THE OBJECTIVE
Andreu Jaume

Kafka para el año nuevo

«Nuestra actual sociedad, caracterizada por la virtualidad de las relaciones, es la que empezó a vislumbrarse en la literatura de Kafka»

Opinión
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Kafka para el año nuevo

El escritor Franz Kafka. | Wikimedia Commons

Termina este 2023 y es hora de prepararse para un nuevo comienzo. Entre las virtudes del cristianismo, no es menor la que nos permitió cada año escapar de la historia. Tras abandonar el ciclo cósmico del eterno retorno propio del paganismo, la cultura hebrea inventó la historia en un sentido teleológico y no como una simple narración de los hechos pasados. Desterrados del calendario agrícola, los occidentales empezamos a caminar, guiados por el Dios único, hacia el cumplimiento de un fin que a lo largo de los siglos se ha ido transformando y que ha conocido las más diversas y trágicas variantes, como explicó mejor que nadie Karl Löwitz en su Historia del mundo y salvación. En esa nueva forma de entender el tiempo, el cristianismo inventó un mito en el que cada año se celebra el nacimiento de un niño que luego crece y muere como hombre en primavera, una oportunidad para redimirnos de la historia sin salir de la misma. Es la solución, como observó Mircea Eliade, para el hombre histórico.

Aunque ya no nos acordemos o no creamos en él, seguimos siendo hijos del mito. Y cada año, después de Navidad y antes de que lleguen los reyes, portadores de «una nueva muerte», como dijo T. S. Eliot en su poema sobre los tres magos de Oriente, volvemos a deshacer la historia, de ahí los sólitos deseos de año nuevo. El 2024 vuelve a ser un año rico en efemérides, que no son más que excusas para volver sobre aquello que nos gusta. Entre todas las que nos esperan y que nos van a deparar horas de felicidad –Bruckner, Ravel, Schönberg, la novena de Beethoven, Charles Ives, Byron, Capote– destaca la del centenario de la muerte de Franz Kafka, un escritor sobre el que parece que se ha dicho todo pero cuya relectura nos descubre siempre algo desconocido.

Vivimos en un mundo que se ha vuelto tremendamente complejo en todas sus dimensiones –uno de los motivos por los que resulta fascinante estar vivo hoy– pero que al mismo tiempo ha simplificado brutalmente su expresión. Parece como si la complejidad no hubiera encontrado aún su forma. O quizá es que el rechazo de la forma –que se confunde con la imposición– nos impide ver esa complejidad. Volver ahora a aquella generación de escritores que, hace ahora un siglo, nos dieron sus mejores obras es en ese sentido una experiencia aleccionadora. Joyce, Proust, Woolf, Musil, Broch, Beckett o Kafka tienen hoy una intensidad añadida, puesto que soportan el peso de dos derrotas, la suya y la nuestra. La banalidad en la que nos hemos acostumbrado a vivir convierte su radical desafío artístico en una forma de salvación para nosotros. En muchos aspectos, el mundo de hoy es el que ellos vieron venir, pero nuestra actual disminución imaginativa –tan peligrosa en el orden moral y político– nos impide verlo con nitidez; y por eso necesitamos su expresión como el aire.

«Entre las virtudes del cristianismo, no es menor la que nos permitió cada año escapar de la historia»

«Con Kafka», escribió Canetti, «llegó al mundo algo nuevo, un sentimiento más preciso de su carácter discutible y problemático que, sin embargo, no va unido al odio, sino al respeto a la vida». No se puede resumir mejor el legado de Kafka para nuestro siglo. El escritor de Praga se atrevió a ver el presente, asumiendo sus implicaciones sin subterfugios ni aspavientos, narrándolo hasta el último detalle. Las transformaciones de las que dio cuenta en su obra, sin embargo, no le produjeron ningún sentimiento de aversión sino que le permitieron descubrir una trascendencia aun mayor en la vida de todos los seres. Como observó también Canetti, el reino de Kafka fue la impotencia, su instintiva capacidad para sustraerse a un poder que le acechaba en todas partes y a cuya fuerza él respondía con la huida y la desaparición. Su misma delgadez –su artista del hambre– no fue sino una manera de enfrentarse a la violencia y el dominio, cuya omnipotencia consiguió vencer reduciendo lo humano a lo mínimo, un proceso de empequeñecimiento que a la vez le permitió ver el mundo con mucha mayor claridad. 

«O narra o calla», escribió en uno de sus aforismos. De entre toda aquella pléyade de escritores que en la primera mitad del siglo XX llevaron la literatura al agotamiento, Kafka fue el único que se salvó de la teoría. En sus novelas y relatos la narración es instantánea y constante, sin excursos ni explicaciones, como una respiración. Y por eso mismo sus ficciones rehúyen la exégesis y se niegan como Proteo a traducir sus visiones, convirtiéndose en todo aquello que tocan. En una época en que la mayoría de los escritores utilizaron el mito para dar cuenta del acabamiento –pensemos en Eliot, Pound, Joyce, Broch–, Kafka consiguió mantenerse dentro de la tradición sapiencial para construir el mito del significado vacante. Solo él logró salvar a la imaginación de la destrucción del mito, haciendo al mismo tiempo de su obra la metáfora perfecta de ese desahucio.

Nuestra actual sociedad, caracterizada por la virtualidad de las relaciones, la hipertrofia de los afectos, la industrialización del ocio o la hegemonía de la burocracia y la publicidad, es la que empezó a vislumbrarse en la literatura de Kafka. Más que los horrores del siglo XX, él acertó a representar un mundo en el que el hombre ha perdido su lugar en el orden del universo. De ahí que su lectura hoy en día, descargada de las espurias profecías con respecto al nazismo, cobre una significación mucho más cercana y rasa. Nosotros somos la prueba de que su imaginación era una lente de aumento que producía metáforas exactas. Por ello nuestra responsabilidad estriba ahora en asumirlas y en seguir explorándolas para conocernos mejor. Feliz año. 

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