglo XXI», que es el nombre que se han dado a sí mismos los supervivientes del naufragio del comunismo del siglo XX, ya no coloca en primer lugar, como hacían sus ancestros marxistas, la supresión de la propiedad privada y la nacionalización de los medios de producción, ahora se arrogan la representación de todas esas identidades para hablar en su nombre y buscar así la forma de alcanzar el objetivo de su revolución, que, aunque no nos queramos dar cuenta, hoy es destruir todo lo que Occidente ha construido.

Veamos cómo actúan los wokistas con una rápida ojeada a su comportamiento cara a una de esas identidades que dicen defender: las mujeres y el feminismo.

Es verdad que, por las razones históricas e ideológicas que sean, las mujeres han estado preteridas. Como también es una verdad indiscutible que los movimientos feministas que luchan para lograr la igualdad de derechos y de oportunidades de hombres y mujeres han tenido y tienen un papel esencial e insustituible. Porque todo lo que se haga por lograr esa igualdad de derechos y denunciar todas las vulneraciones que se produzcan siempre será poco.

Pues bien, los wokistas, partiendo de una reivindicación lógica y justa, le dan una vuelta de tuerca y dictaminan que, como las mujeres han estado oprimidas en la historia, ahora tienen que vengarse y gozar de más derechos que el hombre. Y el que se oponga a esto será estigmatizado.

En estos días lo vemos muy claro en el caso escandaloso de María Sevilla, condenada en firme por secuestrar y mantener encerrado a su hijo, privándole de asistir al colegio y sin vacunar, durante un año. El gobierno de Sánchez no sólo la ha indultado y le ha devuelto la patria potestad (lo que a mi juicio es dudoso jurídicamente), sino que la ha calificado de «madre protectora», en una manifestación muy clara de ese wokismo, que se ha convertido ya en la religión oficial del neocomunismo bolivariano y, lo que me parece más triste y peligroso, en la ideología central del sanchismo que ha desbancado a la socialdemocracia tradicional del PSOE.

Esto que aquí acabamos de ver significa que el feminismo clásico, que luchó y consiguió la igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y hombres, es violentamente atacado por estas políticas woke que lo que quieren es la desigualdad, es decir, tratar ahora peor a los hombres que a las mujeres.

Lo mismo ocurre con el tratamiento que los seguidores de la ideología woke dan a las demás identidades que, en algún momento de la historia, han sido oprimidas o maltratadas: los negros, los aborígenes de países colonizados, los homosexuales y transexuales, etc. O, incluso, nuestro planeta, que ellos han decretado que se está calentando como consecuencia de la acción del hombre y ¡ay del que lo ponga en duda!, cuando debería ser materia de estudio desapasionado.

Lo woke y la corrección política, que muchas veces son sinónimos, han creado, además, una neolengua, como la que denuncia Orwell en su 1984, que acaba por adueñarse de la manera de pensar de los ciudadanos, porque ya se sabe que el que domina el lenguaje acaba dominando la mente de los que lo usan.

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