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Esperanza Aguirre

Las dos Españas

«Sánchez, Abascal, Feijóo y el que lidere Podemos tienen que hablarse, tratarse, respetarse y, en la medida de lo posible, apreciarse»

Opinión
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Las dos Españas

Alberto Núñez Feijóo y Pedro Sánchez. | Europa Press

Hace casi dos siglos, el Día de Difuntos de 1836, Larra escribió un artículo muy pesimista sobre la situación de España en aquel momento donde incluía la siguiente desoladora inscripción: «Aquí yace media España; murió de la otra media». Así, de esa manera, venía a reconocer que había dos Españas. No le faltaba razón si miraba lo que estaba ocurriendo entonces, en plena I Guerra Carlista. Hay que recordar que en ella murieron unos 200.000 españoles, cuando la población total no llegaba a los 13 millones. Lo que quiere decir que fue igual de sangrienta, si no más, que la Guerra Civil.

Pues bien, en los últimos dos siglos ha habido veces que esas dos Españas han chocado de manera trágica, sanguinaria y brutal, como en la última Guerra Civil.

Precisamente esa brutalidad de la guerra es la que tuvieron muy presentes los hombres del 78, cuando elaboraron la Constitución de la concordia, de la reconciliación y del consenso. La Constitución del abrazo entre esas dos Españas. Quizás el momento simbólico más expresivo de ese abrazo fue la presentación que Manuel Fraga, ministro de Franco y líder de la derecha hizo, en el Club Siglo XXI, del comunista Santiago Carrillo, responsable en algún grado de la salvajada de Paracuellos.

«Los hombres del 78 no pretendían que desaparecieran las dos Españas. Sabían que España, es decir, los españoles, las necesitan a las dos»

Los hombres del 78 no pretendían que desaparecieran las dos Españas. Sabían que España, es decir, los españoles, las necesitan a las dos. Que un país no puede progresar si, por un lado, no sabe de dónde viene y no respeta su Historia y sus tradiciones, y si, por otro lado, desprecia las innovaciones y se cierra en el inmovilismo. Sabían que España iría mejor si ninguna de las dos Españas intentaba eliminar o anular a la otra. Ese fue su gran éxito y su gran hallazgo. Por primera vez desde Larra, las dos Españas se abrazaron y se comprometieron a respetarse siempre por el bien de los españoles.

Durante la Transición, los políticos de izquierda y de derecha tuvieron siempre muy presente lo que había ocurrido en el siglo anterior, lo que había pasado durante la II República y lo que había supuesto la Guerra Civil y su desenlace. Entre otras razones, porque una buena parte de ellos lo habían vivido en primera persona.

Sabían que el máximo teórico y protagonista de la II República, Manuel Azaña, quiso hacer una república solo para los republicanos. Ya en octubre de 1931, cuando aún no habían ni terminado de redactar la Constitución de la República, se promulgó la Ley de Defensa de la República que llegaba a castigar hasta a los que tuvieran la osadía de escribir algo que pudiera considerarse «apología del régimen monárquico». Por eso los protagonistas de la Transición quisieron que en la Monarquía parlamentaria que estaban creando cupieran, sin problemas, los republicanos. ¡Qué enorme diferencia y qué superioridad moral absoluta la de nuestro régimen del 78 sobre aquella república del 31!

También quisieron dejar claro que nadie utilizaría el nuevo régimen como una etapa transitoria para, después, imponer sus objetivos últimos. Se acordaban del golpe de Estado del 34, cuando los socialistas quisieron cargarse la República cuando gobernaban democráticamente las derechas.

Sin embargo, hoy en la vida política española parece haber desaparecido ese afán de convivencia que inspiró a los constituyentes del 78. Por lo que se impone la ya clásica pregunta de Vargas Llosa: «¿Cuándo se jodió el Perú, Zavalita?». Me atrevo a señalar un hito en esa deriva hacia el enfrentamiento encarnizado: el pacto del Tinell, aquel acuerdo que adoptaron socialistas y nacionalistas para comprometerse a no pactar con el PP en ningún ámbito, ni municipal, ni autonómico ni nacional. Aquello fue una manifestación inequívoca de que una España quería dejar fuera de juego a la otra. El clavo de esa voluntad de anularla lo remachó Zapatero cuando los micrófonos le traicionaron y todos pudimos escuchar cómo le decía a Gabilondo: «Nos conviene la tensión».

«No nos conviene la tensión. Por eso no puede haber cordones sanitarios hacia el que no piensa como tú. Ni descalificaciones sectarias»

Pues no, no nos conviene la tensión. Por eso no puede haber cordones sanitarios hacia el que no piensa como tú. Ni descalificaciones sectarias. Por eso hay que restaurar la convivencia y la cordialidad cuanto antes. Por supuesto que todos los políticos pueden y deben defender sus ideales y sus principios con toda la energía y toda la crudeza que crean necesarias, faltaría más, y ahí está el ejemplo de los Comunes británicos. Pero siempre tienen que tener presente que sus rivales también quieren lo mejor para España, como ellos. Y en eso, aunque a algunos les cueste reconocerlo, están unidos: en querer lo mejor para España cada uno a su manera. Aparte de que tienen que saber que España siempre irá mejor cuando ninguna de las dos Españas anule a la otra, porque los españoles las necesitan a las dos.

Sánchez, Abascal, Feijóo y el que lidere Podemos tienen que hablarse, tratarse, respetarse y, en la medida de lo posible, apreciarse. Aunque en el Congreso discutan y debatan con dureza.

No está de más recordar el ejemplo de Indalecio Prieto. En el 34 fue uno de los principales golpistas. En el 36 algunos de sus hombres fueron los que asesinaron a Calvo-Sotelo, y no asesinaron a Gil Robles porque no lo encontraron en su casa. Pues bien, en 1947, después de la tragedia española, se reunió con ese Gil Robles para planear cómo podría ser la democracia en España. ¡Qué diferente hubiera sido la Historia de España y cuántos muertos y tragedias nos habríamos ahorrado si la cordialidad del 47 hubiera existido en el 36!

A mi nivel, yo también añoro aquellos años 80 y 90, cuando yo podía ser amiga de concejales comunistas como Alfredo Tejero (q.e.p.d.) o de socialistas como Juan Barranco. O ya en este siglo mantener cordialidad y confianza con mi a veces rival Rafael Simancas.

«Puede haber dos Españas pero ninguna Antiespaña»

Otra cosa son los que, directamente y sin miramientos, quieren acabar con España, pero con esos solo cabe la unión de todos los que creemos que con la realidad histórica de España no se juega. Y que puede haber dos Españas pero ninguna Antiespaña.

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