THE OBJECTIVE
Andreu Jaume

Otra vez la alta cultura

«Tal vez es mejor seguir adelante sin prestar tanta atención a lo que ocurre en el cada vez más pelmazo mundo virtual»

Opinión
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Otra vez la alta cultura

Internet ha ampliado prodigiosamente la capacidad de acceso a una información que al mismo tiempo está delimitando su horizonte. | Unsplash

En una excelente columna publicada hace unos días («Fiestas de la insignificancia», El País, 17-8-23), Daniel Gascón reflexionaba acerca de la invasión que la cultura de masas está llevando a cabo en el ámbito de las humanidades, generadoras de una interpretación crítica que se estaría poniendo al servicio del entretenimiento más primario para dotarlo de un «sentido» que en sí mismo sería el último residuo de algo que en realidad ha desaparecido del campo cultural. Gascón se hacía eco de otro artículo, «Stop Intellectualising Pop Culture», publicado en el Financial Times, en el que Janan Ganesh había mostrado su hartazgo por la costumbre cada vez más generalizada de reconocer un mensaje crítico o trascendente en películas o series que no lo tienen. 

Ganesh concluía diciendo que el noble empeño de las sociedades democráticas de popularizar lo intelectual había terminado por alumbrar el inesperado fenómeno de la «intelectualización de lo popular». Por su parte, Gascón acababa con un certero comentario sobre las consecuencias de todo ello: «La hermenéutica contracultural se aplica de manera hemipléjica: críticos del capitalismo celebrando éxitos comerciales. Para apreciar lo trivial, y quizá para apreciar también lo serio y lo profundo, conviene conservar cierta ligereza: del mismo modo que nada es más frívolo que la total ausencia de frivolidad, si tomamos lo banal demasiado en serio, el resultado final es la banalidad de todo».

«Internet ha ampliado prodigiosamente la capacidad de acceso a una información que al mismo tiempo está delimitando su horizonte»

Solo ahora estamos empezando a vislumbrar el resultado de haber abolido de forma brusca esa distinción entre alta y baja cultura que se asoció con cierta precipitación a un elitismo discriminante. La homologación ha conseguido que incluso haya desparecido eso que antes se entendía por «cultura popular» y que hoy se ha subsumido en el magma hegemónico e indistinto de la cultura de masas. Aquello que hace décadas, por ejemplo, se mantenía en el compartimento estanco de la prensa del corazón, es hoy portada de todos los periódicos. Internet ha ampliado prodigiosamente la capacidad de acceso a una información que al mismo tiempo está delimitando su horizonte, induciendo al usuario a una automatización de sus opiniones y de sus gustos, controlados justamente por los propietarios de esa inclusión masiva. 

La clásica distinción entre apocalípticos e integrados formulada por Umberto Eco en 1964 habría quedado así abolida en favor de una integración única de la que ya no es posible salir porque ella misma ha dictado la invalidez de cualquier apelación. La situación actual es radicalmente distinta a la que permitía, en el siglo pasado, intervenir a filósofos como Walter Benjamin o a críticos como Dwight Macdonald. Su forma de relacionarse con los nuevos y fascinantes fenómenos de la cultura de masas contaba aún con la legitimidad de todo una constelación filosófica y humanística que operaba frente a los mass media con la intención de comprender y asimilar otro mundo producto de una sociedad emancipada del control burgués. Ahora, en cambio, para sobrevivir, el crítico debe claudicar frente a un panorama cultural colonizado en su totalidad por una banalización que se ha blindado porque ha sido ungida con el prestigio de la emancipación. Pero no hay tal. Como en la escena especular de El resplandor en la que Jack Nicholson, enfrentados los dos en aquel baño rojo, cree reconocer al vigilante, Mr. Grady, como el caretaker asesino de su familia, quien sin embargo le dice a Torrance que se equivoca porque you have always been  the caretaker («usted ha sido siempre el vigilante»), así la cultura actual se encuentra encerrada en un juego de espejos cuyo maleficio parece imposible de romper.

«El oído busca una armonía que si no se concede provoca una molesta disonancia»

En 1957, Leonard Bernstein estrenó en Broadway West Side Story, uno de los musicales más exitosos de la historia. Stephen Sondheim llevó a Shakespeare a las calles del Nueva York contemporáneo para dramatizar los conflictos raciales del momento. Bernstein, por su parte, compuso una partitura de una gran complejidad, a pesar de su apelación popular. Musicalmente, toda la obra está concebida en torno al tritono, el llamado «intervalo del diablo», un intervalo que requiere una resolución cuyo fracaso produce una sensación de angustia. El oído busca una armonía que si no se concede provoca una molesta disonancia. En el caso contrario, sin embargo, la impresión es de gran plenitud, como de salvación tras un trance amargo. Una de las canciones más conocidas de la obra, «María», evidencia ese uso magistral del tritono, metáfora a su vez del conflicto social y amoroso al que se enfrenta Tony. Cada vez que se canta el nombre de la amada, la música de Bernstein actualiza el drama que va a vivir la pareja y, virtualmente, su trágico final. La ominosa disonancia y la felicidad latente atraviesan, gracias a las distintas combinaciones de esos tres tonos, toda la partitura como correlato secreto de la historia.

