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Diogo Noivo

Días atlánticos

«La llegada del estío inicia la habitual migración masiva del ‘homo europeus’ en dirección a la orilla marítima»

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Días atlánticos

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Las patrias se ponen el bañador. La llegada del estío inicia la habitual migración masiva del homo europeus en dirección a la orilla marítima, un fenómeno que adquiere el carácter litúrgico de un rito iniciático. Mi país por un metro cuadrado de arena, parecen decir. El despliegue es arrollador: toallas, sombrillas, cortavientos, mochilas, palas, sillas, pequeñas neveras, y pavorosos altavoces cuya legalidad delata lo mucho que todavía queda por hacer en el Estado de Derecho. Con menos medios se ha invadido a Irak.

Tenía razón Sophia de Mello Breyner Andresen al escribir que la belleza del «mar sonoro, mar sin fondo, mar sin fin» aumenta cuando estamos solos. Se refiere a esa solitud ofrecida por los inviernos de olas rebeldes y viento cortante. Esa época del año en que uno se adueña de la playa por derecho de conquista. 

Nombre mayor de la poesía lusa del siglo XX, Sophia encontró en el mar no un simple escenario donde discurren acciones y sentimientos, sino un espacio vital imprescindible al pensamiento y a la vivencia plena. Decía que mitad de su alma se hacía de maresia, palabra extraordinaria que no dispone de traducción inmediata en español, empleada de este lado de la raya para nombrar el aire que viene del océano, impregnado de intenso olor a sal y a vida marina, sobre todo en período de baja mar. A oídos hodiernos, el apego a la solitud y las hipérboles, vías únicas para la sublime belleza del mar, suenan a afectación clasista. Es el precio a pagar.

A Pessoa el océano le atizó la vena nacional. Mezcló épica, lírica, melancolía y una dosis generosa de resignación – componentes esenciales del alma portugués – para preguntarle al mar salado cuánta de su sal eran lágrimas de Portugal. «Para que te cruzáramos, cuántas madres lloraron/cuántos hijos en vano rezaron/cuántas novias quedaron por casar/para que fueses nuestro, mar». Una oda a los Descubrimientos del siglo XV, otrora motivo de alabanza, hoy devenidos en oprobio intergeneracional, una suerte de crimen que la patria deberá expiar con vergüenza ardiente e impuestos retroactivos. Glosar la aventura naval lusa, el dar «nuevos mundos al mundo» que Camões inscribió en el canon literario, es fascismo por antonomasia – y avant la lettre por quinientos años –. Desconfío, además, que lo de las novias por casar encierre algún tipo de ofensa heteropatriarcal.

«Cambian las costumbres y las referencias morales se adaptan. Las mudanzas sociales son a menudo injustas – las tonterías woke lo son siempre–.»

Cuando el tema es el Atlántico, la falta de corrección política es patrimonio nacional. Véase el caso de Gonçalo Cadilhe, que de haber publicado ahora su artículo sobre la sal en el cuerpo sería quemado en la pira de la purificación moral. Viajante intrépido y surfero por vocación, afirma que solo las amantes disfrutan de la piel curtida por el mar. «A las madres y a las mujeres no les gusta la sal en el cuerpo. (…) Corresponde a la madre y, posteriormente, a la esposa, lavar las fundas de las almohadas y las sábanas manchadas con el agua salada que nos escurrió por la nariz durante la noche».

Como si esto fuera poco, se atreve a continuar: «A la madre y, años después, a la esposa, no les gusta la sal en nuestros cuerpos porque les recuerda el amor que tenemos por el mar. La sal que encuentran en nuestros cuerpos es una violación a su privacidad, porque ni dentro de su propia casa pueden olvidar el mundo que tenemos afuera. La sal en el cuerpo es la equivalencia física, táctil, sensorial de la obsesión en el espíritu, de la pasión infinita que recorre nuestra existencia».

En sentido contrario, la amante encuentra divertida la sugerencia de espacios abiertos y horizontes luminosos en la piel áspera y salada. «Se siente transportada a un universo de viento y sol (…). Hay algo de inédito en esta piel que podría ser de un marinero irlandés, un pescador siciliano, un pirata sarraceno. Sus fantasías levantan el vuelo con esa piel». Asombra, pero Cadilhe salió indemne tras escribir algo así.

Cambian las costumbres y las referencias morales se adaptan. Las mudanzas sociales son a menudo injustas – las tonterías woke lo son siempre–. En fin, nos salvará la historia. Al menos es lo que sugiere António de Sousa Homem, conservador a vieja usanza, amante del mar invernal, autor epistolar de tal forma reservado que hay quienes desconfían de seudónimo. Sea como fuere, nos recomienda paciencia, ya que la historia regresa a menudo para reírse, o bien de las cosas modernas, o de las ganas de crear modas.

Tengo todos los defectos de estos autores y ninguna de sus virtudes: me fascina la solitud atlántica a que se refiere Sophia; subscribo la idea de propiedad usada por Pessoa para hablar del mar; y desde mi adolescencia que comparto la pasión de Cadilhe por las olas y por la sal, aunque discrepo de su crítica a madres y mujeres – y no solo porque las mías leerán este artículo – . Espero con resignación y mohína la vuelta de días atlánticos hechos de oleaje tempestuoso. Mientras tanto, porque soy un demócrata, me uno a la migración con destino a mi metro cuadrado de arena.

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