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Fernando Savater

A Javier, in excelsis

«Ya ves qué largo rodeo y vana erudición utilizo para no referirme a lo que más me importa: cuánto te echo de menos»

Opinión
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A Javier, in excelsis

Javier Marías.

Una de mis muchas manías es enterarme del lugar, la fecha y la causa del fallecimiento de mis actores, escritores o artistas favoritos. Ya sé que es más lógico informarse de las circunstancias de su nacimiento, porque este dato suele influir en la trayectoria del personaje mientras que la muerte no sirve más que que para cerrar el álbum de recuerdos. Sin embargo no puedo vencer mi afición tanatófila: sólo cuando sé cómo acaba una trayectoria vital me parece conocer de veras al sujeto.

De modo que desde hace tiempo, cuando acabo de ver mi película de buenas noches (casi todas antiguas de varias décadas) busco en los inagotables archivos de internet el nombre del o la protagonista y repaso su lápida para ofrecerle mi póstumo homenaje. La primera vez el escudriñado fue un excelente actor, Brian Keith. Encontré un breve y sabroso vídeo titulado «La vida y el triste final de BK». Como Keith se suicidó a los setenta y cinco años (vaya, mi edad) destruido por la muerte -también por propia mano- de su hija, comprendí lo del «triste final» del título del vídeo. Pero continué viendo documentales de la misma serie y todos se llamaban «La vida y el triste final de…», aunque los biografiados hubiesen fallecido nonagenarios de un fallo cardíaco o de cualquier otra dolencia común y corriente. Comprendí que para el guionista cualquier final, por pacífico y nada sobresaltado que fuese, era sin remedio triste. Triste… porque era el final. Le cogí simpatía a ese desconocido que no se dejaba persuadir por las circunstancias apacibles de una muerte para absolverla de su intrínseca tristeza. Nunca he entendido eso de «una buena muerte» lo mismo que me parece una chorrada lo de «una caída muy tonta»: ninguna caída demuestra inteligencia y hay muertes peores o mejores, pero todas malas porque lo bueno es no morirse.

Querido Javier, mi increíble recién muerto Javier. Ya ves qué largo rodeo y vana erudición utilizo para no referirme a lo que más me importa: cuánto te echo de menos

Quienes somos lectores antes que cualquier otra cosa nos interesamos especialmente por cómo los escritores viven la muerte. Por su oficio deben verla desde dentro, como con mayor acuidad y mejor información que los demás. Deberían poder contar su llegada, su proximidad creciente. En esto siguen siendo insuperables las últimas palabras de Fontenelle, el ingenioso autor ilustrado que estaba a punto de cumplir un siglo (no cien años de los de ahora sino de los del XVIII). Un familiar le preguntó si le dolía algo: «¿Qué siente usted, señor Fontenelle». Y recibió esta respuesta que justifica haber vivido hasta entonces: «Una cierta dificultad de ser».

Uno de los escritores actuales que se ha preocupado más de cómo mueren los grandes autores es Martin Amis, mi preferido entre los anglosajones del último medio siglo. En Experiencia contó el «triste final» de su padre, Kingsley, un novelista quizá aún mejor que él (relean si pueden The Green Man, una narración fantástica que se resiste a la fantasía). En su hasta ahora último libro autobiográfico, llamado precisamente Desde adentro, Martin Amis dedica la parte final a contar los «tristes finales» de tres autores que admiró, que le inspiraron como lector y como escritor: un poeta, Philip Larkin, un novelista, Saul Bellow, y un ensayista, Christopher Hitchens. Esta sección del libro se llama ‘El acto de morirse’ pero lo que cuenta con dolorosa fascinación es el acercamiento a la muerte de tres especialistas en revelar la intimidad mortal de los humanos. El relato más emocionante es el largo final de Christopher Hitchens, sin duda el menos destacable de los tres como literato pero el más joven (poco más de sesenta años) y amigo, o incluso cómplice vital de Amis. Tres perspectivas del crepúsculo por el que todos debemos pasar, para el cual no hay aprendizaje ni recomendaciones analgésicas que valgan. 

Querido Javier, mi increíble recién muerto Javier. Ya ves que largo rodeo y vana erudición utilizo para no referirme a lo que más me importa: cuánto te echo de menos. Pero un pensador al que ambos admiramos recomendó el silencio cuando llegamos a aquello de lo que no se puede hablar.

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