Bernstein era un director y compositor plenamente integrado en su tiempo, protagonista entusiasta de la televisión como herramienta educativa, capaz de analizar en sus programas una canción de los Beatles y compararla con una sonata de Mozart. Pero al mismo tiempo tenía un conocimiento abrumador del legado artístico y filosófico de Occidente, como demostró en sus Norton Lectures, también televisadas. El tritono dominante de West Side Story es el resultado de eso. La mayoría de los que hoy en día siguen tarareando María no saben nada del diabolus in musica, pero se benefician inconscientemente de toda la riqueza que subyace al intervalo. 

«La disonancia que coló Bernstein en la música popular del siglo pasado es ya imposible»

Jaron Lanier fue uno de los primeros en denunciar cómo las nuevas tecnologías estaban matando la música. Uno de los padres de la realidad virtual, defensor del invento pero muy crítico con su mal uso, coincidía así con Celibidache, epítome del músico apocalíptico, que se negó a grabar toda su vida convencido de que el micrófono destruía la vida de la masa sonora. Pero más allá de la cuestión estrictamente musical, el tritono puede servir como metáfora de lo que está siendo, de hecho, una disminución imaginativa en toda regla. Esa «banalidad de todo» a la que se refería Gascón implica, entre otras cosas, que cada vez sea más difícil concebir algo fuera del canon dogmático de una sociedad hiperdemocrática que se ha sacralizado a sí misma. La disonancia que coló Bernstein en la música popular del siglo pasado es ya imposible porque el oído de nuestro tiempo solo espera una confirmación de sus dictados armónicos. Por ello, las inteligencias profesionales que quieren sobrevivir en ese nuevo hábitat de complacencias –caso de filósofos como Zizek o el mucho más limitado Byung-Chul Han– no tienen más remedio que convertirse en caricatos de una vieja cultura inoperante.

El siglo XX fue el del hundimiento de la tradición, algo que nos permitió bucear en las ruinas con una libertad desconocida desde hacía milenios. Nuestra herencia, como decía Hannah Arendt citando a René Char, no está precedida de ningún testamento. Al no estar atado ya a ninguna propiedad que legar, el arte conoció algunos de los momentos de mayor hondura, por ejemplo en la música. En 1935, Ernst Bloch aún podía escribir: «La época está putrefacta y, al mismo tiempo, de parto». Hoy podríamos decir lo mismo, pero ocurre que una revolución tecnológica sin precedentes lo está transformando todo, aún sin una semántica clara. Lo que fue hace unas décadas el candoroso sueño de la «cultura gratuita» ha desembocado en una férrea dictadura de la publicidad. El internauta es hoy el hombre anuncio que Baudelaire profetizó como transformación futura de su flâneur. Las redes sociales ya no representan la quimera de una fraternidad universal sino que son, como denuncia Lanier, «imperios de la modificación de la conducta». De la misma manera, se podría decir que la cultura se ha convertido en una escuela de formación del espíritu global, con sus inflexibles normas de buen comportamiento intelectual y artístico. 

En otro artículo estupendo también citado por Gascón en el suyo («Indistinción sin transgresión», Abc, 5-8-23), Elvira Navarro, abundando en estas cuestiones, terminaba con esta afirmación: «La conclusión de todo esto es obvia: en las actuales circunstancias, lo subversivo ahora está del lado de hacer una defensa cerrada de la alta cultura, pues de la baja ya se encargan no solo la industria y el mercado, como antes, sino el sistema entero, y por pura ignorancia». Quizá, después de todo, sea ese el camino. En lugar de intentar hacerse el simpático, tal vez es mejor seguir adelante sin prestar tanta atención a lo que ocurre en el cada vez más pelmazo mundo virtual. Y reivindicar la alta cultura pero tal vez quitándole ese calificativo molesto y jerárquico, mostrando todo lo que hay en ella de común horizontalidad. A fin de cuentas, somos la generación de vivientes que más conciencia puede adquirir de la infinita complejidad del pasado, de todo lo que alienta a nuestras espaldas y que sigue siendo la mejor forma de acceso al presente. Como dice un aforismo de Kafka: «Lejos, lejos discurre la historia universal, la historia universal de tu alma». 

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