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Juan Marqués

«Llueve luego existo»: los aerolitos de Carlos Edmundo de Ory

«Yo, en mi casa, no coloco los libros de aforismos en las estanterías de poesía, pero los aerolitos sí»

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«Llueve luego existo»: los aerolitos de Carlos Edmundo de Ory

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Hace sólo tres años, en el prólogo a una pequeña selección de «aerolitos» que organizó para la editorial sevillana Isla de Siltolá, el poeta José Ramón Ripoll afirmó que, al intentar con ellos sumergirse en «el centro del ser y de la tierra», los peculiares aforismos de Carlos Edmundo de Ory «se diferencian de otras literaturas breves en que precisamente no son literatura, sino ramificaciones nerviosas de un núcleo vitalísimo que nos recuerda en todo momento que estamos vivos».

Quien haya leído algo de Ory o, sobre todo, quien esté dispuesto a hacer el esfuerzo de entenderlo, no tardará en reparar en que Ripoll no exagera con esas descripciones o esos arrebatos, pues la ambición de Ory fue realmente de naturaleza nuclear, radical en el sentido más noble y verdadero del objetivo. Se ha hablado mucho de la importancia en la historia de la poesía de «la conciencia de la muerte», pero para abordar la obra de los de la estirpe oryana se hace necesario referirse a la conciencia de la vida, mucho menos aludida y probablemente mucho más determinante.

En el caso de Ory, desde luego, no pueden distinguirse una de otra: su actitud ante la experiencia de la existencia es total totalizadora y hasta totalitaria. Se da en él una avidez de percepciones, experiencias, conocimientos, curiosidades y apetitos que en absoluto se calman con las lecturas, los viajes o las conversaciones: de ahí, también, su soledad, su inconformismo, su rebeldía, su declarado odio hacia cualquier tipo de acomodamiento, reducción o seguridad. La vida es movimiento inagotable, la vida es tan infinita como la muerte, no hay otra forma de vivirla sino a la intemperie. Y no hay tampoco forma de abarcarlo todo pero alguien tenía que intentarlo, y en sus aerolitos, como acaba de explicar su nuevo comentarista, Ignacio F. Garmendia (quien probablemente es, por cierto, el mejor crítico literario en el panorama español de hoy, el que más ideas de primera mano tiene y el que mejor sabe explicarlas), se da mejor que en ninguna otra región de su literatura «esa rara y originalísima combinación de pensamiento, poesía, mística y humor que asociamos al autor gaditano».

La editorial Firmamento, también gaditana, acaba de poner en circulación una nueva edición de los aforismos de Ory, con la novedad de que aquí ya no son todos los que están, sino que, en principio, están todos los que son. De ahí su temerario título, Aerolitos completos, que reúne 2450 piezas, 254 de las cuales no habían conocido nunca las prensas.

No se sigue ningún tipo de orden cronológico, temático o formal, ya que ordenar este caudal de seres vivos atentaría contra la misma línea de flotación del espíritu del autor. Los aerolitos no aceptan bien ningún posible ordenamiento, por no aceptar de ningún modo el más remoto resabio de mansedumbre, de envaramiento o de previsibilidad, y así, aquí tenemos, en dichosa y locuaz mezcla, textos que tampoco aceptan bien el comentario, la glosa. Lo que les une es la brevedad, y poco más. A partir de ahí, hay numerosas variantes de aerolitos, diferentes posibilidades, desde citas de un libro, recuerdos, juegos de palabras, comparaciones, paradojas, desahogos o lo que propiamente podríamos considerar monósticos.

