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Carlos Granés

El apocalipsis y el mundial

«Ha habido muchas otras amenazas en el pasado, pero ninguna había generado tanta ansiedad con respecto al futuro de la especie como el cambio climático»

Opinión
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El apocalipsis y el mundial

Una manifestación por el cambio climático.

El exhibicionismo moral, esa tentación a mostrarse consternado, incluso compungido, por alguna desgracia humana, es uno de los rasgos de nuestra época. No sólo las redes sociales, también el entretenimiento, los museos o los encuentros universitarios se han convertido en escenarios donde es legítimo poner en marcha esa pequeña performance que consiste en demostrar virtud frente a la miseria y la degradación del mundo. Cualquier evento que se programe, bien sea artístico, académico o político, tiende a convertirse en otra cosa: la oportunidad para lanzar un sermón o una profecía, las dos cosas a la vez, que congregue a los puros allí presentes en un islote de virtud cuya misión es abrirle los ojos, «concientizar», a los que pastan indiferentes en la masa.  

¿Qué está causando este fenómeno? ¿Por qué hoy en día, como antes en el medioevo, surgen profetas por todos lados? ¿A qué se debe esa insoportable costumbre de sermonear y aleccionar moralmente cada vez que se recibe un premio o se participa en un evento, generalmente deportivo, que recibe una cobertura global? Es muy tentador echarle la culpa a Bono y a su histrionismo solidario de décadas pasadas, pero en realidad no creo que pueda imputársele la culpa. Incluso él mismo, que solía apoyar todas las causas nobles de este mundo, ha perdido protagonismo. Parece haber sido eclipsado por una nueva horda de clérigos que arden en gozo cada vez que logran avergonzar moralmente al otro en público. 

No, nada de esto tiene que ver con Bono ni con Manu Chau, sino con otro fenómeno que está afectando la realidad humana y cuyos efectos psicológicos son esos, la inquietud exacerbada por la virtud, el pecado y la salvación. Ese fenómeno, tiendo a creer, es el cambio climático. Aunque no necesariamente el fenómeno real que estudian los científicos, sino el estado de alarma apocalíptica que ha sembrado en la sociedad. Ha habido muchas otras amenazas en el pasado, como la posibilidad de una hecatombe nuclear, pero ninguna había generado tanta ansiedad con respecto al futuro de la especie como esta. Hay políticos y escritores (acabo de oír a una en un congreso de literatura) que hablan de una extinción inminente, de una condena que espera a la humanidad a la vuelta de la esquina, una suerte de castigo merecido por haber tomado el camino errado. 

No estoy diciendo que tengan o no razón, sino que el temor al fin de los tiempos está haciendo resurgir cierto mesianismo y cierta escatología que parecían propias de otra época. Ya Norman Cohn, en su libro En pos del milenio, había explicado cómo el temor a la extinción humana había fomentando la eclosión de profetas y sectas moralizantes durante el medioevo. La escatología revolucionaria de estos visionarios, decía, emanaba de una certeza: el mundo está dominado por un poder maligno con una capacidad de destrucción ilimitada, que sólo será desafiado «cuando suene la hora en la que los santos de Dios puedan levantarse y destruirlo». Eso es lo que está sintiendo mucha gente. Si vamos a morir, qué importa el resto. Lo de menos son Monet y Van Gogh, qué más dan la ciencia y la verdad, la economía y la estabilidad, hay que levantarse y combatir el mal. 

«Sobre todo, hay que demostrar que se está del lado de los puros, que se lucha contra ese mal abstracto y difuso de cualquier manera»

Los santos de Dios contemporáneos han decidido que en este momento sólo importa enmendar el camino. Hay que luchar, o fingir que se lucha, contra ese poder maligno y destructor; hay que deshacerse de la modernidad occidental, causante del capitalismo, del colonialismo y del heteropatriarcado, las tres plagas que degradan la humanidad, y abrazar la vida virtuosa y salvífica del indígena que no tiene la manos ni el alma manchadas de modernidad. Sobre todo, hay que demostrar que se está del lado de los puros, que se lucha contra ese mal abstracto y difuso de cualquier manera, mediante performances, linchamientos en redes, cancelaciones, lazos en la solapa, camisetas con eslóganes, lo que sea. El distintivo de la virtud debe exhibirse como pasaporte a ese confortante reino, que no es el de los justos ni el de los elegidos, sino el de quienes duermen plácidamente cada noche porque saben que han ganado la superioridad moral. 

Hasta Gianni Infantino, presidente de la FIFA, defiende su dudosa apuesta catarí como sede del mundial de fútbol escudándose en el pecado colonial de Occidente. Su pequeña performance ante los medios demuestra una cosa: hoy los argumentos morales se convierten fácilmente en simples clichés que cada cual arroja al rostro del otro cuando tiene que justificar sus actos. No es la mejor forma de salvar el mundo, pero sí los propios intereses.

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