THE OBJECTIVE
Luis Antonio de Villena

El turismo como marabunta

«El ‘turismo de sol y borrachera’ debe ser sometido a vigilancia, pero el turismo ‘cultural’ también debe ser medido, por el bien general de esa misma cultura»

Opinión
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El turismo como marabunta

Turistas. | Wikimedia Commons

Me alegro de haber vivido todavía un tiempo en que (aunque el turismo era ya vigoroso fenómeno social) la multitud ensordecedora aún no lo aplanaba y desencantaba todo. Vi fotos de Benidorm, por ejemplo, con una playa donde literalmente no cabía un alfiler, pero no iba a Benidorm. He ido a Roma y aún he visto la Capilla Sixtina sin aglomeración, aunque no en solitario evidentemente. Pero sí he paseado el Coliseo, libre, sin entrada, y he subido en Atenas a la Acrópolis sin verjas ni colas interminables. Viene esta suerte de lamento a propósito de que el Ayuntamiento de Sevilla quiera cobrar entrada para visitar la monumental Plaza de España, aunque se trate de una construcción inaugurada en 1929 como parte de la gran Exposición Iberoamericana que, ese año, cambió un tanto la faz de la ciudad bética. A mí me parece muy bien que haya un control y un cupo diario de visitantes, pero no sólo ahí, sino en muchos lugares de España y del mundo, y eso para que sobrevivan el arte como placer y la vida sin ser un hormiguero de una especie involuntariamente depredadora. 

Vivo en Madrid muy cerca de la Casa-Museo Sorolla, el palacete donde vivió y pintó en sus últimos años el notable pintor valenciano. Durante muchos años ese museo monotemático y no grande, se visitaba con toda comodidad, tres o cuatro personas, y se apreciaba aún que el edificio de principios del XX no sólo había sido un taller sino también una vivienda, una casa familiar. Hoy, la mayoría de los días hay una fila para entrar de  treinta o más personas. Siempre me espanta, porque por cuidado que esté el museo, y lo estará, tal cantidad de individuos lo irá indefectiblemente deteriorando y se perderá (sino se ha perdido ya) la sensación de «casa». Ese museo -igual que el Cerralbo, ahora una colección particular en un palacio marquesal- podrían tener unos cincuenta o setenta visitantes al día, más es un estropicio pero, no sólo para el lugar, sino para los propios turistas, pocas veces con la necesaria cultura previa, pero que van a todo por hacerse autofotos y porque es «bonito», y no perciben que el dicho deterioro afecta primero a su propia condición no ya de amantes del arte, sino de personas que, en esa circunstancia, requieren un ecológico entorno digno y sin aglomerar. Acostumbrarse a vivir como sardinas en lata no es humano ni digno. 

«Creo que las largas filas para entrar a los grandes museos son en parte no chica resultado de una moda»

No es el Ayuntamiento sino la propia Unión Europea quien tiene ya encima de la mesa el que, en Venecia (asimismo por el bien de la ciudad adriática) deba existir un cupo de visitantes. Es decir, no podrán entrar en mogollón cuantos quieran o metan las agencias turísticas, que son las creadoras del turismo de masas -horrible- sino un determinado número de visitantes al día o a la semana. Esto es, el viaje tendrá que programarse con antelación en función de la buena conservación del lugar que se visita e -insisto- también de la buena y amable visita de viajeros o turistas, sean ilustrados o no, la mayoría. Cupos numéricos y un dinero por entrar para la salud general. ¿Lo que digo es estupendo, ideal? En absoluto, es horrible. Pero más horrible aún sería la masa pululando sin control, como ocurre ya.

Fui un septiembre a Toledo con unos amigos mexicanos y no pudimos entrar a ninguno de sus múltiples monumentos históricos, entrar en la Catedral era una hora de fila, y así todo. Hará tres años. Claro que hay épocas menos aglomeradas, pero se me hizo evidente (hasta comer en un restaurante costó trabajo) que el cupo de visitantes, un número limitado de visitas al día, era necesario y bueno por el bien del enorme patrimonio artístico toledano y por el bien -aunque muchos no lo entenderán- de los visitantes mismos, pues se va a cuidar la calidad de su visita. Por supuesto que barbaridades muy británicas como el «turismo de sol y borrachera» debe pagar muy altas multas y ser sometido a vigilancia, pero el turismo «cultural» (diferente, obvio) también debe ser medido, ordenado, por el bien general de esa misma cultura. 

Creo que las largas filas para entrar a los grandes museos (me aterrorizó una en el Louvre, bajo la lluvia, enorme) son en parte no chica resultado de una moda. Es algo desolador ver que ante Las hilanderas de Velázquez, por caso, un cuadro muy complejo, bastantes por único comentario digan «qué bonito», aunque no se puede hacer un examen a quienes quieren ver lo que tienen derecho a ver; lo que sí se puede y debe hacer es controlar e (incluso en casos externos, donde no se hacía) cobrar las visitas, cobrarlas y hacer turnos por el bien general y del arte mismo. El mundo está superpoblado, dígase lo que se diga.

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