THE OBJECTIVE
José Luis González Quirós

La IA y los 'followers'

«La idea de que una máquina se ocupe de pensar por nosotros debe ser atractiva para una sociedad que ha hecho de la economía en el esfuerzo una de sus enseñas»

Opinión
Comentarios
La IA y los ‘followers’

Inteligencia artificial. | Wikimedia Commons

Es lógico que la imaginación popular se desborde al atender los ecos de las polémicas y las noticias en torno a la gran promesa tecnológica de la revolución digital. Cabe maliciarse que la idea de que una máquina se ocupe de pensar por nuestra cuenta debe resultar muy atractiva para una sociedad que ha hecho de la economía en el esfuerzo intelectual una de sus enseñas. Son muchos los que asumen que pensar es difícil y muy cansado, de forma que les parece absurdo entretenerse en semejante faena cuando una máquina puede dar soluciones mejores y más seguras y hacerlo, además, al instante.

En ese imaginario popular hay como una generalización de una web famosa entre copiotas que se llamaba «el rincón del vago», un repositorio de los tópicos al uso cuando un estudiante poco aplicado tenía que hacer un trabajo sobre cualquier asunto de esos que aparecen en los programas oficiales de las asignaturas. Nadie olvide que aquí el estudio y la ciencia son asuntos perfectamente tutelados por la administración, la única manera de obtener un título, pura ciencia política

Aunque la IA tiene otras esperanzas y funciones, la que más se ha popularizado es la IA generativa, así llamada porque responde con textos muy apañados a casi todas las preguntas imaginables, es como una Wikipedia a la medida en la que no hay que esforzarse ni siquiera en buscar. Encontrar es más barato que nunca, ya ni siquiera hay que buscar en un recinto en el que se supone que existen todas las respuestas.

Si uno se pregunta qué tiene que ver esto con la inteligencia, puede estar cometiendo el primer error importante, porque lo que esta era de inteligencia artificial nos promete es una tal superabundancia de excelentes respuestas que harán inútil cualquier inquietud, que aquietarán toda duda. Delante de un cuadro de un ascensor nadie pregunta cómo se llama al aparato porque el sistema está hecho para que esa cuestión no tenga el menor sentido. 

El subtexto de los servicios de este tipo es que siempre es más inteligente saber que preguntar, que es necio por completo buscarle los cinco pies al gato. Pero el supuesto de fondo en esta filosofía es muy simple: solo hay que escuchar lo que nos satisfaga porque las respuestas han de ser siempre suficientes, completas, placenteras, sin dejar ningún hueco ni a la perplejidad ni a la duda. Es el universo de los followers en el que nadie necesita nada que no pueda darle su influencer. 

«Con la IA generativa las respuestas ahogan cualquier inquietud, lo cubren todo»

En su conjunto, está actitud tiene la indudable ventaja de producir sociedades muy ordenadas, de encontrar una solución a lo que podría ser un universo caótico en el que existieran más medios de información que lectores. La IA resume ese mundo complejo dándonos siempre la respuesta de mayor aceptación y en eso es insuperablemente demócrata y satisfactoria.

No tiene nada de extraño que este clima intelectual y moral se extienda con rapidez a la política porque se ha convertido en la gramática básica de casi todos los relatos. El nacionalismo podría considerarse, por ejemplo, una respuesta típica de la IA, la manera de resolver algo que, en caso contrario, podría llegar a ser atosigante: «¿a quién debo votar?» La respuesta de la IA generativa podría ser tan segura como obvia: «A los tuyos», a los que te defienden, una respuesta que vale, por cierto, tanto para los nacionalismos como para la izquierda empeñada en la redención de los débiles y pobres contra los poderosos y ricos. El algoritmo que se emplea para pergeñar la respuesta más común, lo casi indiscutible, tendría, sin duda, ese sesgo político: no cometas el error de votar a quienes quieren someterte, vota a quienes nunca te dejarán atrás.

