THE OBJECTIVE
José Carlos Llop

Estética parlamentaria

«Las piquetas de la crispación no paran en el Congreso y no es raro recordar la crispación catalana del 17 y cómo ley de amnistía la ha exportado al resto del país»

Opinión
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Estética parlamentaria

Ilustración de Alejandra Svriz

Cuando Podemos entró en el Parlamento, lo hizo como si entrara en el Palacio de Invierno y en aquella sesión inaugural algo cambió: parkas, abrigos y chaquetas colgaban del respaldo de los asientos, había mochilas en los pasillos, una diputada amamantaba a su bebé, y ese mismo bebé pasaba en volandas, de bancada en bancada, para demostrar quizá que el cuidado tribal de los niños –una de las teorías pedagógicas del grupo– era mejor y más saludable que la ortodoxia del cuidado familiar. Nada de esto se había visto antes en el Parlamento democrático. Aquel estallido propagandístico que se camuflaba en una imposición estética nos recordó que nadie ha dominado tanto la publicidad como los comunistas y los nazis de los años 20/30. Ya dije: algo cambió y las neuronas empezaron a viajar de la Asamblea en el París de la Revolución, al vaivén entre Tapioca y Alcázar y los alegres turlurones.

Hubo más: el grupo andaba por los pasillos y salas del edificio de Las Cortes con paso decisivo y en formación de abanico, cosa que no se había visto antes. En el lugar central de ese abanico siempre estaba su líder, siempre rodeado por su guardia de corps. La gresca empezó a flotar por el hemiciclo y al poco sustituía al mero combate dialéctico y se mentaba a la familia o al origen social con una naturalidad antes inexistente. Digamos que los nuevos arrollaban, pero también se demostraba que en los grupos oponentes –del gobierno a otros partidos de la oposición– no se había mamado mucha asamblea universitaria y la bisoñez era grande. Había, por un lado, desconcierto –salvo en el caso de Álvarez de Toledo, mucho mejor amueblada intelectualmente que el resto– y por el otro una cierta envidia.

«Los diputados socialistas contemplaban a los de Podemos con una admiración no encubierta»

Efectivamente: los diputados socialistas contemplaban a los de Podemos con una admiración no encubierta y las ganas de estar en su lugar afloraban en su mirada. En ese deseo de estar en el lugar del otro debió originarse el germen que llevó, tras la moción de censura, al primer pacto de gobierno entre ambos partidos. Pero como en el deseo se origina casi todo, los socialistas también empezaron a pasear en abanico rodeando al líder y su tono en la discusión política subió considerablemente. Lo mismo hacen ahora los populares: hasta la entrada en el Congreso la hacen como el despliegue de una cohorte romana. Hay que ver cómo se imponen las modas.

Todo esto acaba convirtiendo la soberanía popular en un vodevil que camufla o distrae de las labores de demolición. ¿Demolición de qué? De lo que haga falta: ahora ya nada es verdad ni mentira. De momento las piquetas de la crispación no paran en el Congreso y no es raro recordar la crispación catalana del 17 y cómo la llamada ley de amnistía la ha exportado al resto del país. ¿Puede un viraje estético conseguir eso? La moda más rígida, heredera del tergal, de la derecha y la más decontracté, heredera de Adolfo Domínguez, de la izquierda, nunca lo hicieron y en el 17 catalán sucedió lo que sucede al comienzo de El maestro y Margarita. Una legión de íncubos y súcubos se instaló en esa sociedad como en la novela de Bulgakov lo hacían en la moscovita. Y parece que siguen encontrándose a gusto.

«Puede llegar el momento en que la ciudadanía se desentienda de su representación parlamentaria»

Es sabido que el mal también utiliza la estética como caballo de Troya. Algo de eso debe de haber porque aquella fiebre setembrina se está extendiendo entre la clase política a una velocidad paralela a su inconsciencia. Y puede llegar el momento en que la ciudadanía –a la que le basta con aguantar lo suyo desde la crisis de 2008– se desentienda de su representación parlamentaria y eso no es bueno, pero peor sería que se subiera al carro de la crispación permanente. Lo que causaría una gran satisfacción, entre otros, al huido tribuno de Waterloo y no conviene –quod erat demonstrandum– dar tantas alegrías, que embalsamado estaba y miren lo pimpante que se pasea por ahí tras el tratamiento Sánchez-Cerdán, plan resurrección en siete días.

Por mi parte ya he pedido los papeles para obtener un pasaporte de Sildavia. Y si la cosa sigue así, los relleno un día de estos. Que me conceden la doble nacionalidad: pues estupendo. Que no, solicitaré asilo diplomático y luego –dada mi pulsión monárquica– a vivir bajo la corona del plácido rey Muskar. A ser posible, lo más lejos de la frontera con Borduria, pues es conocida su alianza con Bielorrusia y no está el horno para bollos.

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