THE OBJECTIVE
Carlos Granés

La amnistía y sus desencantos

«La amnistía fue facilísima, dicen. Puede que la autodeterminación tenga más misterio, pero se vislumbra al final del túnel»

Opinión
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La amnistía y sus desencantos

Sánchez y Puigdemont, superpuestos sobre la estelada. | Ilustración: Alejandra Svriz

Como era de preverse, la ley de amnistía fue aprobada en el parlamento para regocijo de Félix Bolaños, que nos aleccionó sobre las bondades e importancia histórica del proyecto, y alivio momentáneo de Pedro Sánchez. A nadie se le escapa, sin embargo, que esta ley magnífica y magnánima ha sido el resultado de un pacto entre corruptos. Unos señores imputados de delitos graves, entre ellos el de malversación, exigieron una amnistía total, hecha a medida, con nombre propio, a cambio de los siete votos que necesitaba Sánchez para iniciar una tercera legislatura. Esto se puede adornar con guirnaldas y retórica, pero es así. De no necesitar esos siete votos, Sánchez jamás habría promovido esta ley

El problema es que los necesitaba y por eso decidió dar un trato especial a los independentistas que delinquieron en 2017. «La ley es para los de ruana», se dice en Colombia, pero en realidad se aplica mejor a España. Un político poderoso podrá chantajear a Sánchez para que le modifique la ley en su beneficio, y el presidente, llevado y traído por un insaciable anhelo de poder, tendrá que ceder. Quizá no hay nada que genera mayor desafección hacia la política, las leyes y las instituciones que este espectáculo: ver que la ley sólo recae sobre el débil, porque el político poderoso tendrá artimañas y capacidad de chantaje para evadir las consecuencias de sus actos. Corrupción, según la RAE, es, «en las organizaciones, especialmente las públicas, práctica consistente en la utilización indebida o ilícita de las funcione de aquellas en provecho de sus gestores». Saque usted sus concusiones. 

Este intercambio de favores entre élites políticas se puede vender como una apuesta por el diálogo y la reconciliación; como el inicio de una nueva etapa para Cataluña y el reingreso de los independentistas a las instituciones o a la Constitución o a lo que sea; como un paso histórico que deja un referente legal para Europa y el mundo; como una norma beatífica que traerá paz a los corazones o como lo que sea, pero en realidad se trata sólo de un apaño. Los independentistas no quieren diálogo, ni normalización, ni reconciliación; quieren la independencia. Y desde luego que no ven esta ley como el inicio de una nueva etapa, sino como una victoria que doblega a las instituciones españolas, en especial al poder judicial, y que anima a reincidir en la vía unilateral hacia la independencia. Si después de la que montaron en 2017 no les pasa nada, ¿por qué cambiar ahora de estrategia? Sánchez Cerro, Fidel Castro y Hugo Chávez fueron indultados, y a ninguno le hizo cambiar sus fines ni sus métodos.

«Los independentistas no quieren diálogo, ni normalización, ni reconciliación; quieren la independencia. Y desde luego que no ven esta ley como el inicio de una nueva etapa, sino como una victoria que doblega a las instituciones españolas»

Sánchez ha pateado la piedra hacia delante infinidad de veces sin llegar a ningún lugar seguro. Puigdemont sigue siendo el de siempre y ahora sueña con volver a España para poner sobre la mesa nuevas exigencias, en especial una, el referéndum de independencia. Eso lo sabemos todos. Lo sabe Sánchez, lo sabe Bolaños, lo sabe todo el país porque en ningún momento los independentistas lo han ocultado. Basta preguntarles. La amnistía fue facilísima, dicen. Puede que la autodeterminación tenga más misterio, pero se vislumbra al final del túnel. Mientras esté Sánchez en el poder, tienen la mejor oportunidad de sus vidas. 

Esto también es evidente y lo sabemos todos. Lo que no imaginamos es cómo va Sánchez a manejar esta situación, cómo va a engañar a los independentistas o a dilatar sus concesiones en el tiempo. Su apetito de poder es innegable, sorprendente; dejaría boquiabierto a Maquiavelo, eso es cierto. Pero el deseo de independencia de Puigdemont es igual de enérgico y vehemente. Por ahora los dos fines pueden caminar juntos y recorrer el mismo camino, pero llegará un punto en el que se muestren incompatibles. ¿Cómo va a gobernar Sánchez un país en vías de fragmentación? Y ¿cómo va a mantenerlo Puigdemont en la presidencia si no vislumbra un rumbo claro para la independencia de Cataluña?

Esto no puede acabar bien. Desde el principio fue un error que se ha intentado ocultar con palabrería hueca, pero que con el paso de los días se enreda más y profundiza la degradación del Estado de derecho y la convivencia en España. Y esto, insisto, lo sabe todo el mundo. Lo sorprendente es que lo justifiquen.

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