Hay, en fin, aerolitos anecdóticos, casos y cosas leídas o escuchadas (o, en muchos casos, seguramente inventadas) que le parecen sorprendentes en sí mismos, y a la vez misteriosos, es decir, que tienen alguna implicación que trasciende la simple curiosidad y que muchas veces son como detalles mínimos en la vida de alguien ilustre, con lo que se inventa algo parecido a la «microbiografía» («Byron en Cambridge criaba un oso», «Sir Arthur Conan Doyle coleccionaba fotografías de hadas»…); hay también, decía, citas, probablemente muchas apócrifas, o que se atribuyen a un sujeto impersonal (o, mejor, impreciso), junto a intuiciones encendidas de poesía pura que ha tenido el propio poeta («Alguien comparó la escritura japonesa con la lluvia»); leemos preguntas inquietantes («¿De qué color es el silencio?», «¿Hay tantas estrellas en el cielo como hormigas en la tierra?»…) junto a informaciones recogidas, noticias o rumores de la prensa, datos, estadísticas y constataciones desasosegantes («En la Biblia no hay patatas ni tomates ni chocolate») y casualidades que a veces casi tienen algo de paradojas («Año 1642: muere Galileo, nace Newton»); también hay definiciones, textos más próximos a lo que ortodoxamente se entiende por «aforismo», que a veces se acercan a las kenningar de las sagas islandesas, es decir, tropos extremos («La guerra: fiesta de la muerte»); hay etimologías tan ocurrentes como aberrantes, se proponen neologismos, y hay, ya se ha dicho, bocetos de versos, microrrelatos, pequeños diálogos, chistes o listas (por ejemplo, de aquellos que coleccionaban mariposas) o, en fin, afirmaciones muy discutibles («En el pensamiento no hay rimas, oh poetas») al lado de proyectos literarios de una belleza potencial insoportable («Nadie ha escrito la historia de la lluvia»).

También se le escapa algún topicazo, claro («No nos damos cuenta de que estamos muertos, creyendo que estamos vivos», «No creo en nada salvo en la Nada»…), y a mí, personalmente, me irritan un poco los que podríamos catalogar como «intraducibles», esto es, los juegos de palabras («Apura la vid de la vida», «El humor del humo», «Nuestros seres afines son serafines», «¿Por qué te vas a Tebas?»…, aunque también los hay muy bonitos: «Besos comunicantes»); y hay aerolitos estrictamente ideológicos, cercanos, digamos, al lema o a la pancarta («Maldito sea el pan que no come el pobre!»), pero también algunos donde de forma muy sutil declara Ory de qué lado de la Historia quiere estar («¡Qué suerte tuvo Alejandro de conocer a Diógenes!»); asistimos a una reformulación de la paremiología («No pidáis peras al alma», «El lobo es un hombre para el lobo»…) y también a arrebatos de moralismo (en el mejor sentido de la palabra, como en el fantástico «Dios existe lo mismo que existe la responsabilidad»); hay inversiones («Ciegos son aquellos que no ven lo invisible», «Yo veo molinos de viento en los gigantes»…), se flirtea de forma hermosísima con el absurdo («Las campanas de algodón») o recibimos una lógica tan dislocada como luminosa («El fuego es bello, luego el Infierno es bellísimo»); hay en algunos aerolitos una voluntad de normalizar lo extraordinario, a veces con ánimo iconoclasta o irreverente (es genial eso de que «Todos los santos son iguales»), con clara prioridad por esos asuntos teológicos y angelicales que obsesionaban a Ory; y hay también, propiamente, greguerías, fácilmente reconocibles por su particular color («Las pompas de jabón no cogen polvo», por poner un ejemplo claro, o también es de naturaleza ramoniana ese, tan impresionante, de que «Me preocupa la luna», que me hace pensar en mi texto favorito de Ramón Gómez de la Serna, aquella alucinante intuición de que «La luna está llena de coches robados»; esta greguería es para mí lo que para Luis Buñuel, según contó en sus memorias, era aquella afirmación surrealista de Benjamin Péret que decía que «¿No es verdad que la mortadela la fabrican los ciegos?», es decir, verdades indiscutibles por las que nos dejaríamos matar, no renegaríamos de la exactitud de tales descubrimientos ni bajo la amenaza de las peores torturas).

Pues bien, todos los ejemplos citados, todos, proceden de las cincuenta primeras páginas de aerolitos de un libro que consta de doscientas, aparte de la ejemplar introducción de Garmendia y una bibliografía que es un regalo para los frikis de esas cosas. Quiero decir que la explosión de belleza, inteligencia y vandalismo literario al que asistimos en estos Aerolitos completos de Firmamento es tan inmensa como pequeñas son cada una de sus piezas. Moneda a moneda, ya se sabe, se obtiene una fortuna, y algo más: yo, en mi casa, no coloco los libros de aforismos en las estanterías de poesía, pero los aerolitos sí.

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