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Esperanza Aguirre

El peso de la ideología

«Desde el PP no hemos sabido plantar cara a la superioridad moral de la izquierda: la partida no se juega en el campo de la gestión, sino en el de las ideas»

Opinión
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El peso de la ideología

El líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo. | Europa Press

Hace 40 años yo era una funcionaria del Cuerpo de Técnicos de Información y Turismo del Estado, destinada en el Ministerio de Cultura, y no militaba en ningún partido político. Entonces Felipe González había obtenido 202 escaños, y el pensamiento y la política socialdemócratas eran absolutamente hegemónicos en España y en casi toda Europa y el mundo occidental.

Y digo «casi» porque en Inglaterra Margaret Thatcher, en contra de todo el establishment ideológico occidental, estaba liderando una auténtica cruzada para reivindicar la libertad frente al comunismo, la responsabilidad frente al socialismo y la autonomía de los ciudadanos frente a la cada vez mayor intervención del Estado y de la burocracia en sus vidas. También en Estados Unidos Ronald Reagan llevaba a cabo una tarea similar.

Contemplar lo que pasaba en esos dos países, que para mí son los que más y mejor han defendido la libertad en los últimos siglos, y comprobar que en España no había voces como las suyas, fue la principal razón que me llevó a estudiar los principios ideológicos que los movían. Para ello, me ayudó participar en las actividades del Club Liberal de Madrid, que presidía Pedro Schwartz, y la lectura de los libros que publicaba Unión Editorial.

Así pues, el paso de afiliarme a la Unión Liberal fue una decisión profunda y absolutamente ideológica. Para simplificar, podría decir que di ese paso –que marcaría el resto de mi vida– porque estaba firmemente convencida de que la ideología liberal es, no solo la más correcta desde el punto de vista ético, sino que también es la que, llevada a la práctica, más bienestar y prosperidad proporciona a mayor número de ciudadanos, especialmente a los más desfavorecidos.

Mi móvil era –y sigue siendo- lograr que el Estado cumpla sus funciones: la defensa, la seguridad exterior e interior, la justicia y algunas obras públicas, como dijo Adam Smith. Y que no se inmiscuya en las vidas de los ciudadanos, que son los que le tienen que decir al Gobierno lo que tiene que hacer y no al revés. Los liberales no somos anarquistas, no queremos la desaparición del Estado. No queremos la desaparición del Estado, pero sí queremos que se desarrollen todos los mecanismos necesarios para limitar su poder.

Desde hace más de 30 años he creído encontrar en el PP el partido donde mejor puedo expresar mis ideas, es decir, mi ideología, y, cuando me han dado la oportunidad los electores, ponerlas en práctica. Creo que el desarrollo y la evolución de la Comunidad de Madrid, a partir de los cambios que introduje cuando tuve el honor de presidirla, avalan suficientemente la eficacia real de las políticas liberales que impulsé: la libertad de elección de colegio, de médico, de hospital, de horarios comerciales, las bajadas de impuestos, la educación bilingüe, la creación del bachillerato de excelencia, la supresión de subvenciones a patronales, sindicatos y partidos políticos, la creación de 12 nuevos hospitales públicos, la limitación a un máximo de treinta días para las listas de espera quirúrgica, o la autorización de construir una vivienda en los terrenos rústicos no protegidos con un mínimo de seis hectáreas. Todas esas decisiones y su puesta en práctica fueron acompañadas por explicaciones basadas en los principios ideológicos liberales, por los que yo me encontraba en política.

Ahora que con Feijóo se abre una nueva etapa en el PP después de las turbulencias de los últimos tiempos, creo que es muy importante recordar que en el PP sus militantes estamos para que nuestros ideales y nuestros principios sean puestos en práctica. Y recordar cuáles son esos principios fundamentales, sin los cuales el PP se convertiría en un simple gestor.

El PP tiene que defender la libertad, la iniciativa privada, la moderación fiscal, el mérito y el esfuerzo escolar, la independencia judicial, la unidad de la Nación y la concordia constitucional. Y el que no quiera dar la batalla por todo esto, sobra.

El PP tiene que defender la libertad de los ciudadanos frente a todo tipo de colectivismos, la iniciativa privada frente al intervencionismo del Estado, la moderación fiscal frente a la voracidad recaudatoria, el mérito y el esfuerzo escolar frente a la manipulación ideológica (¡esa sí!) de la enseñanza, la independencia judicial frente a la intromisión de los políticos, la unidad de la Nación Española frente al provinciano desmembramiento plurinacional, la concordia constitucional frente al sectarismo sanchista. Y esto es ideología. Y el que no quiera dar la batalla por todo esto sobra en el partido.

El panorama político, intelectual, mediático y cultural en España no hay duda de que está dominado por la izquierda. Esto quiere decir que la izquierda, aunque esté unida a etarras, a golpistas o a comunistas bolivarianos, siempre tiene ventaja en todos los debates políticos e ideológicos ante la opinión pública.

Esto es así porque nosotros, desde el PP, no hemos sido capaces de dar la batalla de las ideas, no hemos sido capaces de explicar en profundidad que nuestras ideas son mejores, mucho mejores, que las de la izquierda española. Porque nosotros no hemos sabido plantar cara a esa superioridad moral de la izquierda, que, en algunos casos, parece que hasta se la reconocemos.

Por eso me lleno de rabia cada vez que oigo a alguno de los nuestros presumir de que nosotros somos mejores gestores que los socialistas. Claro que somos mejores gestores, pero la partida no se juega en el campo de la gestión, sino en el de las ideas.

Tampoco me gusta escuchar a alguno de los nuestros decir que tenemos que ocuparnos de los problemas reales de los ciudadanos, refiriéndose en exclusiva a la economía. La economía de las familias es un enorme problema, pero a los ciudadanos les preocupan también otras cosas y a veces mucho más: que su Patria esté unida, que todos los españoles seamos libres e iguales ante la Ley, que se quite la presunción de inocencia a los hombres, que puedan elegir el tipo de educación y la lengua en la que quieren que se eduquen sus hijos, que España esté bien defendida, que tenga prestigio entre las naciones, que se le imponga una determinada interpretación de la Historia o que los planes de estudio no contemplen la instrucción para ocuparse del adoctrinamiento.

Cada vez que un político de la derecha saca pecho para defender lo bien que gestiona, pienso inmediatamente que su único objetivo es que, cuando la izquierda –que ha gobernado la mayoría del tiempo en los últimos 40 años– descarrile y coloque a España en una situación económica insostenible, le llamen para sacarla del atolladero. Y eso sí, cuando el peligro haya pasado, mandarle otra vez al banquillo de los reservas. Eso será así hasta que el centro-derecha no se convenza plenamente de la trascendencia absoluta de plantear la batalla cultural y de las ideas.

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