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Andreu Jaume

Malraux y los huéspedes de paso

«La publicación de los escritos de André Malraux permite hacernos una idea de la vigencia del autor, muchas de cuyas preocupaciones parecen concebidas para el siglo XXI»

Opinión
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Malraux y los huéspedes de paso

André Malraux en 1933. | Agence de presse Meurisse

Hay libros que aguardan su hora para ser redescubiertos y servir de antorcha para iluminar otro tiempo. Es el caso de El espejo del limbo, los dos volúmenes en los que André Malraux reunió sus escritos autobiográficos, desde las Antimemorias hasta La soga y los ratones, que incluye piezas de muy diversa índole, todas extraordinarias. El propio Malraux dice en algún momento que él escribe para los que están por venir. Y esos ya somos nosotros. Adentrarse en estas páginas supone volver a ver el siglo XX con otros ojos, disfrutar de la experiencia privilegiada de un escritor que fue también aventurero, ministro, experto en arte, buen conocedor de la cultura asiática y testigo de todos los grandes acontecimientos de su época. Después de su muerte, su figura quedó un tanto desdibujada precisamente por culpa de esa versatilidad y también por el puritanismo ideológico que ha determinado en Europa la historia de la literatura.  Pero ahora, gracias a la excelente traducción que acaba de publicar Debolsillo de El espejo del limbo, con prólogos magníficos de Ignacio Echevarría, il miglior fabbro, podemos hacernos una idea de la vigencia del autor, muchas de cuyas preocupaciones parecen concebidas para el siglo XXI.

Una de las partes que conforman La soga y los ratones se titula Huéspedes de paso y recrea la conversación que Malraux tiene en su despacho del ministerio con Max Torres, un personaje ficticio, moldeado con rasgos de José Bergamín y de Max Aub, compañero de desventuras durante la guerra civil española. Malraux lo describe como «un Voltaire de pelo blanco» que durante la guerra había sido secretario de Estado en Cataluña, «expsicoanalista» y «comunista a medias» al que el partido miraba con malos ojos. A partir de 1938, Torres se había exiliado, primero a México y luego a Berkeley, donde dirigía un seminario sobre química cerebral. La conversación tiene lugar en mayo de 1968, en plena revuelta estudiantil. Mientras los dos amigos, que llevan mucho tiempo sin verse, charlan sobre la herencia de su siglo, Malraux no deja de recibir télex del Ministerio del Interior informándole de los disturbios callejeros. La memoria humeante de esos dos viejos combatientes, ya desengañados, escépticos y socarrones, se superpone a lo largo del relato a la protesta de una nueva generación que intenta, otra vez, cambiar el mundo. El diálogo se organiza así en una estructura contrapuntística entre dos perspectivas de la realidad en el que abundan fogonazos que nos sirven para explicar cosas de nuestros días. Max Torres, hablando de los estudiantes, dice por ejemplo:

«Yo no creo en lo que todo el mundo cree, pero tampoco en lo contrario. En cuestiones de ideologías políticas, el hecho de dejar constancia de que la izquierda es estúpida no significa que la derecha sea inteligente. Nunca he podido soportar la mentira y la gilipollez a la vez».

Para ellos, Europa se estaba convirtiendo en algo irreconocible. La Unión Soviética era enorme. El Imperio Británico había desaparecido. Argelia era independiente. A Max Torres le sorprende que París, después de treinta años, ya no tenga el característico color negro de la mugre acumulada y sea ahora una ciudad limpia y alegre. Los dos pasan revista luego a las ideas en las que se educaron. Torres ya no soporta el «freudomarxismo» por culpa de esa «realidad de chicha y nabo en la que vivimos»:

«Cuando estudiaba en vuestra Sorbona, ¿qué me enseñaban? ‘Existe un valor de valores, que es la verdad. La verdad es todo aquello que se puede comprobar’. ¡Freud y Marx darían el visto bueno a la frase, por supuesto! Pero ya empiezo a estar más que harto de esa otra frase de Marx que todo el mundo cita: ‘No se trata de comprender el mundo, sino de cambiarlo’. ¿Y qué tal si dejásemos un rato de cambiar el mundo e intentásemos comprenderlo, pura y simplemente?».