Con la IA generativa las respuestas ahogan cualquier inquietud, lo cubren todo. Cualquier IA bien entrenada nos dice cuáles son los pueblos más bonitos, qué tenemos que comer, cómo debemos administrar nuestros dineros, nos evita escoger, dudar o equivocarnos. Y es justo reconocer que pocas cosas hay más inteligentes que acertar, que en materias en que podría caber la discrepancia, el consejo más útil y prudente para evitar equívocos es el que da el personaje de Orwell, «grita siempre con los demás».

Mientras nos entretenemos con los hallazgos más populares de la IA, con escenas famosas de la memoria cinematográfica mejoradas, con versiones arregladas de canciones famosas, con duetos entre artistas muertos y voces vivas, con un sinfín de soluciones, la verdad es que perdemos oportunidades de preguntarnos cosas, nos abandonamos al imperio de las respuestas a muy diversos «cómo» hasta olvidar por completo cualquier tentativa de comprender un «¿por qué?». 

Judea Pearl, una figura muy relevante en el desarrollo de la IA, afirma que mientras las máquinas no aprendan a manejarse con el esquema causa-efecto, lo que equivale a una forma esencial de entendimiento, mientras funcionen como meras aproximaciones a curvas de probabilidad, su inteligencia será extremadamente insuficiente. Imagino que esa observación de Pearl se aleja bastante de la capacidad de preguntar de todos los que no cesan de asombrarse de la capacidad de la IA para encontrar respuestas, pero el truco de los algoritmos empleados para generar lenguajes reside en su capacidad de analizar el comportamiento de indecibles cantidades de documentos que se han supuesto relevantes al caso planteado, nunca en pensar nada que pueda considerarse nuevo. 

«No tardaremos en oír que para qué necesitamos más personas cuando puede bastar con unas cuantas máquinas»

La originalidad de esta copia generativa está en que no se hace sobre un solo documento sino sobre casi infinitos, lo que supone apostar, en la práctica, sobre la idea de que ya sabemos cuanto sea necesario saber. Por este costado, las IA que están captando el asombro de los públicos se asoman a una ideología escasamente liberal, en varios aspectos. En primer lugar, presuponen, de alguna manera, que debe haber un orden definido, una autoridad más allá de cualquier cuestionamiento. 

Hay más: las respuestas IA dan a entender que la sabiduría es ya tan abundante que no hay nada nuevo que buscar, no hay que acrecentar los saberes, bastará con repartirlos mejor, lo que no deja de ser un eco de la persistente ideología del crecimiento cero o del decrecimiento, lo que vuelve a mostrarnos un flanco más en el sorprendente alineamiento de grandes empresas capitalistas con ideologías nada sospechosas de favorecer a emprendedores. En esta línea, no tardaremos en oír que para qué necesitamos más personas cuando puede bastar con unas cuantas máquinas. 

Otras IA dedicadas a la vigilancia acompañan este planteamiento de control universal. Estas IA modifican de modo radical el principio disciplinario que reza «quien se mueva no sale en la foto» y lo transforman en «tenemos todas las fotos de todos», así que es quimérico tratar de escaquearse o resistir, porque cabe imaginar lo que se puede conseguir con tanto fotograma. 

La IA parece recomendarnos, por tanto, «no te muevas, que nosotros lo sabemos todo, lo controlamos todo y nada se nos escapa». Se trata de un panorama que debiera hacernos caer en la cuenta de que no nos hablan de tecnologías sino de ingeniería social, de poder infinito y sin ningún check and balance, de control de conductas, de prohibición de pensar y hacer preguntas. Con la incesante propaganda acerca de su capacidad, neutralidad y eficiencia se nos insta a que nadie se inquiete y a que cada cual se coloque en la fila de followers que le corresponda, pacíficamente y sin moverse porque un sistema infalible ya se ocupa de nuestra felicidad. 

Publicidad
MyTO

Crea tu cuenta en The Objective

Mostrar contraseña
Mostrar contraseña

Recupera tu contraseña

Ingresa el correo electrónico con el que te registraste en The Objective

L M M J V S D