THE OBJECTIVE
Jorge Freire

Cuando el preso tiene las llaves

«Que el Estado renuncia a su auctoritas al desaprobarse a sí mismo es tan evidente como el trecho que media entre absolver al réprobo y prosternarse ante él»

Opinión
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Cuando el preso tiene las llaves

El expresident catalán Carles Puigdemont. | Europa Press

Sostiene Pérez-Royo, infatigable catedrático de guardia, que debemos superar el 155, pues a su juicio es «la respuesta de las derechas españolas». Quienes apoyaron esa medida abjuran hoy de ella porque es el recluso quien blande las llaves del calabozo. Acordémonos del funcionario de prisiones que, en la película Celda 211, trataba de sobrevivir a un motín de internos infiltrándose entre ellos y adoptando el mote de «Calzones». Quien obra como un calzonazos no sobrevive al motín y, encima, se deshonra.

Cuando el citado Pérez-Royo dice que es «el momento de coger el toro por los cuernos», uno entiende a quienes agitan el pañuelo blanco: ahora lo hacen en señal de paz y antes para pedir la oreja. Pero elevar a lo existencial unas meras negociaciones de despacho, por decirlo con Joaquín Manso, confunde las cosas más elementales. Por ejemplo, que una cosa es un indulto, con que el Estado exonera al condenado, y otra una amnistía, con que le implora perdón. Que el Estado renuncia a su auctoritas al desaprobarse a sí mismo es tan evidente como el trecho que media entre absolver al réprobo y prosternarse ante él. 

«Que el prófugo de la justicia decida quién gobierna es tan gracioso como que el chorizo sea quien espose al guripa o que el escolín zoquete reprenda al profesor»

Uno piensa en estas cosas leyendo Münsterlingen en otoño, el último libro de Víctor Vegas (Barquisimeto, Venezuela, 1967). Además de una magnífica obra de teatro con ecos de Arrabal, Artaud y Mayorga, es una ácida burla de lo que defendiese Foucault al hilo de los años en que sucede la historia: que los papeles del terapeuta y el paciente deben ser superados. Pero también sirve de ilustración a lo que en estos momentos vive la política española.

Silvia Schmidt entra a trabajar en el opresivo psiquiátrico en que está recluida Lita Font. Ambas representan arquetipos opuestos: tan ordenada y formal es Silvia como voltaria e intensa es Lita. La insolencia de ésta, que fuma en la cara de aquella, avisa de que la cosa no irá por los derroteros habituales. Poco a poco, Lita comienza a abandonar su rol de paciente y, contraviniendo las reglas más elementales de la terapia, usurpa el de la psiquiatra. Los papeles terminan invirtiéndose por completo.

De los efectos cómicos de la dialéctica del amo y el esclavo sabemos hoy algo. Que el prófugo de la justicia decida quién gobierna es tan gracioso como que el chorizo sea quien espose al guripa o que el escolín zoquete reprenda al profesor. Permítasenme estos símiles, en tanto que escuelas, manicomios y cárceles son, según la vulgata foucaultiana, instituciones disciplinarias. Lo que tiene menos gracia es el denodado esfuerzo oficialista por convencernos, entretanto, de que las lanzas se tornan cañas.

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