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José Carlos Llop

Espacios para escribir

«Lo primero que suele hacer un escritor cuando llega a una casa que no ha habitado antes es buscar dónde se encontrará mejor para escribir»

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Espacios para escribir

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Me gustan los estudios de los pintores –se está bien en ellos– y me gusta visitar casas de escritores muertos porque a los vivos no hay que molestarlos. Algunas –Victor Hugo en la plaza de los Vosgos, por ejemplo, o d’Annunzio junto al lago Garda– son mausoleos sin restos de vida. Tienen una vocación teatral –como la tenía a veces la prosa de ambos– que las desarticula en cuanto escenarios de creación; es decir, de vida elevada. Otras –curiosamente, suelen ser las más modestas– nos hacen respirar la atmósfera de la obra de quienes las habitaron. 

Esto suele ocurrir porque fueron casas llenas de vida, no sólo dedicadas al egocentrismo –tan necesario a veces– del escritor, sino también a una familia o dos y a los amigos que pasaron por ellas. Pienso ahora y por no extenderme en nombres ni en distancias, en la casa de Robert Graves, en Mallorca, una casa que visité por primera vez estando él aún vivo y que visito acompañando a algún amigo o amiga de viaje por la isla, ahora que se ha convertido en casa-museo y Graves hace casi cuarenta años que no está. Peco de temerario: ¿no está? No diría lo mismo cuando vuelvo a su casa. Pero en fin: en todas estas casas suele haber un espacio sagrado, una especie de altar, que es el lugar donde el escritor se encerraba a cumplir con su destino. 

Tal vez por eso, lo primero que suele hacer un escritor cuando llega a una casa que no ha habitado antes es buscar –o mejor, detectar– en qué pieza de la misma se encontrará mejor para escribir y aquí ya entran todas las manías: si le basta una celda de monje, una gran sala con biblioteca, ningún libro cerca, cara a la pared, mirando a una ventana o de espaldas a ella. Si la mesa ha de estar orientada al norte o al sur o si quiere estar en el corazón de la ciudad, cerca del mar o en plena montaña. Y si esa pieza no aparece –lo sabrá al cabo de un tiempo y después de varios cambios– lo mejor que puede hacer es abandonar la casa y buscarse otra. 

«Nadie que conozca este mundo diría como primera causa de un cambio de casa que un escritor se está separando de su mujer»

Pero hasta ahora me he referido a escritores estables y existe otra categoría que es la de los nómadas, lo sean por lugares apenas explorados o viajando de habitación de hotel en habitación de hotel y escribiendo en un café, en una terraza, en un banco de jardín, en un aeropuerto, o en un caravanserai. Tanto le da y es la potencia de su escritura el eje de sus costumbres y el imán que lo sienta donde sea, nada más. En ellos, las manías de los estables no existen y la escritura es un imán que los fija al centro de la tierra por mucho que se muevan alrededor de ella.

Nadie que conozca este mundo diría como primera causa de un cambio de casa que un escritor se está separando de su mujer. No digo que no ocurra pero no sería el argumento primero o principal de una mudanza. Cuando un escritor cambia de casa repentinamente, tenga mujer, hijos o lo que sea que tenga –perros, iguanas o lémures–, el cambio suele estar relacionado con el comienzo de un nuevo libro, para el que necesita un espacio distinto al que tenía hasta entonces.

Recuerdo que en la casa de Cela en Palma, en el barrio de La Bonanova –una casa grande, de espacios enormes, con jardín y vistas al mar–, el escritor gallego tenía dos pequeños cuartos donde escribía sus libros: en uno la novela en marcha y en otro los encargos alimenticios. Pero esa separación entre unas cosas y otras era, en el caso de Cela, importante. Y lo es para muchos otros que no viven solos y a solas consigo mismo todo el día y tienen toda la casa para sí. Cuando Cela se fue de su casa palmesana no lo hizo para escribir un libro sino porque se enamoró de una posibilidad de vida distinta; el resto está contado en un excelente –y cruel– libro de Umbral, que había admirado al escritor Cela, como éste admiró al escritor Baroja. Se titula, por si les interesa, Cela, un cadáver exquisito.

Desde luego, cuando abandonó Mallorca ya no escribió nada de interés. Esta semana se ha publicado una noticia que, de ser cierta –hoy en día hay que dudar hasta de la propia sombra–, podría ocultar otra noticia: una nueva novela de Vargas Llosa en ciernes o a la vista. Dicen que el escritor limeño se ha trasladado a su antiguo piso de Madrid y lo dicen como si hubiera decidido abandonar la casa donde vivía, con todas sus consecuencias. No nos interesa. Como un escritor sólo cambia para mejorar su trabajo, lo que sí nos interesa es esa novela que, como La carta robada, de Poe, está ahí ante todos nosotros, aunque sea en estado larvario y en el hecho –de ser cierto– de retirarse a su piso madrileño. Para escribir. El resto no es literatura.  

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