Malraux, con una clarividencia casi inverosímil, intuye que después de las ideas regresarán los sentimientos y las emociones como huéspedes de paso en un siglo que volverá a ser gregario y fundamentalista

Mientras los estudiantes volvían a las barricadas, Torres introduce una reflexión que parece prestada del budismo y que Malraux conocía muy bien. Para los budistas, no es posible cambiar el mundo exterior, que siempre estará sujeto a vaivenes y catástrofes. Uno tan sólo debe intentar vivir en paz y en gozo, «aun entre los preocupados», como dice una de las sutras. La cita de Marx, por otro lado, procede de las Tesis sobre Feuerbach y dice exactamente: «Los filósofos se han encargado hasta ahora de interpretar el mundo de diversas maneras, pero de lo que se trata es de transformarlo». Heidegger denunció sin piedad la contradicción intrínseca de esa frase cuando observó que la transformación del mundo concibe un mundo en transformación y que una tal concepción sólo puede ser lograda mediante una determinada interpretación. Para Heidegger, la frase se evidencia por ello como «no fundamentada», ya que la primera parte se dirige contra la filosofía, mientras que la segunda admite implícitamente la necesidad de la misma. Malraux y Torres sobrevolaban con altura las consecuencias de su propio tiempo, como si ya supieran qué iba a ocurrir con esa nueva tentativa de cambiar el mundo. 

Un poco más adelante tiene lugar uno de los momentos álgidos del diálogo. Empieza Torres:

«–Yo, cuando pienso en las cosas que se han ido, me acuerdo de las ideas. Los huéspedes de paso. Creía que durarían mucho más que yo. Me acuerdo sobre todo de los mitos, bueno, lo que llamábamos mitos cuando en realidad no sabíamos en qué consistían. El Inconsciente, el Progreso, la Revolución, etcétera. Los huéspedes de paso, sí, ¡eso es!

–Decíamos mitos por la palabra mitología. La libido en lugar de Venus.

–¡Y la historia en lugar de dios, pura y simplemente!

–No. Me he dedicado a buscar qué tienen en común la Historia y el Inconsciente, el Progreso, la Nación, el Partido, todo ese Olimpo tuyo. Todos ellos, desde la Razón hasta los complejos y los partidos totalitarios (los únicos verdaderos…), son asesinos de dioses. Y sus herederos…Pero nuestras abstracciones necesitan una especie de alma…

–¿Y cómo la consiguen?

–Encontrando enemigos. Nuestra civilización utiliza un vocabulario racional incluso para lo irracional. Pero vivimos entre ectoplasmas, las materializaciones, tal y como lo entiende el espiritismo. En la Antigüedad encarnaban las fuerzas para poder divinizarlas; nosotros encarnamos los conceptos. Tus huéspedes de paso (Inconsciente, Progreso, Revolución, Proletariado) son ectoplasmas. Ideas que cargamos de futuro, de mayúsculas…Todo el mundo se apunta; dentro de mil años se investigará quiénes fueron el dios Inconsciente y la diosa Revolución, pero nosotros vivimos con ello».

Van desfilando así todos los mitos de su generación, que Torres, sobre todo, destripa sin contemplaciones: el psicoanálisis («en nombre de la curación de personas a las que casi no curan, se divierten hurgando en todos los demonios que la humanidad lleva consigo»), el cientifismo optimista («para Renan el paraíso iba a ser la ciencia del siglo próximo. Entre él y nosotros están los campos de exterminio y la bomba atómica»), el marxismo («Marx pretende desvelar el secreto del capitalismo. Sin embargo, cuanto más repugnante sea el secreto, mejor. Marx y Freud juntos, ¿y por qué no Nietzsche? resultan de lo más interesante»), el individualismo («Qué caras hubieras puesto si a los veinte años tu quiromántica te hubiera dicho: usted verá el ocaso del individualismo»), el sexo («todo el mundo se comporta como si lo más importante entre ambos sexos fueran los genitales. Dentro de cien años los estudiantes, los profesores y los demás gilipollas andarán por ahí como si les hubieran amputado algo»), la revolución («una mezcla de nihilismo y verbena»).

Es bastante impresionante comprobar hasta qué punto nosotros somos hijos de esos huéspedes de paso, algunos de los cuales siguen muy vivos, aunque transformados en esta realidad frágil y virtual del siglo XXI que disimula una enorme violencia. Malraux, al igual que Canetti, desarrolla en su obra una idea muy poderosa de las metamorfosis, en el arte lo mismo que en la religión y en la política. En la Antigüedad, los dioses habrían sido encarnaciones de fuerzas tectónicas, mientras que la modernidad habría divinizado las ideas. El siglo XX iba a ser el siglo de la felicidad y de la definitiva emancipación, pero trajo el horror. «Nuestro poder va vinculado a nuestra emancipación de los dioses, ¿sabes? Pero nuestra obediencia también». Malraux, con una clarividencia casi inverosímil, intuye que después de las ideas regresarán los sentimientos y las emociones como huéspedes de paso en un siglo que volverá a ser gregario y fundamentalista. «Nuestra civilización es la primera que no ha dado ninguna importancia al alma». Ahí despunta ya el actual discurso biológico, que niega la voz trascendental y al mismo tiempo dibuja un horizonte escatológico basado en una utopía técnico-científica que promete tanto el paraíso como el apocalipsis. Empezamos a ver cuáles serán nuestros huéspedes, aunque aún resulta muy difícil imaginar el paisaje que dejarán a su paso. 

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